Tengo 17 años, vivo en Buenos Aires y hay cosas de la Argentina que me sorprenden, como nuestra cultura de la queja. La queja es una nota característica de nuestro país. Los argentinos solemos quejarnos. La queja no es una cosa negativa pero puede transformarse en una manifestación de pesimismo. Nos quejamos por todo: por la educación y porque los maestros reclaman una remuneración justa; porque las calles están en mal estado y porque las cortan para arreglarlas; porque es difícil transportarse y porque cortan árboles para una estación de subtes. Este pesimismo argentino hace que vivamos en un constante drama, nada nos viene bien, las relaciones entre distintas partes empeoran, surgen peleas y todo progreso se hace más lento y difícil. Dejemos ese oficio tan argentino de quejarnos por todo y cambiémoslo por un optimismo que nos haga tirar a todos en una misma dirección, cada uno a su manera, hacia el progreso de nuestro gran país.































