El fallecimiento del Raúl Alfonsín ha provocado dos hechos sorprendentes. El primero de ellos, la unión de la cofradía política argentina en pos del primer presidente democrático que abrió el camino para que todos ellos lo sucedieran y sobrevivieran económicamente. En dicho ámbito se consideró a Alfonsín "el padre" de la democracia, sin olvidar que "la madre" fue la señora Margaret Thatcher. Gracias a ella sucedió la vuelta a la democracia. En segundo lugar, el fallecimiento de Alfonsín provocó el resurgimiento de los muertos vivos de la política de siempre que vislumbran, en su presencia frente al féretro, un renacer, cuando hasta hace poco tiempo circulaban por las calles argentinas en sus autos polarizados para no ser reconocidos. Parecería que hoy los tenemos de nuevo con nosotros, mal que nos pese. Basta comprobar que si meses atrás Alfonsín hubiera realizado un acto rememorando los 25 años de democracia, no hubiera asistido ni la tercera parte de los presentes en su velatorio. Seguramente muchos han sufrido por su muerte, pero seguramente muchos otros han aprovechado la oportunidad para resurgir de las cenizas. País hipócrita, por cierto.





































