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Dólar: historia de una obsesión argentina

Fetiche, obsesión, poder, herramienta de corrupción y toda una larga lista de calificativos se podrían utilizar para explicar lo que significa para los argentinos el dólar.

Domingo 01 de Septiembre de 2013

Fetiche, obsesión, poder, herramienta de corrupción y toda una larga lista de calificativos se podrían utilizar para explicar lo que significa para los argentinos el dólar. Un billete que en Argentina se siente “como en casa”, aún más que en países que adoptaron la cara de Washington como moneda oficial. Todo un fenómeno que los periodistas Alejandro Rebossio y Alejandro Bercovich, desmenuzan en tono de crónica en “Estoy verde. Dólar. Una pasión argentina”, un libro que rápidamente se subió al podio de los más vendidos entre los catalogados como de “Economía”, rubro que atraviesa un auge este año en sintonía justamente también por la disputa sobre el valor de la divisa.

   A lo largo del libro van a apareciendo todos los dólares circulantes: oficial, blue, tarjeta, el merca, el cable, el Moreno, soja, de la mano de una extensa nómina funcionarios, psicoeconomistas, cambistas, proxenetas, inmigrantes, narcos, falsificadores, turistas, cueveros, arbolitos, que cuentan su visión sobre un negocio que tiene pocos ganadores y muchos perdedores.

   El recorrido del dólar en la vida de los argentinos es un recorrido por la historia del país del último siglo, que inicia con los conservadores en los años 30 y llega casi hasta el paroxismo a partir de los 70.

   En una entrevista con Rebossio, quien pasó por las redacciones de Ambito Financiero, La Nación y actualmente es corresponsal del diario El País (Madrid), explicó que la gran diferencia que encontró entre la Argentina y otros países es que, mientras en todo el mundo son sólo las clases altas las que compran dólares para fugar hacia paraísos fiscales y evadir al fisco, aquí la penetración también del dólar es muy fuerte en la clase media y en el mercado inmobiliario, a partir del último proceso cívico-militar. Y también que esa movida surge primero en los barrios porteños y tiempo después llega al interior del país.

Clase media. El primer aviso clasificado sobre la venta de una propiedad en dólares data de 1977 en La Nación. Dos años después, el mercado inmobiliario estaba colonizado. Otro aspecto interesante del libro es que las denominadas “cuevas” en realidad lejos de ser oscuras y estar bajo tierra funcionan en casas de cambio, en las oficinas de las grandes sociedades de bolsa, en los bancos, enumera Rebossio, quien junto con Bercovich dan cuenta de su funcionamiento por boca de los mismos hombres de cuello blanco.

   Con crudeza, son los propios cueveros los que cuentan cómo los que en general les van a comprar son “pescados”, generalmente a un precio donde nadie conoce demasiado bien las cotizaciones. Cuentan por qué un billete de mayor denominación vale más que los de menor valor. Cómo utilizan los chalecos antibalas para esconder los fajos de 10 mil dólares y cómo algunos tienen problemas en los bancos, al ir todos los días a poner y sacar dinero de las cajas de seguridad para guardar sus fondos.

Los ganadores del modelo. Sin embargo, Rebossio señala que el problema más grave de la fuga de divisas no está en ese mercado marginal sino en las operaciones con bonos y acciones, que son legales .

   “En general nos quedamos con la anécdota del precio del dólar blue, pero los dueños de la plata, que son los grandes empresarios, amigos y enemigos del gobierno, fugan la plata de forma lícita”, apuntó Rebossio.

   Estudios globales señalan que el 35% de los fondos depositados en los 80 paraísos fiscales que hay en el mundo proviene de la corrupción, el narcotráfico, el financiamiento del terrorismo, el comercio ilegal de armas o la trata de personas. Pero el 65% es dinero evadido por las grandes compañías.

   “Cuanto menos transparente el mercado, menos tipos ganan. Gana el que tiene guita, el que la tiene afuera, el que tiene buenos contactos: los empresarios, los profesionales, los del campo, los comerciantes. Sube el consumo de alto nivel. El asalariado y el pueblo pierden”, dice, no un analista reputado sino C.L. un cuevero de la city porteña, que opera entre 40.000 y 50.000 dólares por día. •

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