La crisis de 2001 alumbró un cambio de ciclo económico, que se caracterizó por
un período inédito de alto crecimiento, fuerte rentabilidad empresaria y un patrón distinto de
acumulación. Esta combinación permitió que el derrame de los resultados de este modelo se tradujera
en una recuperación del empleo y del nivel de ingreso de los trabajadores incluídos en la economía
formal.
Un mundo de desocupados, ocupados en empleos precarios y asalariados en negro
que se mueve en una economía de alta informalidad y bajos ingresos, un universo del 60% de la
Población Económicamente Activa (PEA) a nivel nacional y un 61% en el Gran Rosario, según surge de
los resultados de la Encuesta de la Deuda Social que elabora el Observatorio de la Deuda Social
Argentina de la Universidad Católica Argentina (UCA) desde 2004.
Esa entidad presentó recientemente en Rosario los
resultados de la medición correspondientes a 2009, que monitorea la evolución de una serie de
indicadores de déficit de las dimensiones de desarrollo humano y social en los principales
aglomerados urbanos de la Argentina. El trabajo está coordinado por investigadores del Conicet, y
más allá de las adscripciones ideológicas, no diverge sustancialmente en su diagnóstico, con
evaluaciones oficiales, como la Encuesta Permanente de Hogares (EPH), que revela que más de un
tercio de los trabajadores en relación de dependencia lo hacen en negro.
Agustín Salvia, investigador del Conicet y director del
Observatorio de la Deuda Social, explicó que los números de la informalidad son más impactantes en
la medición de la UCA porque no se limitan a incluir en ese grupo a los asalariados informales sino
a un universo más amplio que se mueve por fuera del llamado trabajo decente. “Nosotros nos
referimos a la totalidad de la fuerza de trabajo que está fuera del mercado de empleo dinámico,
esto inlcuye desocupados, ocupados en el sector de subsistencia, beneficiarios de planes sociales
cuentapropistas y asalariados”, señaló y puso como ejemplo: “El cuentapropista es el
25% de la fuerza de trabajo, está técnicamente ocupado pero lo hace en un segmento de muy baja
productividad”.
La medición de la UCA abarca múltiples dimensiones
relacionadas con las condiciones materiales y el desarrollo humano. Pero el mapa del empleo y los
ingresos centraliza en buena medida los ejes explicativos del conjunto. Para ello clasifica el
universo de la población laboral en empleo pleno de derechos, empleo precario, subempleo inestable
y desempleo. A fin de 2009, donde cortó la úlitma encuesta, el 36,5% de los trabajadores se ocupaba
en empleo de calidad; el 40,5% trabajaba en empleos precarios, el 11,8% subsistía en el universo
del subempleo inestable y el 11,3% estaba desempleado.
En la región
En el Gran Rosario las estadísticas, con matices, están en
línea con las nacionales: 37,9% de empleo pleno, 41% de empleo precario, 10,4% de subempleo
inestable y 10,7% desempleo.
Desde sus primeros pasos, la encuesta arroja resultados que
permiten marcar dos períodos claramente diferenciados, dentro de la posconvertibilidad. Uno de
expansión del mercado laboral, asociado al crecimiento económico, que se extendió desde 2004 a
2007. En ese lapso, “la calidad de de las oportunidades laborales mejoró marcadamente, ya que
el procentaje de trabajadores con empleo pleno de derechos pasó de 28% a 43,1% del total de
activos, y la desocupación disminuyó de 18,8% a 9,8%” en todo el país, subraya el
informe.
Cuando el colchón que ofrecían a la rentabilidad empresaria
la doble combinación de recesión y devaluación comenzó a erosionarse, la inflación irrumpió y
comenzó a acotar la elevada elasticidad empleo-producto que caracterizó a ese período. La suba de
precios, primero; el conflicto del campo, después, y finalmente la crisis financiera internacional,
llevaron al mercado laboral a un período de estancamiento entre 2007 y 2009, que terminó con un 59%
del total de ocupados insertos en empleos precarios e inestables.
A nivel nacional, el empleo pleno de derechos pasó de 43,1%
a 36,5%, mientras que el empleo precario pasó del 33,4% al 40,5% de la población activa. La
desocupación pasó del 9,8% al 11,3%. En Rosario, la proporción de puestos de trabajo de calidad
pasó del 41% al 37,9% de la PEA. El subempleo inestable se redujo de 12,6% a 10,4% y el desempleo
subió de 9 a 7,4%.
Un techo infranqueable
Salvia explicó que en 2010 se observa una recuperación
respecto de la crisis de último año. Pero la fuerte heterogeneidad que caracteriza al mercado
laboral permanece. “Hay un techo de entre 40% ó 45% de empleo formal que en este modelo no
puede traspasar”, subrayó.
Hay, en ese sentido, un barrera estructural difícil de
cambiar. Por ejemplo, el 63,4% de la población activa del Gran Rosario que se ubica en el estrato
socieconómico alto tiene empleo pleno de calidad. Pero sólo el 10,2% del segmento de menores
ingresos tiene puestos de trabajos estables y en blanco. Es más, esa porción bajó desde el 19,5% en
2007, lo cual muestra cómo se ensañó la crisis con este sector.
“La dinámica histórica demuestra que con cada crisis hay un golpe de
crecimiento de la pobreza y de la informalidad, en 2009 este sector fue el más afectado y, si bien
la economía se reactivó, el empleo se recupera a un ritmo más lento”, señaló del director del
Observatorio. La hipótesis es inquietante: la economía mejora pero su derrame no incentiva el
empleo formal sino que genera un mayor consumo en ese sector que luego gotea al sector informal,
donde sí se recupera el trabajo.
La tensión casi funcional entre formalidad e informal
laboral se expresa en el ingreso. Según los resultados de la encuesta para todo el país, en el año
2009 los trabajadores del 25% de los hogares de mayor nivel socioeconómico obrtuvieron una
retribución real promedio (2.640 pesos) fue 2,5 veces mayor que la de los trabajadores de hogares
del 25% de menor nivel socioeconómico (1.049 pesos).
Estos dos grandes campos, incluso, encriptan desigualdades
más agudas, ya que “en materia de ingresos hay grupos familaires que viven con 700 pesos y
grupos de asalariados que ganan de 5 mil a 10 mil pesos”, explicó Salvia.
Un piso más alto
El estudio del Observatorio de la Universidad Católica no
minimiza la fuerte mejoría que experimentaron las condiciones sociales en términos cuantitativos.
Esto incluye la reducción del desempleo, la baja en los déficit de capacidad de consumo y la
indigencia.
Al mismo tiempo, subraya el rol de las políticas públicas en las crisis.
Capítulo aparte, en ese sentido, es el aumento de la cobertura jubilatoria.
Pero el período de desaceleración y posterior crisis de
empleo que va de fines de 2007 a 2009 pusieron en evidencia cómo este estancamiento se expresó con
mayor crudeza en la pérdida de empleos, horas de trabajo y oportunidades de empleo de calidad en
las poblaciones de los estratos socioeconómicos más bajos.
Y aunque la marea económica volvió a subir, ya se vio qué
sectores estaban desnudos. Se trata en definitiva, de la persistencia de los efectos de un proceso
que se desarrolló durante la década de 1990 y que “confinó a gran parte de los trabajadores a
una extrema vulnerabilidad, con escasas probabilidades de vincularse a una relación formal y de
acceder a un trabajo decente”, concluye el informe.