Tenían tapa dura, con el fondo invariablemente amarillo. En sus páginas vivían los corsarios,
los caballeros medievales y el Africa secreta. Con esos libros crecieron varias generaciones. Yo
los iba a buscar en mi barrio, por avenida Alberdi. Eran un infalible pasaporte a la alegría.
Stevenson, Haggard, Salgari, Harold Foster. Dickens, Verne, London, Twain. Y hasta clásicos
menores pero queribles como “Azabache”, de Anna Sewell, o la serie de Bomba, firmada
por un tal Roy Rockwood, que décadas más tarde supe que no existía y sólo era el seudónimo de un
grupo de escritores “negros”.
Era la colección Robin Hood, publicada por la editorial Acme (sí, como en el Correcaminos) a
lo largo de más de medio siglo. ¿A ver, memoria?: “Ella” y “Ayesha”
(Haggard); “El Príncipe Valiente en el mar” y “El Príncipe Valiente: viaje
peligroso” (Foster); “Jerry de las islas” y “El llamado de la selva”
(London); “El capitán del Djumna” y “La soberana del campo de oro”
(Salgari); “La isla del tesoro” y “El mayorazgo de Ballantrae” (Stevenson);
“Oliver Twist” y “David Copperfield” (Dickens). Horas y horas. Tardes y
tardes, siestas y siestas de verano, noches y noches desvelado, vacaciones enteras con pilas de
libros de aventuras sobre la mesa de luz, leyendo sobre las frescas baldosas del patio en el calor
insoportable de enero.
Aún hoy los busco. Y a veces los encuentro. No mucho tiempo atrás, en un sombrío sucucho
montevideano, compré una de esas suculentas maravillas que iluminaron mi infancia.
Hoy los miro y los toco con nostalgia, a pesar de que la nostalgia no sirva para nada. Pero
son como un fragmento mínimo de la verdad, como el latido de un corazón olvidado, como la fresca
caricia del pasado en la frente, como una calle arbolada que termina en la casa donde nos esperan.
Tantas cosas en un simple libro viejo. Después de comprarlo, me senté en un bar, pedí una
jarrita de clarete y escribí este poema:






























