En 1798, Thomas Malthus publicó su inquietante “Ensayo sobre el principio de la población”, en el que auguraba un futuro sombrío por el desfasaje entre el ritmo del crecimiento poblacional y el de la producción de alimentos. Su construcción teórica y sus predicciones sobre la consecuencias de esta brecha contribuyeron en mucho a que entre la intelectualidad de la época se estigmatizara a la incipiente disciplina económica como “la ciencia lúgubre”.
Por estos días, economistas, banqueros, funcionarios e idóneos de la economía nacional e internacional parecen empecinados en transmutar el tono gris de la vieja disciplina, a fuerza de una hiperactividad extracurricular que, en el más alegre de los casos, llena páginas de las revistas del corazón y, en el más lamentable de los extremos, encabeza las secciones de sucesos policiales.
Sin banalizar un episodio que implica un delito gravísimo, es inevitable ver una triste metáfora en la acusación de acoso sexual que involucra al ahora ex director gerente del FMI, un organismo constituido sobre la base de la humillación y el sometimiento histórico de la población de una enorme cantidad de países incapaces de equilibrar derechos, incluso del de pernada, con semejantes instituciones. Su salida esposada del avión de Air France es, en ese sentido, como una suerte de tribunal Russell posmoderno.
Menos áspera es la troupe de economistas, ex ministros y ex banqueros centrales locales cuyos nombres desfilan por los programas de la tarde como testigos de las pasiones del momento. Puede pretender una cuota de vida alegre en la ciencia lúgubre o el indicio funesto de la teleología trágica que caracteriza a los pronósticos económicos. ¿Qué secreto esconde la ordalía hormonal de tanto gurú y funcionario financiero? ¿Simple deschancletamiento o acción consecuente con la convicción, como en el cuento de García Márquez, de que “algo va a pasar en este pueblo”? Dicho de otro modo: la rabiosa consumación del deseo a la que están lanzados los economistas, ¿responde al secreto, “el dato”, sólo conocido por ellos, de que se está por acabar el mundo?
En términos generales, que el mundo marcha hacia su destrucción no es una hipótesis aventurada. Lo dijeron los mayas, Nostradamus, Elisa Carrió y los gurúes de la city en 2002. En el cortísimo plazo, esa posibilidad podría referir a los efectos de la economía internacional que, lejos de despejarse, sigue amenazada por los fantasmas de la crisis financiera global desatada en 2008.
La escalada comercial entre Argentina y Brasil no escapa a este esquema. La guerra proteccionista es consecuencia lógica del reacomodamiento mundial de la crisis. Es la fase superior de la batalla de las devaluaciones y la respuesta lógica a un cambio de paradigma que involucra desde los cambios de poder mundial hasta el drama del desempleo, movimientos masivos de protesta como los de Africa y Europa, las burbujas de los commodities y el sector tecnológico, la zozobra del euro, y las tentaciones nietzscheanas de resolución de estos dramas, con el fascismo acechando para proponer una vuelta tramposa y sangrienta a supuestos paraísos perdidos.
En este mundo de conflictos, la economía argentina parece escapar a las predicciones sombrías. Si no fuera por la inflación, la persistencia de una desigual distribución del ingreso, la dificultad de acceso a la vivienda y una vocación pequeño-burguesa de dolarizar carteras en época preelectoral, las variables macro hablarían de un mundo feliz. La dureza de la discusión entre capital, gobierno y trabajo, para cerrar las paritarias es, de algún modo, un subproducto del crecimiento. Pero aun admitiendo este hecho, la realidad es que el modelo económico está operando en los techos, lo que jubila el juego alegre del todos ganan para abrir una pelea intersectorial más dura por la distribución. Lo dijo el presidente de la UIA, José Ignacio De Mendiguren, esta semana: “Volvemos al punto de partida, después de haber licuado los salarios”. En esta cornisa, se juega la profundización o restauración del modelo.
De momento, el boom económico llueve sobre los que reciben las millonarias inversiones derivadas de una campaña política intensiva en capital y retractiva en debates. Rica en la promoción de caras de candidatos de partidos tradicionales y, como contrapartida, en la oclusión de buenos candidatos que no tienen plata para comprar lugar en los medios. Bajo estas condiciones, los comicios primarios inician el calendario electoral en la provincia. Es hora de votar, antes de que acabe el mundo.