En las manifestaciones de la presidente resaltando privilegios irreales de los maestros frente a los que trabajan en fábricas, subyace su aptitud y actitud natural de enfrentar para dividir, no exenta de condimentos ideológicos. Las descalificaciones de los integrantes del gobierno hacia sus opositores creen que los hace acreedores de la verdad. Para ello recurren al engaño, como condenar la década del 90 de palabra, cuando es sabido que los actores de antes son los mismos de ahora. Dividir es destruir, construir es una responsabilidad inexcusable, no un acto magnánimo de los gobernantes. Con discursos buscadores de robóticos aplausos, o lavando su ropa sucia en la pileta del vecino, enemigo para ellos, no se resuelven problemas como la aguda y creciente inseguridad, el deterioro de la calidad de vida de la sociedad y de las instituciones de la república, ni se logra el progreso sostenido de un país. Ello sólo es posible mediante acciones integradoras con toda la sociedad, respetada y aceptada como parte y no como convidada de piedra de las decisiones de los "elegidos".






























