Economía

"Esta crisis viene de la voluntad política de transformar el régimen económico"

Alexandre Roig, es un sociólogo francés nacionalizado argentino. Secretario Académico Universidad de San Martín (UNSAM) Doctor en Sociología Económica de la Escuela de Altos Estudios de Paris.

Lunes 11 de Febrero de 2019

Alexandre Roig es una curiosidad argentina. Nacido en Montpellier, Francia, llegó al país en 2001, donde se terminó estableciendo, interesado por los ciclos económicos que producen crisis de violento impacto y sus salidas políticas. A los 43 años es secretario académico de la Universidad Nacional de San Martín (Unsam). Este sociólogo nacionalizado argentino entiende que la actual crisis, más que padecida, fue generada desde el gobierno para orientar la economía hacia un régimen de renta financiera. Postula que la fragilidad de la democracia representativa tiene tres dimensiones destacadas. Una material, que es la de la no realizar sus promesas para las mayorías. Otra relacionada con la debilidad de las reglas institucionales y una tercera que es la devaluación del pensamiento crítico, lo que no permite tener actores confiables que den cuenta de los auténticos problemas de la sociedad.


—Afirmás que hay crisis cíclicas y crisis generadas. ¿A qué te referís?

—Hablar de crisis cíclicas en general remite a la dinámica de la economía capitalista. En el caso de la actual crisis yo no hablaría de un declive propio de ese devenir cíclico, como la que sufrimos en 2001, sino de algo generado por la voluntad de un gobierno de cambiar el régimen económico. No estamos hoy frente a una crisis que produce una transformación del régimen económico, sino ante la voluntad de transformar el régimen económico poniéndolo en crisis. La salida que se produce en los 90, durante el menemismo, con la política de privatizaciones y la convertibilidad, esa fue una transformación que vino después de la crisis de hiperinflación. En los años del kirchnerismo las transformaciones vinieron después de la crisis del 2001. El gobierno de Cambiemos llega sin una crisis. Lo que hace es generar la crisis para poder cambiar el régimen.

—La pregunta entonces sería hacia qué régimen vamos.

—Bueno, una cosa es la voluntad de un gobierno de ir hacia algún régimen, otra es lo que ocurre históricamente. La voluntad de este gobierno es inscribir a la Argentina en una economía orientada hacia los servicios, con salarios bajos, precariedad laboral y la acumulación orientada a un modelo de renta financiera. Esa voluntad política suele hacer abstracción de los actores reales de la economía. Pero hay sindicatos, hay actores organizados, hay una cultura económica que hace que en Argentina, guste o no, sea muy difícil establecer un modelo de renta.

—Se dice críticamente que los economistas del establishment no suelen responden a fórmulas de la ciencia económica sino a la conveniencia de los sectores que los sostienen.

—Hoy en día el problema no es los economistas en el poder, sino la concepción de mucha gente que naturaliza como normal vivir en una economía de mercado de tipo neoliberal. Eso no lo necesitan reafirmar los economistas porque está instalado en el sentido común. De todos los modelos el de economía rentística es el de menos base real. Nunca va a concretar sus promesas. En medio el problema es que se destruye la economía, se destruye empleo y se destruye vida. El problema de este tipo de gobiernos es que no pueden producir sentido.

—En Santa Fe sufre la economía de las pymes, lo que afecta el trabajo, algo que se atribuye es efecto de la política nacional. ¿Es factible recuperar a esos sectores?

—La economía finalmente consiste en ver cuáles son las reglas que adoptamos para valorar tal o cual camino. Si vos colocas al 70 por ciento a la tasa de interés vas a valorar la actividad financiera. Si buscas impulsar la actividad productiva con una tasa razonable seguramente vas a mejorar el rendimiento en ese sector. Cuando se decide valorar las finanzas se toma una decisión política para favorecer a un sector. Si se decide valorar la producción se va a volver a estructurar tejido económico. Obviamente que no es automático ni natural, implica políticas activas, decisión y acompañamiento. La inteligencia de una política económica es tomar la sociedad tal cual es en un momento dado y generar un tejido económico productivo acorde con esa realidad. Por ejemplo tomar en cuenta a todos los sectores de la económica popular que no se van a incorporar al tejido industrial pero son portadores de nuevas formas de trabajo, como obreros organizados sin patrones, o de nuevos tipos de empleos no reconocidos, como el cuidado de ancianos y el trabajo ecológico de los recicladores. Por esto es importante abrir el imaginario a nuevas formas de trabajo para restaurar la productividad.

—¿Por qué decís que cualquier gobierno neoliberal tiene el problema de no poder producir sentido?

—En el análisis político nos hemos volcado tanto a pensar que la política es un problema de comunicación y de lenguaje que damos por hecho que la gestión del futuro es nada más que una gestión en el plano del discurso. Si eso pasa la política deja de ser creíble. La creencia se funda en la materialidad, es decir, en cómo le va a la gente. La propuesta discursiva del capitalismo industrial, el progreso, era creíble porque el discurso se correspondía con una materialidad. Esa idea de progreso es creíble porque tenés un régimen material que lo hace creíble: posibilidad de desarrollo industrial, creación de organizaciones colectivas o pymes, crecimiento de salarios para trabajadores movilizados desde sindicatos. Con eso estás diciendo a los trabajadores que mañana podrán estar mejor que hoy. El discurso neoliberal no tiene una correlación entre un imaginario y un régimen material. Uno está a la espera de que el bienestar económico llegue en base a las leyes de mercado, a la liberalización, a la ganancia financiera. Cuando la esperanza ya no puede sostenerse en una creencia abstracta la alternativa que tienen los gobiernos neoliberales es orientar la subjetividad hacia el odio. Terminan usando el odio hacia otros y la inseguridad como una forma de producción de sentido.

—¿Crees que eso se está viendo?

—Es bastante transparente que es así. El auge de la propia figura de Patricia Bullrich y sus discursos en el campo político es un indicador claro. Lo complicado es que eso tiene cierta eficacia, funciona porque apela a lo peor de la población, y tiene éxito en depositar en un "otro" las causas de su malestar. En Argentina efectivamente la construcción política y mediática del enemigo interno es una idea que viene de los años 60 y que se vulgariza con los gobiernos militares que hubo en toda América Latina. Es la idea de alguien escondido, que está dentro de la sociedad, que permite la activación de fantasmas sobre una amenaza potencial en un país donde, seamos serios, no hay ninguna amenaza que active un discurso contra la inseguridad como el que estamos viviendo ahora. No resiste un análisis político sociológico mínimo. Ni la cuestión mapuche, ni la cuestión migratoria, ni la inseguridad urbana.

—Hay sorpresa cuando políticos con discursos antisistema ganan elecciones como Bolsonaro o Salvini. ¿No será que el problema de la democracia liberal es el desencanto por la política que promete lo que no cumple?

—Claramente la confianza en la representación va menguando a medida que la sociedad detecte que hay mentira en la política. El problema es que frente a eso hay varias respuestas. Una respuesta por derecha es un ataque a los órganos de representación como los partidos que son elemento central de la democracia liberal. Lo más problemático es una suerte de remoralización de la política. Esto es pensar que como la política miente la solución es encontrar políticos que no sean mentirosos. Creo que la reacción frente a esta crisis, que es real, no debería ser remoralizar la política, sino transformar las instituciones de la política.

—¿En qué sentido?

—La confianza en la representación no pasa porque haya hombres y mujeres que sean moralmente probos sino porque la gente crea en las instituciones. Esa creencia es práctica cuando vamos a poder convencer de que hay reglas que permitan garantizar que no haya corrupción en la política. La confianza en la política no tiene que ver con buscar personas mejores sino instituciones mejores. Tenemos por ejemplo en Argentina un problema de financiamiento de la política. Si para resolver esto enfocamos el debate público sobre la moralidad de los candidatos vamos a fracasar siempre. El problema no es este, sino que las instituciones con sus reglas y controles funcionen bien.

—¿Pero no es la frustración por las promesas no cumplidas, no solo la debilidad de las reglas, lo que genera una democracia cuestionada?

—Es cierto. Por eso frente a una realidad social compleja es importante determinar qué actores confiables pueden tener palabra autorizada para definir el estado de la sociedad. Una parte del problema de la democracia tiene que ver con la crisis de los medios de comunicación, que no son creíbles, y del pensamiento crítico, que también está en cuestión. Si los que producen la crítica no son creíbles para la sociedad, ¿cómo podemos interpretar, por ejemplo, el estado de situación de la economía argentina? Hay encuestas que demuestran que la población piensa que los problemas de la economía vienen de la herencia del kirchnerismo, cuando hay sobrados argumentos de que mucho de la situación actual deriva de medidas de este gobierno. Por tanto se trata de saber cuáles son las palabras que están legitimadas para elaborar un discurso objetivamente crítico de la realidad social. La democracia entonces necesita, además de instituciones fuertes, un pensamiento crítico y creíble. Eso es el periodismo y la academia. Hoy vemos que los gobiernos neoliberales atacan las usinas de pensamiento crítico como las universidades y los centros de investigación. Atacar esos espacios de producción de saber es también atacar las bases de la democracia liberal contemporánea.


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