Este texto puede leerse como una necrológica tardía. Pero en realidad es un simple
agradecimiento. Tomás Eloy Martínez murió el 1º de febrero pasado y ya pasó la época de los
primeros homenajes. Yo confieso que como novelista no me atrae: sin descalificarlo, creo que en ese
rol está lejos del nivel que consigue en el que para mí es su verdadero
métier, el periodismo. Martínez fue un gran periodista, y nos dejó a quienes vivimos del
oficio una lección de sabiduría que vale la pena repasar.
Lo valioso de su ejemplo es que antes que nada rescata a las palabras. Más allá de sus
incursiones en los medios audiovisuales (aunque resulte insólito, fue en la década del sesenta uno
de los primeros conductores de Telenoche), Martínez fue esencialmente un periodista gráfico. Las
revistas, sobre todo, pero también los diarios fueron el ámbito donde desplegó su riguroso talento.
Y en un momento como el actual, donde muchos medios gráficos intentan enfrentar a la TV y la web
imitándolas, él fue uno de los portavoces de la posición contraria: no se les puede ganar en
velocidad, y entonces lo más inteligente es diferenciarse. ¿Cómo? Con más análisis, pero sobre todo
con más historias, con más relatos, con más literatura. En síntesis: con más palabras, y no con
menos.
Escuchémoslo:
“Conozco a empresarios que se afanan en competir con la televisión e internet, lo que me
parece suicida, publicando píldoras de información ya digeridas u ordenando infografías para
explicar cualquier cosa, como si tuvieran terror de que los lectores lean”. Bien claro.
Y sobre todo coherente con su propia formación, con su propia obra, que incluye clásicos del
periodismo de investigación magníficamente escritos como “La pasión según Trelew”,
donde relata lo ocurrido en esa ciudad patagónica después de la masacre masiva de militantes del
ERP en una cárcel, el 22 de agosto de 1972.
Martínez sabía, además, que no existe periodista sin medio. Y que tal intermediación implica
inevitables concesiones que deben tener, sin embargo, un límite preciso. Pero dejemos que lo cuente
él:
“En marzo de 1961 yo era el responsable principal de las críticas cinematográficas en el
diario La Nación y muy pronto, por el rigor que trataba de poner en mi trabajo, me gané el
resentimiento de un sinfín de intereses creados. Llevaba ya dos años en esa tarea cuando el diario
decidió que, dada la presunta combatividad de mis textos, yo debía firmarlos para demostrar que era
responsable de ellos. Primero lo hice con mis iniciales, luego con mi nombre completo. Un año
después, los distribuidores de películas norteamericanas decidieron retirar al unísono sus cuotas
de publicidad de La Nación exigiendo, para devolverlas, que el diario pusiera mi pellejo en la
calle. La Nación no hacía esas cosas, por lo que al cabo de resistir valientemente la sequía
durante una semana, el administrador del periódico me convocó a su despacho. Usted sabe que es un
empleado, me dijo. Por supuesto, le respondí. ¿Cómo se me ocurriría pensar otra cosa? Y, como
empleado, tiene que hacer lo que el diario le mande. Por supuesto, convine. Por eso recibo un
salario quincenal. Entonces, a partir de ahora, uno de los secretarios de redacción le indicará lo
que tiene que escribir sobre cada una de las películas. Con todo gusto, repliqué. Espero que
retiren entonces mi firma. Ah, eso no, dijo el administrador. Si retiramos las firmas, parecería
que el diario lo está censurando. Hubiera tenido cien respuestas para esa frase, pero la que
preferí fue una, muchísimo más simple. Entonces, no puedo hacer lo que usted me pide. Mi trabajo
está en venta, mi firma no. Al día siguiente me enviaron a la sección "Movimiento Marítimo", en la
que debía anotar los barcos que entraban y salían del puerto. Tres días más tarde me di cuenta de
que no servía para contable y renuncié. Durante un año entero estuve en las listas negras de los
propietarios de periódicos y tuve que sobrevivir dando clases en la universidad. En esa época
existían los trabajos alternativos que ahora están borrados del mapa. Volví a La Nación como
columnista permanente en 1996”. (Tengo serias diferencias con muchos de los enfoques del
diario de los Mitre, pero corresponde contar que este texto fue incluido en ADN, la revista
cultural de La Nación).
El periodismo es un oficio maravilloso, pero nada sencillo. Muchas veces parece olvidarse que
Roberto Arlt, Rodolfo Walsh y Juan Carlos Onetti fueron excepcionales periodistas. Que el mismo
Borges se desempeñó con brillantez en la tarea. Que el gran poeta peruano César Vallejo fue un
cronista excepcional, igual que el cubano José Martí, el nicaragüense Rubén Darío y el mexicano
Alfonso Reyes. Y que también lo fueron los estadounidenses Ernest Hemingway, Truman Capote, Norman
Mailer y Hunter Thompson. Que lo es Tom Wolfe.
La velocidad, la superficialidad y los intereses han bastardeado en demasía las cosas.
Resistir no es fácil y Martínez no lo ignoraba. Sufrió el exilio, trabajó duro, dio ejemplo de
responsabilidad y lucidez. Dejó escritas frases memorables como esta:
“A la avidez de conocimiento del lector no se la sacia con el escándalo sino con la
investigación honesta; no se la aplaca con golpes de efecto sino con la narración de cada hecho
dentro de su contexto y de sus antecedentes. Al lector no se lo distrae con fuegos de artificio o
con denuncias estrepitosas que se desvanecen al día siguiente, sino que se lo respeta con la
información precisa. El periodismo no es un circo para exhibirse, ni un tribunal para juzgar, ni
una asesoría para gobernantes ineptos o vacilantes, sino un instrumento de información, una
herramienta para pensar, para crear, para ayudar al hombre en su eterno combate por una vida más
digna y menos injusta”.
Punto. Todo dicho.