Domingo 22 de Diciembre de 2019

No tener más ventanas para mirarte.

Juan R. Wilcock

Son dos ventanas enfrentadas. Dos vecinos, calle al medio, separados por el catastro, el 133, el clavel del aire o la película de Truffaut. Y se miran de rabillo, casi perfil. La vio que lo vio. ¿Me vio…? Popa y escondida, tren fantasma: el amor es la infancia.

El primer eclipse fue una mirada de aburrimiento, el azar, la curiosidad, la cuestión del clima, el par de piernas de ella, la panza de él o el golpe que hace el viento en las persianas de ella: ¿lloverá por fin…? Él hace un leve movimiento de cabeza, una especie de hola que no termina de salir al fonema y… pienso, luego, dijo René: ¿Descartes? René, René… Van der Kerkhof, Houseman, Pontoni… la rana René, pica pica, picapica parece gritar él, pero ella le cierra los volados de tul blanco de su ventana como si viniera un granizo de Jinete del Apocalipsis. Él se rasca en el elástico del pijama donde le aprieta la panza y dice: ¡Má sí, que te parta un rayo!

Otro día se hace un suspiro, una conjetura que memoriza algún detalle.

Él piensa que parece medio bruta, mucho animal print pero nunca la vi con un libro. Y ella, como si le contestara, piensa: debe ser un pobre tipo, ni siquiera tiene auto. Lucía… piensa él, tiene pinta de Lucía.

—Debe llamarse Bodo, piensa ella, como Bodo Illgner, el arquero alemán: Bodoque, debería dejar los postres.

—¿A quién le dice? Acaso sea una Penélope cornuda, pero no… parece Lucía o le parece porque justo está escuchando el disco: “…no hay nada más bello que lo que nunca he tenido”.

Por fin llega un día cálido y abiertas de par en par las dos ventanas parecen dos bocas en las puntas de un callejón en el aire que invisible cruza como un tren del paraíso. La comezón del séptimo piso. O mejor, los dos salen a las terrazas, cada uno a la suya y por fin pueden verse a cuerpo entero:

—La pucha… sí que es bonita, es más bonita de lo que…

—No está mal el gordo mirón… la verdá que si tuviera auto…

De a poco se construye el túnel imaginario, el espejo imantado que al comienzo siempre refleja el cielo, el lecho de rocío, irresistible como la luna de la distancia, de la espera. Lo soñado, lo prohibido, lo inalcanzable. Los ojos son planetas que hacen eclipses cuando cruzan su fuego en líneas paralelas: el deseo tiene la velocidad de la luz, y entrar sin recaudo, en el alma de otro imposible, puede desintegrarnos. Eso lo dijo el Comandante: Challenger, Columbia, Cupido… pero siempre lo dicen tarde.

El tablero de comandos son los visillos: “me parece que se movió la cortina, de seguro está viendo qué hago…”. Y la hora de los regresos, en plena noche, encender una luz sin que haga falta, sólo para que el otro sepa: “llegué, llegué… y estoy pensando lo mismo”. Un código Morse, un secreto quita el azar, la inocencia, el aburrimiento. Y ya tenemos una historia completa, la del deseo, y sin embargo, todavía me falta entender el lenguaje de la ropa tendida, sábanas, bragas, cojines, poema, cuento, película, te amo, te amo, te amo… no se dice, nunca se dirá para que sea definitivo. No hay que decirlo. Mirar. Avistarse. El otro, el amado, es un horizonte, un secreto, un código Morse: tres flashes son sí, dos flashes son mañana, y toda la noche encendida, es para siempre.

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