Soy Guillermo Ulibarrie, en noviembre pasado mi padre falleció a los 102 años, la funeraria lo llevó al cementerio para su cremación. Me prometieron que en tres días me llamaban para entregarme la urna con sus cenizas. Pasaron tres semanas y comencé a llamar a la funeraria, y me respondían que no había novedades. Pasó un mes e hice la denuncia, fue publicado en todos los medios y ahí descubrí que sus restos habían desaparecido para siempre. Me llamaban constantemente para pedirme que levantara la denuncia porque estaban todos implicados. Comencé a sentirme mal y enfermé de estrés postraumático y fibrilación paroxística. Ahora los doctores me dieron el alta y la empresa no la acepta y no me permiten trabajar (con la complicidad de la IRT y de la encargada de recursos humanos). A partir de este mes no cobraré el sueldo y no podré cumplir con mis obligaciones, quedaré sin obra social y no podré comprar mis medicamentos. La intendenta sonríe para las fotos y yo estoy sumido en la desesperación.



























