Si bien no todos los abuelos son ancianos ni todos los ancianos son abuelos, en sentido figurado abuelo es hombre anciano. Según el censo de 2010 el 10,2 por ciento de la población del país es mayor de 65 años y se estima que ascenderá a 19 por ciento en 2050. La vida se torna cada vez más longeva. Los adultos mayores pertenecen a un segmento de la población que ha sido despojado de su valor simbólico. Se ha entronizado a la producción como valor primario de la vida, y se considera un disvalor a quienes por su edad se encuentran al margen de ella. Los abuelos ya no son respetados ni apreciados por su autoridad ni por su sabiduría, como lo eran en otras organizaciones humanas que nos precedieron; ahora llegan, incluso, a ser considerados como una carga económica para los que están en actividad. Es frecuente que para ser atendidos, por ejemplo en una oficina pública, se los llame abuelo o abuela y no por sus apellidos (es como quitarles el nombre) hablándoles en voz muy alta, como si tuvieran disminuido el sentido de la audición, y reiterando las explicaciones, como si no entendieran. Tratarlos, quienes no son familiares o amigos, con diminutivos como Jorgito o Martita, aunque sea de manera afectuosa, puede ser interpretado por la persona mayor como una falta de respeto o trato confianzudo. En España el Día del Abuelo se celebra el 26 de julio porque es el día de San Joaquín y de Santa Ana, padres de la Virgen María y, por lo tanto, abuelos de Jesús. En Argentina es el tercer domingo de agosto. Esta fecha, un tanto olvidada y poco celebrada, es la oportunidad de valorar a los abuelos, sector de la población que debe ser respetado y reconocido en su dignidad por la sociedad, y rescatado por su sabiduría y capacidad para transmitir vivencias y valores a los más jóvenes.



























