Creo estar en lo cierto al afirmar que el Estado en la Argentina, desde sus inicios, ha cumplido un rol dinámico en el desarrollo socioeconómico y cultural. Es más, podríamos decir que la problemática de nuestra vida como Nación ha sido precisamente llegar a un acuerdo para construir tal Estado activo. Quienes se oponen a tal criterio y se constituyen en fuerzas políticas que abogan en extremo por la cuasi desaparición del Estado proponen un ideario ilusorio en que los valores privados y sus empresas velen por el bien común y sus objetivos son el cuidado de los intereses del pueblo. Es decir que se confíe en la ética de las financieras, de las corporaciones, en los grandes grupos económicos, del sector minoritario de la sociedad que acumula y usa el dinero que no tiene otro fin que reproducirse de cualquier forma. ¿De cuándo y dónde nos viene este desprecio por el rol del Estado? Recuerdo las lecciones del doctor Sebastián Soler, precisamente no oficialista, profesor de Instrucción Cívica hacia 1950 en el Colegio Nacional N° 1. En su insistencia cuasi axiomática se preguntaba y respondía: “¿Qué es el Estado? El Estado es la Nación jurídicamente organizada”. Acentuaba las palabras Nación y jurídicamente, señalando el objetivo del bien de la patria y sus habitantes. En nuestra adolescencia y divertida estudiantina hallábamos en sus palabras cierta oscuridad, pero también una seria advertencia premonitoria. En nuestra vida cotidiana, superficial, el Estado es un objeto difuso y distante del cual creemos no participar. Se nos presenta como un inmenso y kafkiano aparato político administrativo generador de gastos y conflictos. No obstante lo pretendemos incorruptible, sin intereses particulares, idealizado. Hasta ahora no lo hemos logrado, no hemos sabido conseguir lo que deseamos, y nos volvemos cargados de rencor e insatisfacción. Para comprobarlo solo debemos acercarnos a los medios de información, hablar con familiares y vecinos, con el taxista o con cualquiera en la calle o en el bar. En medio de este berenjenal nacional, de elecciones “populares” y golpes destituyentes para componer las cosas, un médico sin soberbia, de sonrisa bonachona y suaves maneras habla y se publicita para un “país normal”. ¿Qué nos quiere comunicar? ¿Qué debemos entender? Seguramente que estamos enfermos y él se ofrece para recetar y curarnos. En los estudios universitarios la palabra normal ha perdido vigencia, se lo comprende como portador de ideas del pasado. En nuestras clases de Historia de la Arquitectura o del Arte, al referirnos al período de la Revolución Industrial hablamos de norma, normalidad, normalización, normalizado, normal. En este período histórico, se comenzaron a fabricar cantidades infinitas de objetos idénticos, normalizados, intercambiables: clavos, tornillos, chapas, rieles, locomotoras, piezas de otras máquinas y mucho más. Una idea que algunos hegelianos delirantes llevaron, y aún llevan, a extremas consecuencias, por su rechazo a la diversidad. Borrar las diferencias y el disenso, aun con una sonrisa canchera, aseguraba el “progreso” y el control de individuos y masas. En la actualidad acaso el doctor se refiera a que no es normal conceder autorización a empresas sin la correspondiente y eficaz verificación y vigilancia del aparato gubernamental. Caeríamos por tanto en el caso de que se sale de la “norma” y perjudica a la gente; es decir que se sale en forma relajada o corrupta de lo que fijan los usos y costumbres en salvaguardia del bien común.
Rafael Sendra
DNI 6. 001. 643
Una familia tipo, es decir dos personas mayores y dos niños, necesita en Rosario 8.327 pesos para vivir con cierta dignidad. Este dato lo especifica La Capital el 14 de agosto en su página 14. Si partimos de la base de que el cincuenta por ciento de los trabajadores en relación de dependencia está en negro, como se suele escuchar habitualmente, es decir que ganan la mitad de la suma a la que alude este informe, y un gran porcentaje ni siquiera cuenta con un trabajo honrado, yo no sé a qué “década ganada” se refieren los integrantes del actual gobierno. Entonces, por favor, dejémonos de decir pavadas y pensemos que lo que vemos a diario compuesto por robos y crímenes alevosos, desintegración familiar permanente, accidentes de todo tipo, gente en estado delirante a granel y antesala de un nuevo fracaso general como ocurre cada diez años, es el correlato de este relato. ¿El resultado de estas últimas elecciones querrán decir algo? Yo pienso que sí, pero ojo que para el 2015 falta una eternidad, y esta gente buscará cualquier artilugio para convertir a esta democracia en una continuidad despótica.
Felipe Demauro
Una simple sugerencia
A través de esta carta quiero realizar una simple sugerencia. Propongo que las unidades de colectivo tengan en sus laterales inscripto (en forma grande) el número de línea a la cual pertenece. Para ser identificada desde lejos cuando un usuario va caminando por una calle perpendicular a la circulación del mismo. Obviamente, sería muy costoso que cada línea tenga un color diferente. Esta sugerencia sería más simple y práctica para los usuarios ya que podrían identificar fácilmente de costado qué línea es. Tendría que ser fácil de sacar para que cuando se necesite el vehículo para reemplazar a otra línea de la misma empresa no haya problema de intercambiar los números. Espero que tengan en cuenta esta sugerencia que la hago para beneficio de todos los usuarios de colectivos de la ciudad.
Miguel Angel Mancini
Pueblo solidario y ejemplar
Cuando sucedió la explosión en Salta 2141, con 21 muertos y heridos, Rosario, su gente, sintió la angustia ante lo irreparable. Se escribió y habló mucho en periódicos, revistas, tele, radio, pero poco sobre lo precario de la defensa ante el desastre. La culpa no es de este gobierno, la culpa es de todos los gobiernos que ha tenido este bendito país y reconozcamos que nosotros, pueblo, también somos responsables de tener funcionarios inoperantes. Nos damos cuenta en hechos desgraciados. Leo en La Capital (16/08/13) “Apercibimiento agravado contra la sargento Angie Alvarez, primer bombero zapador de Rosario, según Artículo 49 de la ley 12.521”, por denunciar las anormalidades que soportaron los bomberos en su labor en Salta 2141. Solamente manifestó, que tenían mangueras cortas, que había poco agua, que tenían picos rotos, mangueras pinchadas, que la escalera telescópica no funcionó. Mientras no reconozcamos que el sistema funciona con el miedo a meterse, actuar, opinar, denunciar lo que está mal, pero si observamos la realidad, el burócrata que manda, saca el reglamento y como lo denunciaron, queda en evidencia, lo más rápido es sancionar, dando el ejemplo del que habla, palo y a la bolsa. Pero este no es el único caso. Casi todo el sistema de hace años, gobiernos civiles, militares, revolucionarios, de derecha y de izquierda, hacen lo mismo. Mientras el sistema aguante, para qué modificar. Si los vagones tienen 100 años, los pintamos y que sigan. Si los juegos para los niños funcionan, para qué revisarlos, si los cables eléctricos y equipos de gas son de la época de ñaupa, si están funcionando, para qué remplazarlos. No equivocarse, en todo el país y con todos los gobiernos (carentes de reflejos) solamente tomaron y toman medidas ante el desastre. No puedo dejar de destacar la solidaridad de todos los santafesinos ante lo acontecido, pero sería injusto, no recordar que ante sucesos similares o peores, todos los argentinos sin distinción de clases, han sido solidarios y colaboradores ejemplares. Dios salve a la República y a su pueblo.
Carlos A. Borisenko
DNI 4.340.294
El status y el poder
En países como el nuestro que de una manera u otra han sido colonia por mucho tiempo, y por varias generaciones, el poder fue cautelado por los sectores sociales más privilegiados. O en todo caso por sus testaferros. Añoranzas que, irremediablemente, algunas familias destacadas observan claudicar definitivamente. Hecho éste que impulsa una necesidad de ir renovando la manera de relacionarse en la sociedad. Generalmente, suelen ser las crisis las grandes modificadoras, pero también deben ser el modo de remirar la vida y su propio sentido. Hace varios años, tener status social y que se note, era algo muy importante ya que las diferencias sociales eran marcadas y muy definidas. Hoy la igualdad de posibilidades y recursos ha disminuido esa brecha y ya no es tan definida ni tan importante. Esta mutación de las sociedades debería dar salud a las personas y liberar las relaciones. En la medida que las clases creídas elitistas lo acepten como irremediable, y declinen en acentuar una lucha de supervivencia que egoístamente deteriora el tejido social. En tiempos ya superados la condición económica era compañía ineludible para un status destacable, y equivocadamente respetado. Tema que condicionaba de por vida a ciertas personas, ya que relacionarse abiertamente, emparejarse y proyectarse eran temas complejos y llenos de obstáculos. Hoy, mal que les pese a ciertos sectores históricamente dominantes, la condición de vida ha variado radicalmente. Por suerte para el futuro, aquella idea de status social hoy perimida que veía todo desde lo hereditario y comercial, debe aceptar que también existen y tienen oportunidad los humildemente capaces. Hoy la posibilidad de desarrollarse e impactar socialmente no es solamente y exclusivamente patrimonio para los familiarmente relacionados o sus socios comerciales. Aunque les cueste despojarse de sus estabilidades sociales, estarán obligados a ver la realidad desde las necesidades colectivas. Deberán entender con tristeza que han creado sistemas que sólo minusvaloran a la persona. La perimida idea que sólo el dinero y la descendencia dan el poder y el status, hoy no les alcanza.
Norberto Ivaldi
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En busca de la libertad
Se ha desatado una guerra en toda América latina, una guerra fogoneada por los gobiernos de turno, a favor de ciertos grupos de personas poderosas que buscan sacar mucho rédito. A ellos les conviene que todas las personas apenas terminan de trabajar corran por miedo a encerrarse a sus casas, con el único entretenimiento de sus computadoras, esas amigas siempre dispuestas a escucharnos y ayudarnos, que terminan sabiendo hasta nuestros deseos inconscientes, nuestros miedos y nuestros odios. Los soldados utilizados para obligarnos a los ciudadanos a esta actitud no reciben más paga que lo que pueden recoger del saqueo metódico al que diariamente someten a sus víctimas. Ellos, amparados por un sistema ineficiente de justicia están contentos y votan para que todo siga igual. Mientras tanto, el pueblo bueno, trabajador, respetuoso de las leyes no toma conciencia de que día a día va perdiendo más y más libertad. Y cuando toma conciencia trata de resignarse a la situación por miedo a los ladrones y a sus parientes, a la misma policía y a los señores jueces, la mayoría de los cuales actúan en contra de quien opone resistencia y se defiende. Yo les digo sólo una cosa: esto es una guerra, y en toda guerra sólo hay dos clases de seres humanos, los que luchan por su libertad y sus derechos, y los que se resignan a ser esclavos. Esto ha sido y seguirá siendo así hasta el fin de la humanidad. Si no me creen lean un poco la historia y reflexionen si quieren ser libre o esclavos.
Sebastián Peruccioni
DNI 7.634.181