La violencia de género como conducta humana tiene una larga historia y su encuadre legal ha variado con el tiempo. Algunas creencias y regímenes antiguos justifican y hasta liberan de penas al hombre que es "víctima" de la infidelidad. En 1927 Carlos Geroni Flores escribía el tango "A la luz del candil", relatando el drama de un hombre engañado que mata a su mujer y al amante. El protagonista se autodefinía como un "gaucho bueno" y socialmente no era mal visto, declaraba en la comisaría "arrésteme sargento y póngame cadenas, si soy un delincuente que me perdone Dios". En el 2009 se sanciona en Argentina la ley 26.485 sobre la prevención de la violencia de género pero en los últimos tiempos estos casos, como el reciente "crimen del country", son casi habituales. Los abogados defensores suelen encuadrar estas conductas como emoción violenta ya que el Código Penal las trata como atenuantes. La violencia mencionada no es solamente de género, puede darse contra los niños, adolescentes, ancianos, padres o la sociedad en general. El modelo psicopatológico explica el fenómeno como resultado de conductas desviadas, propias de ciertos individuos cuya historia personal está caracterizada por una grave perturbación (impulsos agresivos no liberados). Digamos que una conducta relativamente equilibrada cuenta con el freno psicológico que responde a lo cultural, ético, moral o religioso pero que cuando falla, se produce el llamado "minuto de locura", que puede llegar hasta el asesinato. Es deseable la armonía entre el pensar, el sentir y el hacer, pero las emociones, cuando no tienen el debido control pueden ser negativas y provocar hechos antisociales. Victoria Camps nos dice que son necesarias porque sin ellas no hay motivación para actuar pero queda claro que algunas pueden llevarnos por mal camino. La ética y la educación no pueden prescindir de las emociones en la medida que tienden a ponerlas en orden para lograr mejores personas y una convivencia menos agresiva. Por otro lado, la historia nos dice que en algunos casos las injusticias han sido causantes o promotoras. El miedo puede ser necesario pero también paralizante; indignarse no está mal, salvo que el objeto de esta actitud no merezca esa reacción. Finalmente, digamos que conviene conocer el porqué de las emociones y gobernarlas, por otra parte si somos formadores deberíamos actuar sabiendo que los sentimientos son educables. Ahora bien, ¿con que librito? Bueno, eso es harina de otro costal.

































