Cultura y Libros

"No podés amar algo que no conocés"

Su nombre es Esteban Tolj y es un talentoso dibujante. Quiere entrañablemente a Rosario, y la retrata con minuciosidad y ternura. Lejos de una mirada convencional, su arte juega con los distintos planos de lo real y también explora espacios mínimos, donde siempre revela un sentido trascendente.

Domingo 15 de Abril de 2018

Es curioso cómo los barrios de nuestra ciudad suelen mostrarse en la TV y en medios gráficos y digitales sólo si allí ocurre algún hecho policial, si son escenario de una noticia o centro de una inauguración oficial. Sin embargo, los ciudadanos rosarinos atravesamos diariamente infinidad de rincones cargados de belleza arquitectónica, de valor histórico, de calidez y de magia, que forman parte de nuestra vida aunque no los veamos multiplicarse en las pantallas del televisor o la computadora.
Durante casi dos décadas, Esteban Tolj se dedicó a recrear con dibujos algunos de los tantos sitios de singular encanto que Rosario atesora. Desde recodos de los parques Independencia o Alem hasta el Pasaje Pan, esquinas céntricas, casas del barrio Arroyito o el arroyo Saladillo, fueron cediendo a su destreza para extractar el espíritu de cada lugar con imágenes envueltas en expresivos colores. A esa serie agregó algunas caricaturas relacionadas con singulares motivos de orgullo de una ciudad que, sin haber sido nunca capital de provincia, sí lo ha sido del afilador, la cerrajería, las fábricas de pastas, la tintorería y el helado artesanales. Entre las características de esas obras están las representaciones de los rosarinos, de aspecto diverso y circulando por las calles cargando bolsos y mochilas, con inocultable apuro y generalmente sonrientes.
Aquellos trabajos —que cumplieron la función de ilustrar las tapas de la revista El Vecino— conforman un maravilloso inventario y, aunque hoy pueden rastrearse en la web, merecerían ser rescatados y apreciados de otra manera por rosarinos de distintas edades. Para conocer el origen y la historia de esas ilustraciones hablamos con su creador.
Al principio fue el dibujo
Tolj es rosarino y dibuja desde su infancia: "Todos dibujamos antes de aprender a escribir —dice—, pero no todos continúan". Su familia se sorprendía al ver los trazos que aquel chico desplegaba sobre el papel, estimulado por los dibujos que rodeaban la vida cotidiana en los años 60, en los que El Corto Maltés de Hugo Pratt se confundía en los kioscos con las creaciones de Dante Quinterno y Manuel García Ferré, el humor de Tía Vicenta, las revistas de aventuras como D'Artagnan y el boom de Mafalda.
Cuando finalizó la escuela secundaria, al tiempo que comenzó a ganarse la vida como empleado en un banco o en una oficina, ingresó en la Facultad de Bellas Artes y en la Escuela Provincial de Cine y TV, estudió idiomas e hizo cursos de teatro y fotografía. "No tengo el título de nada, pero ¿cómo te pueden dar, por ejemplo, un título de jugador de fútbol? —se pregunta—. Para mí, si bien para lo artístico es importante la formación, lo son más la pasión y el oficio". Cuando creyó que una agencia de publicidad le depararía la posibilidad de desarrollar su veta creativa, descubrió que allí ni ganaba bien ni aprendía.
Pasaron algunos años hasta que pudo volcar su talento en caricaturas publicadas en algunos medios (como La Capital) y en dibujos animados realizados junto a Pablo Rodríguez Jáuregui o Mariana Wenger. Fue premiado por sus animaciones La trattoría del averno (1997) y El maestro de violín (1999), es autor del gracioso El show de los perrolotuditos (1999), intervino en el film colectivo The planet (2001), participó de homenajes a García Ferré, Oswald y otros maestros. También ilustró libros y fue parte de las tres primeras ediciones de la muestra Crack Crack Boom, a la que le aportó el nombre y el logo.

—¿Cómo fue que comenzaste a publicar tus trabajos en algunos medios porteños?
—De vez en cuando los juntaba, viajaba a Buenos Aires, paraba en la casa de una tía y me iba todos los santos días a la editorial Columba y a donde se publicaban Anteojito, Billiken y otras revistas de la Capital, porque Dios está en todas partes pero atiende en Buenos Aires... eso no cambió nunca. En Fierro no me daban bolilla porque decían que lo mío era muy humorístico. "Nosotros publicamos más aventura", me decía el director de aquel momento, Juan Manuel Lima. Hasta que el dibujante Maicas me pidió que ilustrara una nota y así llegué a hacer algunos trabajos para otras revistas de la editorial La Urraca, como Humor y Sexhumor. También dibujaba chistes que escribía Manuel Aranda. Me acuerdo que cada vez que lo hacía me enviaban religiosamente un cheque a mi casa. Estamos hablando de los años 80 y 90. Pero después fueron cerrando todas esas revistas. Mientras tanto, hacía dibujos animados con dos amigos, Diego Rolle y Becca, ya fallecido. Habíamos llegado a reunir como dos horas de producción. Alguien me dijo que éramos los que más dibujos animados habíamos hecho en el interior del país y yo me preguntaba entonces: ¿cómo seguimos siendo pobres? Cuando aparece internet, viendo mis dibujos en la web me llaman de editoriales extranjeras. Estuve casi doce años ilustrando libros para escuelas primarias de Puerto Rico y de Miami. En 2008 uno de los directores de esas editoriales me convoca para hacer ilustraciones para el suplemento infantil de un diario: tenía que dibujar cómo funciona el corazón, ese tipo de cosas.

—¿Y cómo comienzan tus tapas para El Vecino?
—Cuando en 1998 el Tomi dejó de hacer las portadas porque se fue a vivir a Barcelona, me convoca el editor de la revista, Carlos Galli. Hasta 2015 estuve trabajando para esta revista mensual. Lo bueno es que, al ser de distribución gratuita, podía encontrarse en los distritos municipales, en bares y librerías. Aunque me daban total libertad, al comienzo me hacían ilustrar la nota editorial, que generalmente escribía Carlos Del Frade, y eso era medio denso. Me tocaba dibujar, por ejemplo, a la hermana Pelloni, y la verdad es que no son muy estimulantes para dibujar una monja o un político. Entonces, teniendo en cuenta el nombre de la revista, se me ocurrió retratar rincones de la ciudad en los que aparecieran vecinos de toda índole: jóvenes, viejos, niños, animales (que también son habitantes de la ciudad), de día, de noche, con sol, con lluvia, con frío, con calor... Era un juego, porque la gente reconocía los lugares aunque no siempre sabían dónde se encontraban. "Ah, esa esquina está enfrente del Pami 2", me decían. "Ah, eso está en Arroyito" o "ese kiosco antes era una casita, en calle San Martín a la altura de Saavedra".

—¿Cómo hacías esos dibujos? ¿Visitabas previamente cada lugar?
—Al principio iba y hacía unos croquis. Hasta que se inventó la cámara digital, entonces me compré una y yendo por Rosario iba sacando fotos de los lugares que me gustaban por la arquitectura, algún árbol o un detalle que me llamara la atención. Me acuerdo de haber dibujado el gigantesco bolo luminoso que estaba afuera del bowling sobre la peatonal Córdoba. Recorría con placer lugares no sólo del centro sino también de los distintos barrios.

—¿Y por qué fuiste agregándoles elementos fantásticos?
—Del realismo fui pasando al realismo fantástico. Primero empecé a jugar con los ex cines que ahora son supermercados, playas de estacionamiento o iglesias evangélicas. Como me gusta mucho el cine —más que dibujar—, me lastima y me da nostalgia ver convertidos en otra cosa a esos palacios plebeyos, usando la expresión de Edgardo Cozarinsky. Tratando de reflexionar sobre eso ponía frente a esos cines abandonados personajes de películas. El primero fue Hitchcock en la puerta del Lumière. En 2010, año del Bicentenario, se me ocurrió mostrar cómo fue avanzando Rosario durante esos doscientos años. Y después imaginé los seres fantásticos que nos rodean a través de la arquitectura: una moldura con forma de dragón, las gárgolas de la Facultad de Medicina, los querubines del frente del edificio de Dorrego al 700... Los potenciaba.

—En los últimos años, muchas hermosas construcciones fueron desapareciendo. ¿Tenías la intención de reflejar con tus dibujos los numerosos cambios que fue atravesando la ciudad? ¿Te preocupaba eso?
—Sí, quería rescatar eso. ¿Cómo puede ser que los europeos conserven cosas de toda la vida, transformándolas en turísticas, y nosotros no? Sin ir más lejos, Montevideo tiene la ciudad antigua, de la que no puede moverse un ladrillo, y a partir de ciertos límites se la empezó a construir de forma moderna. Acá ves al lado de mansiones históricas de bulevar Oroño edificios de puro hierro y cemento. Para mí es una herida de mal gusto.

—¿Qué repercusiones tenías cuando publicabas tus trabajos en las tapas de la revista?
—Las respuestas venían por gente conocida, por el correo de lectores, el mismo editor o los compañeros de la revista, que preguntaban "¿esto dónde es?", "¿con esto quisiste decir tal cosa?". Para mí era una invitación a la gente a observar más. Y a amar la ciudad. No podés amar algo que no conocés. Por ejemplo, el edificio bellísimo de la compañía de seguros de la esquina de Oroño y Córdoba, pegado a Maristas, tiene en el frente una fuente con un león, y mi señora decía que de chica jugaba en ese lugar. Los dibujos despertaban recuerdos que estaban dormidos. Me contaban que al cine Belgrano, de la esquina de San Juan y San Martín, le decían "el cine de los verduleros" porque estaba enfrente del Mercado de Abasto. La gente asistía con frutas y cuando en los westerns aparecía el indio, le tiraban a la pantalla.

—¿Qué otra difusión tuvieron esos dibujos?
—En el Club Español hice una muestra, en mayo de 2013. Fue por iniciativa de un familiar que estaba en el Rotary Club. La muestra estuvo un mes y fue muy concurrida, más de mil personas pasaron por ahí. Un proyecto que tenía era juntar mis imágenes con breves textos de amigos, escritores o músicos. Me gustaría mucho que aparezcan reunidos en un libro o en postales. Lo he hablado con gente que trabaja en algunos medios o en la Municipalidad, pero no es fácil. Si viene alguien de Buenos Aires le ponen la alfombra roja... He pensado que también podrían incorporarse a algún emprendimiento del ámbito privado, como un bar temático o algo así. Tené en cuenta que debo tener unos 200 dibujos sobre Rosario.

—¿Sabés si alguien hizo alguna vez un tipo de trabajo parecido?
—No que yo recuerde. Ha habido pintores que retratan lugares de Rosario, con materiales nobles como el óleo, el acrílico o la acuarela. Yo me siento cercano, aunque en otro rubro, a los almanaques que hacía Florencio Molina Campos con los gauchos o Luis Medrano con lugares de Buenos Aires, auspiciado por Alpargatas.

—Una vez que te desvinculaste de la revista, ¿continuaste con el hábito de dibujar lugares de la ciudad?
—No tendría problemas en seguir haciéndolo, pero como vivo del dibujo tuve que dedicarles espacio y tiempo a otros trabajos que me generaban dinero. Doy talleres de dibujo e historietas, en forma particular, desde hace más de veinticinco años. Lo he hecho incluso en escuelas primarias y secundarias de Casilda y Cañada de Gómez. Una vez nos invitaron con Rolle y Becca al Bafici, porque con Sótano Cartoons éramos de los pocos que hacíamos dibujos animados fuera de la producción industrial. Fueron exhibiciones con bastante éxito y aplausos.

—¿Qué significa para vos dibujar?
—Nunca se termina de tomar conciencia de que es como un regalo de Dios o de quien sea, con el que uno nació. Como quien sabe tocar la guitarra de oído, bailar, jugar al fútbol, ser un excelente carpintero o tener alguna otra habilidad. Para mí es natural, pero evidentemente no toda la gente puede hacerlo. Es cierto que hay momentos en que la comunicación mente-brazo-lápiz no funciona y eso me frustra, pero es pasajero. El dibujo tiene la línea, que no tienen la pintura ni la fotografía. Además, dibujar permite manifestarse. A mí me interesa la narración, y si bien reconozco que la necesidad de contar algo es como una prisión, tengo sintonizada esa parte. De todas formas, cuando debo hacer cosas por encargo, aunque tal vez no me apasione, lo mismo pongo lo mejor de mí. En esas tapas para El Vecino mi compromiso era más importante que la respuesta económica o de público. Lo que me importaba es que hubiera una empatía de los personajes con la gente.

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