La democracia formal es el placebo que las dictaduras partidarias, elegidas un domingo cada cuatro años, brindan al ingenuo ciudadano común. Sus apologistas mediáticos frente a la decepción de muchos y en términos comparativos respecto de gobiernos de facto apelan al remanido discurso aludiendo que la democracia no será del todo buena pero hay otros sistemas peores. Los que hemos vivido la seguidilla de golpes militares y sus secuelas no lo dudamos. Pero esa no es la cuestión. Se supone que ahora estamos definitivamente en el ámbito de un proceso democrático que aún nos cuesta asimilar. Creer que la libertad democrática consiste en escribir cartas de lectores o quejarse justificadamente por un problema ante una cámara de televisión no hace más que facilitar el dominio de los mandantes. Cabe esta digresión cuando la ciudadanía de esta importante urbe que es Rosario está siendo sometida al envenenamiento colectivo que ejercen diariamente un grupo, se supone, de anónimos personajes desde las islas entrerrianas incendiando pastizales. No hay la más mínima excusa para que esto ocurra impunemente. Sin embargo y a pesar del torrente de quejas y acciones judiciales que se manifiestan desde el llano nadie hace que esta situación termine. Gobierno y municipalidades nos sorprenden por su inoperancia y obligan a pensar en complicidad, vaya uno a saber con cuales fines. Lamentablemente nada cambiará si los elegidos por el pueblo sólo se limitan a mantener esta democracia formal. A la larga quedará no más que humo tóxico.



































