Esta "tata" podría patentar la paciencia. En estos tiempos tan vertiginosos, donde lo acelerado nos tiene a mal traer, Agapita o "Tita", como todos la conocemos, es una tía abuela de varias generaciones que nos enseñó el sabor de la espera, nos brinda día a día la escucha cálida sin prisa, nos regala la palabra de aliento, la sonrisa espontánea, la mano abierta. Es de esas personas que siempre ven el vaso medio lleno, el lado positivo de las cosas, que disfrutan de un té con mucha charla, un licorcito en la sobremesa de invierno, las flores asomando en primavera, las plantas creciendo, las puestas de sol, la noche estrellada. Conocedora de la biología íntegra de su jardín, se declara cuidadora a tiempo completo de un limonero que le regala frutos todo el año. Actualizada en materia de deportes y espectáculos, plantea con orgullo que podría no tener televisión ni cable y mantenerse al margen del circo mediático y de los oleajes tendenciosos político-partidarios. Disfruta la calma de su hogar y tiene muy clara su ideología, dado que su filosofía de vida rondó siempre a favor de la paz, la justicia, la verdad y del bien común. Nacida el 24 de marzo de 1912 en Esquina, Corrientes, en donde el campo y el sol de la tarde le daban lecciones de supervivencia y oscurecía su piel de rasgo aborigen, hasta tomar la decisión de venir a Rosario, olvidarse del guaraní y aprender el idioma de la ciudad que prometía trabajo y porvenir.Se casó con un marino, guapo, con el que conoció el amor, pero murió joven producto de una afección cardíaca; y hasta hoy mantiene el ritual de llevarle flores al cementerio cada tanto como prueba de su incondicional devoción y entrega. Con un temperamento rígido y estricto en su juventud crió a las dos sobrinas mujeres de su familia: Estela (hija de su hermana mayor) y Marta (hija de su hermana menor), quienes entrando en la década del 40 siguieron sus pasos desde Corrientes a Rosario en búsqueda de bienestar y progreso. Estela y Marta fueron las hijas que nunca tuvo y a quienes acompañó por la vida, desde la escuela primaria hasta verlas casadas, con hijos y ahora con nietos. Así debió adaptarse a los cambios generacionales, a las muertes y los nacimientos, a las ausencias. Organizada y metódica, los jueves abre el costurero perfectamente equipado con los más diversos colores de hilos y diferentes tamaños de agujas, para emprender sin regreso el camino de los remiendos y zurcidos en las ropas de toda la familia. Se convirtió poco a poco en un emblema de la calidez, del buen augurio, llevando la sonrisa como estandarte, la alegría como bandera. Aprendo a su lado en cada palabra, en cada gesto, y sobre todo en cada silencio. Sí, existe una escuela que enseña a vivir y hoy cumple 100 años.






























