Automóviles. Colectivos, camiones, camionetas... más automóviles. Flamantes, vetustos, pequeños,
grandes, gigantescos. La ciudad es el reino del automóvil. Las calles, sobre todo las del centro,
se han convertido en un pandemonio. El crecimiento del parque automotor rosarino es vertiginoso y
la estructura de la ciudad no está preparada para contenerlo sin alterar seriamente la calidad de
vida de sus habitantes. Es la reactivación, dicen. ¿Será, también, el progreso?
Ir hacia adelante no necesariamente significa mejorar. Rosario, que se jacta de
estar aún a escala humana y de ser “el mejor lugar para vivir”, corre los riesgos
inherentes a todo crecimiento. Como muchas otras cosas, evitar los peligros y enfrentar el
deterioro no depende sólo de los funcionarios de turno: se relaciona en gran medida con lo que
hagamos usted y yo, eso que se ha dado en llamar “la gente”.
Volvamos a caminar. Abandonemos la comodidad posmoderna que nos insta a habitar
en burbujas de confort mecanizado. Utilicemos el vehículo personal
sólo cuando sea estrictamente necesario y recuperemos la alegría de la andanza fundamentada en el
movimiento de las piernas. Al hacerlo, no sólo contribuiremos a que la urbe sea más amable (menos
ruido, menos contaminación ambiental, más espacio): también, acaso, recuperaremos un conocimiento
perdido, el de una ciudad que merece ser mirada.
Rosario es nuestra. No se la cedamos a las máquinas.























