Javier Milei será el primer economista profesional en ejercer la presidencia de la Nación. Y su trayectoria política está íntimamente vinculada a su intenso rol de panelista mediático, con orientación al análisis económico. Esta entronización institucional, consagrada por la voluntad electoral, pone en un nuevo pico a una profesión que, ejercida desde determinado paradigma ideológico, forma parte de los dispositivos más profundos del poder.
¿Esto siempre ha sido así? En su libro “Cuando los economistas alcanzaron el poder”, la socióloga Mariana Heredia investiga la construcción histórica de esta suerte de casta que opone la economía como “un orden natural, predeterminado y determinante”, a una sociedad y una política que, por oposición, son “ajenas y nefastas” para el equilibrio de ese orden.
La socióloga estudió principalmente el rol de los economistas en la convertibilidad, una década que el nuevo presidente propone revisitar y que fue caracterizada por el poder casi religioso que adquirieron estos profesionales. En el “nuevo orden político” de los 90, el debate público fue monopolizado por el economista “vinculado al «mainstream», a esa confianza casi irreflexiva en las virtudes de los mercados desregulados”, subrayó.
Golpeada por dos experiencias hiperinflacionarias, la agenda política quedó subsumida a este actor social y a “los relatos legitimantes emanados de su disciplina”. Los economistas, enfatiza Heredia, “son fuertes cuando la autoridad política es débil”.
Concebido en 2002, cuando “este orden que los economistas habían contribuido a concebir se desmoronaba”, el libro de Heredia estudia cómo se gestó la confianza en estos expertos, y el apogeo y la crisis de esta “utopía tecnocrática”.
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Domingo Cavallo, ministro de Economía de Carlos Menem.
En 2015, con motivo de la publicación del libro, la socióloga explicó durante una entrevista con La Capital cómo los cambios en la estructura política y económica, y en particular la aparición de la inflación como fenómeno persistente, aportaron para que este colectivo monopolizara el análisis de la realidad social desde los 70.
“Nuestros abuelos, cuando escuchaban la radio, difícilmente se toparan con la opinión de los economistas en las décadas de los 40, 50 ó 60, es un fenómeno que se va a ir afirmando después, en el mundo en general y en Argentina de forma muy sobresaliente”, recordó.
En cada uno de los países, la crisis que despertó este llamado a la intervención pública fue distinta. En Europa fue la recesión económica, en Rusia fue el desmoronamiento del régimen soviético y en el Cono Sur, la persistencia de la inflación en el tiempo y su agravamiento. “Frente a la perplejidad de los políticos y de los dirigentes sindicales y empresariales, se empiezan a buscar nuevos tratamientos e interpretaciones. Ahí es donde los economistas van a ir ganando más lugar en la elaboración de diagnósticos y en la toma de decisiones”, indicó.
En Argentina, la convertibilidad de Cavallo llevó a esto expertos al cenit. Hasta diciembre de 2001, la concentración de decisiones en el equipo económico tuvo como contrapartida el vaciamiento del espacio público. Pero esa fe tuvo sus consecuencias. Por ejemplo, la autocensura. “En los finales de la convertibilidad, cuando una gran cantidad de economistas consideraban que el tipo de cambio fijo no se iba a poder sostener, lo callaban porque temían que hubiera una corrida cambiaria”.
De hecho, recuerda, en la campaña electoral del 99, “sólo tenían derecho a opinar los expertos en economía y los grandes empresarios”. Y para ellos el balance de la década era virtuoso. “Dos años después todo se caía a pedazos”.
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Año 2001, ex ministros de Economía reunidos en el BCRA. Roberto Alemán, Ricardo López Murphy, Domingo Cavallo, Roque Fernández y José Machinea.
Foto: Leo La Valle / DYN (Archivo LC)
¿Por qué falló? “Desde el discurso de muchos economistas siempre las fallas se atribuyen a la implementación, a las inconsistencias de quienes los acompañan en el gobierno y a que no se adoptan con la profundidad necesaria ciertas reformas”, señala la socióloga. En esta oposición entre política y técnica, Heredia apunta a un componente importante: suponer que desde el conocimiento se puede gobernar sin tener que tomar decisiones morales. “En economía, las decisiones suponen que hay quienes se benefician más y otros que se benefician menos, cuando se privilegian ciertos objetivos, se va en detrimento de otros”, subrayó.
En aquel 2015, la inflación volvía a dominar la agenda de preocupaciones. Y con ello, tal como lo señaló en aquella entrevista, los economistas volvían por sus fueros. Dicho y hecho.
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