La entrega del cura Brochero por la gente de su pueblo queda patentizada en anécdotas que tachonan sus numerosas obras.

La entrega del cura Brochero por la gente de su pueblo queda patentizada en anécdotas que tachonan sus numerosas obras.
Una tarde de 1892 predicaba en Córdoba en la iglesia de la Merced. Entre los que le escuchan está el gobernador Manuel Pizarro. Al hablar del "maldito vicio de la maledicencia y la calumnia" (el auditorio era en su mayoría femenino) Brochero, que se había acalorado mientras hablaba, hizo referencia a "esas mujeres lengua larga que acuchillan al prójimo y que aunque recen irán al infierno con enaguas y todo...".
Solía insistir sobre la presencia de Dios y de la Providencia divina. "Vean ustedes, les decía. También como Dios está en todas partes, es bueno aclarar que está más cerca de los pobres que de los ricos. ¡Es lo mismo que los piojos!".
Caracterizado por usar un lenguaje popular, sus últimas palabras fueron "Ahora tengo ya los aparejos listos pa'l viaje". Años después de su entierro se encontró que su cuerpo estaba incorrupto.


