Viernes en casa, a las. 23. agotados por el trajín del día, de la semana, nos quedamos dormidos con el tele prendido. Mis hijas duermen desde hace media hora. 23.45: una de las paredes del cuarto empieza a "latir"; nos despertamos sobresaltados. Vibraciones rítmicas de una percusión. Es la medianera oeste; están haciendo la prueba de sonido en el bar de al lado. 0.30: la nena mayor (7) aparece en la puerta de nuestro cuarto. Camina agarrada a su almohada. "Mamá, ¿puedo dormir con ustedes?, está muy fuerte la música..." 1.20: toda la familia ya dio unas 20 vueltas en la cama buscando una posición que ayude a conciliar el sueño. Pero el ruido del local vecino es cada vez más fuerte; a la música se agregan las voces de la gente. 1.45: la duermevela no me permite discernir si lo que suena es Babasónicos o Miranda. Me da bronca, porque si estuviera del todo despierta los identificaría instantáneamente, y si estuviera del todo dormida estaría feliz de poder descansar. 2.10: cambió el género musical, pasaron furiosamente a unos ritmos electrónicos repetitivos que golpean en la pared medianera como si al lado tuviéramos una demolición con martillos neumáticos un martes a la mañana. 2.55: la rave vecina en su pico sonoro; los gritos rellenan los huecos que deja el tun tun tun tun tun tun interminable. 3.30: una de Coldplay, aunque desesperada por dormir un poco, a veces coincido con el disc jockey. 4.00: mi marido salta de la cama, se viste, más o menos decentemente, y se va hasta la puerta de la disco a pedir un poco de piedad para una familia cansada, o al menos que bajen la música. Espero que sea diplomático. 4.30: se despierta la otra nena (3). Llama desde su habitación. 4.45: buscamos ayuda por teléfono. No hay muchas reparticiones públicas disponibles a esta hora. 5.00: resignados a que veremos salir el sol sin haber dormido, prendemos la tele y recorremos algunos canales de películas. 5.30: tratamos de devolver las nenas a sus camas, trabajo que requiere mucha concentración y sigilo muscular al estar tan agotados. 6.05: súbito silencio. Adormilados, no nos damos cuenta si es un corte de luz, una intervención de alguna autoridad, o que se terminó la fiesta. Se escuchan las voces excitadas y los taconeos de los clientes en retirada. Por la ventana, el cielo empieza a clarear. La noche siguiente, en horarios parecidos, se repiten los acontecimientos. Desde abril de este año, cada viernes, cada sábado, cada domingo de fin de semana largo, algunos domingos corrientes, e incluso un martes (20/9), el bar La Casa de Cristal, de Presidente Roca 467, agrede de esta manera a nuestra familia y a otros vecinos, infringiendo quién sabe cuántas reglamentaciones; funcionando, sin ocultarlo, como discoteque; sobrepasando por mucho los límites de decibeles y de horario de cierre. El nombre del bar, Casa de Cristal, puede dar una idea engañosa de un lugar frágil. Todo lo contrario: hasta ahora ha sido resistente a la gran cantidad de solicitudes, reclamos, mediciones, denuncias y expedientes que hemos hecho en distintas reparticiones municipales.































