En carta de lectores del pasado 10 de noviembre, y ejerciendo su legítimo derecho al disenso, una lectora señala haber concurrido a la Biblioteca Argentina, y haberse topado "con una extraña exposición de imágenes en la planta baja, de pésimo gusto y hasta reñida con la moral". En tal sentido, y como responsable del espacio de arte con que cuenta la Biblioteca desde hace ya cerca de veinte años, me veo en la obligación de aclarar que dicha carta se refiere a dos pequeños recortes de revistas intervenidos por Luis Berneri, un artista plástico cuya modalidad de trabajo consiste en modificar situaciones registradas fotográficamente en publicaciones de difusión masiva, mediante la incorporación de la casi infinita variedad de "stickers" que tan fácilmente puede adquirirse hoy en el mercado. Es obvio que el juego plástico consiste en generar una tensión significativa entre la escena que se elige y el sticker –"sospechosamente inocuo"– que se le incorpora, método con el cual Berneri incluso logra "banalizar" una denuncia tan rotunda de la hipocresía que reina en nuestra sociedad, como la que encierra la obra de León Ferrari: "amortajando" con sus edulcorados stickers al bombardero y al Cristo de Ferrari, es como si nos dijera que "la civilización occidental" es capaz de aplastar, con toda dulzura y comedimiento, cualquier intento saludable de cambio. También es necesario dejar en claro que cuando se habla de "exposición de cuerpos desnudos, en situación y pose de lesbianismo y homosexualismo" (sic), es porque la lectora opta por escoger sólo "dos" fotografías intervenidas, de un total que supera holgadamente el centenar, y donde numerosas situaciones apuntadas son de mucho peor gusto y están mucho más reñidas con la moral que el ejercicio del sexo. ¿Qué habría que decir, por ejemplo, de la Cenicienta que huele una flor, para "pasar el mal trago" de la refinada sesión de tortura que transcurre a sus espaldas, o de esa Betty Boop que hace la venia sobre la almohada de un soldado dormido, cuya despreocupación no coincide con el trágico destino que le espera –por intereses que le son ajenos– en el frente de batalla? La irrupción de un Superman, idealizadamente bello y arrogante, en el campo de concentración en el que un grupo de niños –¿paquistaníes, tal vez?– yace engrillado y encadenado, ¿no ofende la moral y las buenas costumbres de un contemplador sensible? ¿O solamente el sexo es inmoral? Es de destacar, finalmente, que la mirada selectiva que la lectora posó sobre las escenas "sexuadas" de Berneri, no sólo le impidió justipreciar el humorístico tratamiento que el joven autor le dispensa a algunas obras fundamentales de la historia del arte –"La escuela de Atenas" de Rafael, "La vocación de San Mateo" del Caravaggio, o "Las meninas" de Velázquez–, sino también los aportes de las otras tres artistas que comparten esta muestra conjunta, y que son Marita Guimpel, Mabel Burel y Carolina Montano. (El sexo, tan ferozmente reprimido a lo largo de siglos, se ha cargado por lo visto de un poder hipnótico irresistible, que hace desaparecer todo lo que lo rodea). En cuanto a que la propuesta sea "de pésimo gusto", si bien es un enunciado atendible, ya que "sobre gustos no hay nada escrito", y uno tiene todo el derecho del mundo de plantarse frente al mismísimo Apolo del Belvedere y no gustarle, sí es mucho lo que se ha venido escribiendo sobre estética, y más aún sobre la particular estética del arte de nuestro tiempo. Para citar un solo ejemplo, el cineasta Peter Greenaway –un director de culto del cine inglés contemporáneo–, en una entrevista concedida a la revista Ñ en Suiza, donde se encontraba dictando un seminario en el doctorado de la European Graduate School, señaló: "El arte no está para decir lo que ya sabemos, está pensado para perturbar, y tiene que ser algo vivo". Y tan perturbadores son el pene incircunciso del David de Miguel Angel, como el San Juan Bautista de Leonardo –que desde las paredes del Louvre exhibe una androginia cuasi empalagosa–, o los cadáveres de animales conservados en formol de Damien Hirst, que dos meses atrás los clientes de Sotheby’s se disputaron, en una subasta londinense, pagándolos a precios siderales. Si el arte dijera "lo que ya sabemos" –y tenemos sobradamente incorporado–, diría: trafiquen armas, arrasen a las naciones pobres, acumulen honores y riquezas, exploten a los humildes, torturen y exterminen a los diferentes, ¡pero no tengan sexo, por favor, porque es pecado! Pero no lo dice. Y no lo dice porque ese arte –que según Flaubert, "de todas las mentiras es la menos capciosa"–, quizás sea el único invento de los hombres que, una vez creado, adquiere vuelo propio, y logra remontarse, triunfalmente, sobre la planicie de todo fariseísmo.
































