Sobre la carta del pasado 2 de mayo titulada “Qué quiero para Central”, debo señalar que se repite tantas veces la palabra “quiero”, que sugiere un modo cuasiexigente y egoísta de vivir y esperar todo del otro. Me permito otra expresión, en lugar de exigir, omitiendo responsabilidad y participación, sería más loable y atendible decir: “Qué hago yo por Central”. Este amigo exhibe una manera de ser típicamente nuestra, o digamos propia del ser humano, cuando vemos que la demanda sin participación es un mal global. En el caso del fútbol (en apariencia el único motivo que preocupa al amigo de un club que está para mucho más), está comprobado que este deporte popular atrae masas y convoca pasiones, por dos motivos excluyentes. El primero porque es un producto que deja dividendos por doquier, que se vende desde todas sus aristas posibles, el triunfo, la derrota, la gloria, el fracaso, la idolatría y hasta el orgullo nacional. Sólo basta con ver cuántos son los programas, los periodistas y los medios, dirigentes incluidos, que viven de este negocio. Motivo sobre el cual el amigo debería recapacitar y ver hasta dónde lo han embaucado estas propuestas tribales. Dice también “no queremos más mecenas”. ¿Me podría decir cuál fue el último? Por otro lado, ha quedado científicamente comprobado que el inconsciente colectivo e individual de las personas son atraídos, en casos exageradamente, por este deporte porque es un modo de participar individual y colectivamente de un resultado sobre el cual no depende ninguna obligación personal para resolver. Es decir: alentar, insultar, criticar, participar, compararse, apisonarse, mofarse de rivales y mostrar sentido de pertenencia; pero siempre desligando la responsabilidad del resultado en un grupo de personas que participan activamente del juego. Actitud manifestada en la expresión “ganamos”, canjeada cobardemente por la de “perdieron”. Hecho que se permite comparar con cualquier otra actividad social. Dicho de otro modo, en el caso del fútbol, el inconsciente se compromete emocionalmente por un resultado sobre el cual el individuo no posee manera ni modos de modificar; en síntesis, yo participo pero la obligación es del otro. Ahora bien, ese modo de liberación personal sobre una obligación que vemos a diario en distintas actividades sociales de nuestro país, termina siendo el causante principal de nuestras propias quejas, reclamos y frustraciones. ¿Qué les parece si en lugar del “qué quiero” empezamos con el “qué puedo hacer”? Criticar sin proponer o sin actuar activamente resultaría ser el antídoto para nuestras propias exigencias. En este caso humilde y respetuosamente le sugiero al amigo que trabajar por un motivo, en este caso por Central, es el mejor modo de no sentirse siempre como acreedor de las circunstancias ajenas.





























