La fortaleza es un concepto ambiguo. Refiere a una expresión de fuerza pero también a un espacio de defensa o resistencia. Ese término fue el que eligió Luis Campos para nombrar a su tesis de doctorado y, finalmente, al libro que acaba de publicar y en el que analiza la historia de los sindicatos, el Estado y las relaciones de fuerza en la Argentina entre 1945 y 2001. El investigador y coordinador del Observatorio de Derecho Social de la CTA Autónoma explora en su obra los límites y las posibilidades del sindicalismo argentino, una estructura “muy potente en el contexto global” y atravesada por una densa capilaridad que involucra fuertes tensiones internas. “La estructura sindical tiene algo de fortaleza inexpugnable, en muchos casos se han resistido avances de los empleadores y gobiernos de turno pero al mismo tiempo es un lugar para defenderse y no para atacar”, señaló.
Efectivamente el título juega un poco con esa doble intención, porque uno de los ejes centrales es tratar de identificar cuáles fueron las razones que explican que los sindicatos en Argentina hayan tenido mucha fuerza en algun período histórico, y en otros se hayan enfrentado a mayores obstáculos para llevar adelante la acción gremial. El libro trabaja eso, mirando dos etapas que tuvieron comportamientos muy distintos: desde mediados de los 40 hasta mediados de los 70, y desde allí hasta el 2001. Uno de los ejes es cómo se fue conformando el mapa o la estructura sindical, que tiene algo de fortaleza inexpugnable. Pero, por otro lado, una fortaleza es un lugar para defenderse, no para atacar. El libro trabaja acerca de los límites y juega con esa idea que tiene la fortaleza sindical como un lugar para pensar un cambio que vaya más allá de las relaciones sociales de producción vigentes.
El sindicalismo de nuestro país es conocido a nivel global por ser muy potente, incluso en contextos de mucha debilidad como el que venimos atravesando. Es un movimiento sindical que tiene una historia muy larga. El libro trabaja la segunda mitad del siglo XX pero el sindicalismo de Argentina no arrancó en 1945, sino que viene de muchísimos años antes. Y la historia no termina en 2001, obviamente. Fue originalmente mi tesis de doctorado hace más de diez años y cuando decidimos la publicación nos parecía que era importante al menos agregar un capítulo final con algunas reflexiones sobre qué pasó en las primeras dos décadas de este siglo. Hay algo de particularidad de nuestro país. No quiere decir que sea el único sindicalismo fuerte en la región. El uruguayo es muy importante. El brasilero, con sus diferencias, ha tenido una potencia muchísimo más fuerte en el plano político electoral y la emergencia de Lula es una muestra de ello, aunque no necesariamente es igual en la disputa de los lugares de trabajo. El argentino tiene una historia muy fuerte de presencia a través de delegados, comisiones internas. Ese es un dato distintivo en la región, aunque en Europa sí vamos a encontrar ejemplos de ese tipo. Hay organizaciones muy potentes en el Hemisferio Occidental y el sindicalismo argentino está dentro de esos movimientos.
¿Qué características tienen cada una de estas dos etapas? ¿Siempre tienen vinculación con el modelo económico vigente en cada momento?
Absolutamente. Y de hecho estas dos etapas el libro las trata en espejo. En un contexto como el del 45 al 75, el eje del movimiento económico está dado por el crecimiento de la producción industrial, los grandes establecimientos, el desarrollo de grandes obras de infraestructura tanto públicas como privadas, la consolidación de grandes empresas de servicios públicos. Todo esto va a generar condiciones objetivas favorables para la acción sindical. No es lo mismo para un sindicato tener, por ejemplo, mil afiliados repartidos en 200 pequeños establecimientos de 5 trabajadores cada uno, que tener 1.000 afiliados en dos establecimientos de 500 trabajadores. Es más difícil organizar trabajadores/as que están dispersos en pequeños establecimientos que todos juntos en uno o dos. Esto se modifica radicalmente a partir de mediados de los 70, donde los grandes establecimientos van perdiendo peso relativo y absoluto. Una segunda dimensión que también trabajo bastante en el libro es la participación de los sindicatos como representantes de los intereses políticos de los trabajadores y trabajadoras. Paradójicamente la proscripción del peronismo entre mediados de los 50 y principios de los 70, fortaleció a los sindicatos en el plano político. Porque como el peronismo no podía participar en la política electoral, cuando había alguna apertura rápidamente los sindicatos se transformaban en un partido. Muchos candidatos, los recursos para participar en las campañas, los militantes que hacían pintadas o volanteadas, provenían de las organizaciones sindicales. También el retorno de Perón a la Argentina se basa en gran medida en movilizaciones y en la estructura que el sindicalismo venía sosteniendo. Eso también le permitió a las organizaciones sindicales, incluso en algunos contextos donde la economía no funcionaba tan bien, tener una participación en la representación de los intereses políticos de los trabajadores. A partir del 76, y fundamentalmente con al retorno de la democracia esto va a modificarse porque el peronismo como tal pasa de ser un partido de base sindical a uno de base territorial. Los funcionarios del PJ van a dejar de estar tan atados a los recursos sindicales y tendrán otras fuentes de recursos para hacer política, fundamentalmente provenientes de su participación como administradores del Estado: presidentes, gobernadores, intendentes. Este retroceso de los sindicatos en la participación política electoral también va a ser en espejo, un retroceso respecto de lo que había sido la etapa anterior. Y la última gran dimensión que trabajo en el libro es cómo se fue consolidando y modificando la estructura sindical a lo largo del tiempo.
¿Cómo fue?
En nuestro país la estructura sindical no se explica sólo por los diez o quince dirigentes que todos podemos mencionar, sino que combina niveles muy centralizados de organización, sindicatos nacionales por rama de actividad, con niveles descentralizados como sindicatos provinciales, locales, seccionales, representaciones en los lugares de trabajo, de manera prácticamente capilar. Toda esa estructura es muy potente, pero a la vez con muchas tensiones internas. No funciona pacíficamente, todo lo contrario. A mediados de los 70 hay un punto de inflexión a partir de la política sindical de la última dictadura militar. Siempre digo que (Jorge) Videla aprendió de (Pedro) Aramburu. La dictadura que derrocó a Perón en el 55 descabezó las cúpulas sindicales y el efecto que tuvo durante ese período fue que el conflicto perdió toda interlocución. Había conflictos generalizados en los lugares de trabajo que llevaban adelante las comisiones internas y el gobierno militar de entonces no tenía con quién administrar la conflictividad política y sindical. Videla hizo algo completamente distinto. Se mantuvieron las conducciones nacionales _ de hecho muchos dirigentes que habían sido secretarios generales hasta el 76 volvieron a serlo después del 83 pese a haber estado presos_ pero se modificó la organización en la base. La represión generalizada pero al mismo tiempo quirúrgica de la dictadura se hizo carne en la desaparición forzada, el asesinato, la persecución de decenas de miles de delegados, integrantes de comisiones internas, activistas en los lugares de trabajo. Entonces, tenemos una estructura sindical que sigue teniendo el mismo formato que la anterior, pero con un cambio muy fuerte en los equilibrios internos. Direcciones nacionales fortalecidas en la interna sindical, que no tiene esas bases que las molesten o condicionen, pero que al mismo tiempo se debilitan frente a los empleadores, porque no hay presencia en la base. Este movimiento que puede parecer contradictorio, es un poco una explicación de por qué entre el 76 y el 2001 hubo mayor debilidad y obstáculos para llevar adelante la acción sindical. Los cambios de la estructura productiva, en la participación política de los sindicatos y en la organización interna, hacen que en una etapa (45-75) haya habido auge y en otra más de repliegue o resistencia, a partir de 1976. La hipótesis es que en las últimas dos décadas hubo una reversión de ese retroceso que se dio entre 76 y 2001, pero parcial. Es más activa la participación en comparación a los 80 o 90, plantea ofensivas y nuevas conquistas, pero está lejos de poder llegar a hacer el tipo de planteos o reclamos que había hecho en etapa de oro, del 45 al 75.
luis-campos-libro-lafortaleza.jpg
Mencionás que no necesariamente los condicionantes objetivos hacen que actúen de la misma manera. Y citaste en alguna oportunidad, el caso del gremio de los aceiteros ¿Cómo operan en el presente?
Los condicionantes objetivos en el libro son dos capítulos. Uno para cada etapa histórica. En la primera etapa hay un desarrollo de cómo se fue centralizando y concentrando la producción industrial y cómo esto fue liderado por los grandes establecimientos. Los sindicatos dominantes o hegemónicos son industriales o conexos como metalúrgicos, textiles, químicos, automotriz o Luz y Fuerza. En la segunda etapa, no es casual que las organizaciones sindicales que empiezan a tener una voz cantante más importante sean las de servicios (comercio, sanidad, gastronómicos) y trabajadoras y trabajadores del sector público, como docentes, estatales. Incluso en los 90 aparece como novedad, pero luego quedará como dato distintivo y estructural del mercado de fuerza de trabajo en este país, el sindicalismo de trabajadores y trabajadoras desocupados. Lo que ahora se llama de la economía popular. Si bien no son organizaciones sindicales tradicionales, sí lo es la forma que asumen. De hecho algunas forman parte de centrales. Hay un diálogo interesante entre organizaciones de trabajadores desocupados, de la economía popular, territoriales, con las centrales sindicales y esto se desprende de estos condicionantes objetivos. En un contexto en el que el mercado de fuerza de trabajo era un mercado formal, de pleno empleo (45/75) el condicionante objetivo favorece la acción sindical. En otro en el que el mercado de fuerza de trabajo se va fragmentando, la desocupación crece y se instala en niveles que históricamente eran desconocidos en el país, como en los 90, hay un condicionante objetivo que explica por qué crece la participación de los sindicatos de las ramas del sector público. Y en este último período de 20 años tenemos un fuerte crecimiento del empleo formal en el sector privado en la primera década del siglo, de casi 80%, que vino acompañado de una recuperación de herramientas de la etapa clásica como la negociación colectiva, salarial, los conflictos en los lugares de trabajo, y el crecimiento de las comisiones internas. No quiere decir que si crece el empleo formal crece el sindicalismo. No es mecánico. Las personas intervienen en estos procesos. Un ejemplo en clave histórica fue en los 60 o 70 en el sector de Luz y Fuerza. Esa época dio origen a dos dirigentes importantísimos que tenían posiciones radicalmente opuestas, como (Juan José) Taccone, que era una figura del participacionismo, apoyaba al gobierno de Onganía, y (Agustín) Tosco, que estaba enfrente. Las condiciones objetivas en estos 20 años se modificaron parcialmente, creció fuerte el empleo formal, tanto público como privado, pero siguió consolidándose una parte muy importante de la fuerza laboral más ligada a formas precarias de inserción en la estructura ocupacional, como el trabajo por cuenta propia, el trabajo asalariado no registrado. Y esto tuvo mucho más peso en la segunda década de este siglo, en los últimos diez años. No es casual que en estos últimos años estemos volviendo a ver la experiencia organizativa de trabajadores desocupados, de la economía popular.
Por estas características, ¿Hay un desafío en representar a los sectores informales del sector de plataformas, que en muchos casos es empleo precario, con bajos pero también altos ingresos, según el rubro?
El libro tiene por objetivo fortalecer esos debates o aportar elementos. Hay dos desafíos muy claros para adelante. El primero tiene que ver en cómo se hace sindicalismo en el mercado de fuerza de trabajo, que está más fragmentando en comparación con el momento histórico en el cual el sindicalismo se institucionalizó. Esta idea de que el empleo no registrado, el cuentapropismo, eran una excepcionalidad histórica de los 90 y en algún momento íbamos a volver al viejo modelo de pleno empleo formal, claramente está descartada. Esto es un componente estructural de la forma en la cual organizamos socialmente el trabajo en nuestro país. Hay que ver cómo se hace sindicalismo en ese contexto porque en algunos casos esto puede llevar a plantear demandas que aparecen como contradictorias. En el libro pongo un ejemplo de los últimos años, cuando desde las organizaciones sindicales planteábamos la eliminación del impuesto a las ganancias para los trabajadores y al mismo tiempo, peleábamos por la creación del salario social complementario. Por un lado le pedíamos al Estado que recaude menos y por otro que gaste más. Si esto no viene acompañado de un planteo político económico más integral que ponga en el centro de la discusión el financiamiento del Estado se corre el riesgo es caer en reclamos que pueden ser contradictorios. Y el segundo desafío, más de fondo, tiene que ver con que históricamente la parte hegemónica del movimiento sindical no tuvo aspiraciones revolucionarias. Este sector mayoritario fue estableciendo alianzas con una fracción de la burguesía del pequeño capital local, con las pymes. Y esa alianza, que políticamente se expresaba en el peronismo y que fue muy potente hasta mediados de los 70, a partir del retorno de la democracia, desde mi perspectiva, tiene virtualidad sólo en el plano defensivo para el movimiento sindical y los trabajadores. Puede funcionar para defender conquistas pero no funciona, como ocurría entre los 40 y los 70, para mejorar la situación de los trabajadores en tanto vendedores de fuerza de trabajo o asalariados. Ahí hay una pregunta y es ¿qué se hace con esa alianza? ¿se sigue sosteniendo a los fines de garantizar no perder más, aunque la nueva normalidad sea en un estrato inferior al que teníamos hace unos años? o ¿se plantea una alternativa que supere los límites de esa alianza? Es una pregunta abierta. El libro aporta el recorrido histórico hasta 2019 y será en todo caso tarea de los trabajadores discutir cuáles podrían ser las nuevas vías, objetivos, caminos.