El amor es un trabajo duro. Presupone una sumisión absoluta al milagro, cuando prácticamente
todos huyen de él. Porque el amor verdadero equivale a la alienación, al descontrol, a la
obediencia ciega a un impulso que nos gobierna sin moderación, piedad ni pausa.
El amor es una tarea cotidiana. No significa sólo la plenitud del encuentro, sino la
persistencia de la exploración. La incesante búsqueda en el otro de lo que el otro es, y en uno de
lo que el otro es en uno.
El otro es el oro del buscador de amor.
Anotó: “Ofrezco dedicación absoluta en los terrenos erótico, culinario, literario.
Charla. Mucha charla. Cine. Mucho cine. Chocolate, whisky. Mucho whisky. Caminatas. Bares. Silencio
compartido. Sueños compartidos. Mar, montañas y ciudad. Sobre todo, ciudad. Vereda. Esquina. Plaza.
Noche. Lectura compartida. Ducha compartida. Ventanas abiertas por donde entra la luz del amanecer
sobre el océano”.
Anotó: “Ruego descartar la asistencia en común a cualquier acontecimiento público o
ámbito social de rasgos masivos: partidos de fútbol, recitales en estadios, cadenas
cinematográficas de shoppings o restaurantes de moda en horarios pico. Los baños de multitud que
proponía Baudelaire no son aconsejables para la concentración sin distracciones que requiere el
sentimiento amoroso. La consigna es: uno para dos y dos para uno”.
Anotó: “En el amor, todo lo aprendido debe a la vez olvidarse y aplicarse. La
experiencia enriquece, pero también frena”.
El amor es una construcción del espíritu. Habita en lo inesperado pero debe esperarse. Quien
no lo espera, jamás lo encuentra. Sólo si vive en uno va hacia otro.
El amor es una convicción del espíritu. Pero también una necesidad de las manos.
El amor es una fragancia que se vuelve acto.






























