La semana pasada viajaba con mi familia desde Roldán hacia Rosario por la autopista, y al llegar a Circunvalación uno de los tantos delincuentes nos arrojó un objeto pesado con el propósito archisabido de robarnos al detener el vehículo. Por suerte, el objeto impactó en el techo a escasos centímetros del parabrisas haciendo un terrible ruido que nos paralizó a todos, provocando descompostura a mi nuera, quien viajaba en ese momento amamantando a su hijo, mi nieto. Hasta acá es un tema, terrible tema. Estamos hablando de vandalismo extremo, enquistado y repetido en mi ciudad. Ahora bien, ¿Si la piedra hubiera impactado en el parabrisas de mi camioneta uno puede imaginar que el daño pudiera haber sido muchísimo mayor, por ejemplo, que algún vidrio pudiera haber destrozado cara, ojos, etcétera, de cualquiera de nosotros. Peor aún, se recordará todavía el caso de la familia que venía de Buenos Aires de visita a Rosario, y en la entrada por autopista fue apedreado el auto con el resultado terrible de la muerte de sus conductor después de una terrible agonía. Hago notar que mi hijo y su esposa se fueron de Rosario a vivir a Roldán, cansados de sufrir asaltos en su negocio de calle Ayacucho al 6100. El último tuvo la irreparable consecuencia de la pérdida del embarazo de mi nuera, como daño colateral del robo protagonizado por cinco forajidos con armas de puño y escopetas recortadas. Estamos inmersos en la más absoluta impunidad, el caos y la inmoralidad nos está gobernando. ¿Vamos hacia la anarquía total?, ¿deberemos armarnos? Utilizo estas columnas de La Capital, que pertenecen al pueblo, para dejar esta carta como constancia, reclamo y exijo que las autoridades tomen debida nota. Recuerdo perfectamente cuando se prometió erradicar las villas miserias de la ciudad. Exigimos que cumplan o renuncien, y paguen por su inoperancia.


























