La victoria electoral de Javier Milei abre las puertas a un programa económico conocido, aunque de instrumentación y resolución todavía incierta.

Por Alvaro Torriglia
La motosierra. Un ícono de la campaña del ahora presidente electo Javier Milei.
La victoria electoral de Javier Milei abre las puertas a un programa económico conocido, aunque de instrumentación y resolución todavía incierta.
Devaluación, liberación de precios y tarifas, recorte del gasto público y servicios estatales, reducción de empleo público, privatizaciones, reforma previsional, desmantelamiento del sistema de protección de derechos laborales, apertura importadora, desregulación cambiaria y financiera y depreciación de los salarios constituyen el núcleo duro de políticas que subyacen al galimatías dentro del cual escondió su propuesta original, entre la primera y la segunda vuelta electoral.
El avance sobre el régimen de coparticipación, la limitación de transferencias a las provincias, el fin de la obra pública y una estrategia de inserción en la economía global sujeta a las preferencias ideológicas también integran el combo.
Su caballito de batalla, la dolarización de la economía, entró en una neblina durante el último tramo de la campaña. Pero aun cuando esa consigna vaya al arcón de las jugarretas electorales, como una reedición inversa de las promesas de salariazo y revolución productiva en la elección de 1989, lo que parece claro es que esta vez no habrá giro de 180 grados.
La línea que une los regímenes de 1976, los noventa y 2016, y sus respectivas crisis, será el faro de la política económica del nuevo gobierno, más allá de los distintos ensayos que demanden su implementación.
El pacto de Acassuso, por el cual el presidente electo consiguió el respaldo del tercio político derrotado en la primera vuelta, incluye este programa. Más allá de las preguntas sobre la estabilidad interna de la alianza gobernante, la emergencia de Mauricio Macri como jefe político del nuevo espacio lo pone en competencia para jugar su “segundo tiempo”. Según sus propias palabras: hacer lo que hizo durante su gobierno, pero más rápido y más profundo. Los resultados de esa gestión son conocidos y sus consecuencias siguen frescas.
Cada cual con sus razones, el electorado votó un programa político muy explícito en la idea de que hay demasiada gente protegida por demasiados derechos, que deben ser desmantelados y trocados por oportunidades de negocios. El sueño de volver al país de fines del siglo XIX exige “descomplejizar” la economía actual, con métodos que se verán con el correr de los días. La representación sindical, el entramado industrial que Milei considera prebendario, el sistema de protección laboral y social, el mismo sistema de ciencia y tecnología, integran su listado de obstáculos a remover.
Si bien esta misma complejidad le va a plantear un desafío de acción, también es cierto que el resultado electoral informa de un agrietamiento de los consensos que, con mayor o menor énfasis, se sostuvieron en torno de temas fundamentales durante las últimas décadas.
En esta dirección, el Milei que ganó las Paso había barajado nombres y programas, todos muy duros y extremos. Levantó sin tapujos la herencia del menemismo y se rodeó de algunos cuadros técnicos que tuvieron protagonismo en aquella época. Incluso adelantó el nombramiento del propulsor de la dolarización, Emilio Ocampo, para ocupar el sillón de presidente del Banco Central, con la única intención de cerrarlo.
El Milei que salió segundo en la primera vuelta electoral y se abrazó horas después con Mauricio Macri, remixó esas ideas y nombres en el ensamble con el ex presidente, quien, según trascendió, le exigió cargos claves y áreas específicas, como las que tienen que ver con el negocio de Vaca Muerta y el transporte.
La victoria tiene más de un padre, y de la relación entre ellos saldrán los nombres del gabinete y la forma definitiva del plan económico, siempre dentro de un rumbo sin sorpresas.
En lo inmediato, la tentación podría ser adelantar el “crac fundacional” que exige la unificación cambiaria o la lisa y llana dolarización sin dólares. Sergio Massa lo advirtió en su discurso en el bunker de Chacarita: “Desde mañana, la tarea de dar certezas y transmitir garantías sobre el funcionamiento político, social y económico de Argentina es responsabilidad del presidente electo”, dijo al tiempo que convocó a trabajar inmediatamente en la transición.
No son temores vacíos. Patricia Bullrich se refirió a la conveniencia de que “explote” la economía durante la actual administración. Y el propio presidente electo puso en acto esa vocación cuando, poco antes de los comicios generales de primera vuelta, invitó a retirar los depósitos a plazo fijo en pesos y alentó la suba del dólar blue para facilitar el cambio de moneda. En breve se sabrá si fue apenas una chicana o un trailer de la película que viene.