"Me voy papá, temo enfermarme en esta ciudad", fueron las palabras con las que mi hijo me hizo saber que su decisión ya estaba tomada. Se fue a un rincón lejano del país; ni él ni su padre tienen los recursos que le permitan emigrar al exterior. Solo podré visitarle dos o tres veces al año y no tuve argumento válido que le hiciera desistir. Creo que de seguir las cosas así, muy prontamente, se va a producir una suerte de trasvasamiento que hará que los habitantes de las grandes ciudades emigren en una suerte de colonización hacia los lugares más vírgenes del territorio nacional y se seguirá multiplicando la llegada a éstas, de gente del interior y de países vecinos. Algunos convencidos de que en ellas encontrarán una suerte de panacea que no existe, otros con el ánimo perverso de apoderarse de lo que no les pertenece.































