En estos días ha vuelto a aparecer la noticia del pedido de un "aborto no punible" a una joven violada en el ámbito familiar, cursando un embarazo de 23 semanas. El "protocolo" que autoriza la eliminación de un ser humano gestado en condiciones violentas muestra una de las facetas más negativas de nuestra sociedad, la que, en lugar de proteger la vida humana que es sagrada e inviolable y de valor innegociable, la transforma en una condición de descarte, exclusión y de fácil eliminación. La economía de exclusión y violencia que se vive en nuestra sociedad alcanza, también, a la mujer violada y al niño concebido en su vientre, pero en este caso con la "autorización" del Estado, cuando su función es absolutamente la contraria. Los intentos legislativos para proteger a ambos han quedado en el olvido, siendo más fácil resolver estas situaciones a través de este triste "protocolo" que elimina en silencio y con la misma violencia con que fue concebida una vida humana no querida, en lugar de hacer el esfuerzo de proteger a ambos. Nos "desgarramos las vestiduras" ante la violencia sobre niños y jóvenes que arrecian en nuestra sociedad y cerramos hipócritamente los ojos y la boca ante estos "abortos no punibles", tan violentos como silenciosos. El embrión/feto en el seno materno es el inocente por antonomasia, y una sociedad que no es capaz de defenderlo hasta sus últimas consecuencias ha caído hasta lo más profundo de su degradación moral, como nos recordaba don Julián Marías, quien ha afirmado, también, que la aceptación social del aborto es, sin excepción, lo más grave que ha acontecido en el siglo XX. Nuestra obligación como seres humanos es defender a nuestra especie. ¿Qué será de nosotros, de nuestros hijos, de las generaciones futuras, si no somos capaces de defendernos de nosotros mismos y de hacer del seno materno el lugar más seguro para la vida humana?





























