
Sara trabajaba en un hotel y fue secuestrada una madrugada de julio de 1975, en la puerta de su casa de Tucumán, cuando tenía 19 años. Eran tiempos en los que se gestó el Operativo Independencia, que meses más tarde extendería su alcance a todo el país, en nombre de la seguridad nacional.
Tenía dos hijas de uno y tres años. Aquella madrugada, unos encapuchados descendieron de un auto, la capturaron y la trasladaron a la comisaría. De allí pasó a la Jefatura de la policía provincial y posteriormente a la cárcel de Villa Urquiza, donde funcionaba uno de los centros clandestinos de detención del circuito represivo tucumano.
Durante su encierro Sara gestó a un bebé que dio a luz entre mayo y junio de 1976. Apenas llegó a escuchar el llanto de su hijo. Un enfermero se lo arrebató inmediatamente. No pudo abrazarlo, ni siquiera confirmar si era varón o mujer. En noviembre de 1976, después de más de un año y cuatro meses de cautiverio, la liberaron al costado de unos cañaverales. Desde allí caminó hasta el Hospital del Carmen, donde quedó internada.
Desde entonces, Sara vivió amenazada porque a pesar de los juicios a los represores sus captores y familiares viven libres en la provincia. Con todos los temores, tres décadas más tarde un conocido e integrantes de la agrupación Hijos la incentivaron para que buscara ayuda.
Fue así que, en 2004, se acercó a la Secretaría de Derechos Humanos de Tucumán y denunció el caso. Dos años después intervino la Secretaría de Derechos Humanos de Nación y con ella, la Comisión Nacional por el Derecho a la Identidad. Se abrió un expediente y en el año 2007 Sara dejó su muestra de sangre en el banco Nacional de Datos Genéticos.




