Cuando se asomó al hall de La Capital se sorprendió porque únicamente estaba Leila.

Por Orlando Verna
Diario La Capital / Leonardo Vincenti
"Pobres corazones" desanda las aventuras de una policía y su asistente en un relato donde la ciudad es plató y protagonista.
Cuando se asomó al hall de La Capital se sorprendió porque únicamente estaba Leila.
–¿Y la chica? –dijo el periodista.
–Salió con el fotógrafo –explicó la recepcionista con su habitual belleza y gentileza al tiempo que paladeaba su enésimo “buen día”, aunque ya era de tarde.
Miró para acá y para allá de Sarmiento y nada. Hizo unos metros hacia Córdoba y de entre las penumbras del centro rosarino se asomó una figura enfundada en un largo piloto que, como debía ser, tenía el cuello levantado a lo detective de novela negra. Una agonizante galería de locales vacíos pareció convertirse en el plató perfecto para las fotos.
Melina Torres se queja porque no le avisaron de la sesión.
–¡No tengo brillo! –se enoja revolviendo su bolsa mientras acomoda su inacomodable y brillante cabello ensortijado. Sin embargo, juega con la cámara a la seducción. Modela. Alguien pasa. Ni bola.
La editorial Penguin Random House apuesta por una historia negra en una Rosario tan ambigua como violenta. / Diario La Capital / Leonardo Vincenti.
La escena parece una detallada alegoría de “Pobres corazones” (Penguin Random House Grupo Editorial, 2021). Allí hay algo misterioso, sin resolver, hasta detenido en el tiempo, lo mismo que la galería. Oscura, solitaria, esperando. Decrépita como la urbe que la contiene. Atiborrada de tiratiros, policías corruptos, políticos holgazanes, ricos cebados, narcotraficantes, narcotizados e indigentes eternos, Rosario ya no es ni parecida a la ciudad por la que despotricaba Fito Páez. Es infinitamente peor.
En su segunda novela, Torres se ocupa no sólo de poner la cinta de “No Trespassing” alrededor de su escena del crimen preferida, la ciudad de Rosario, sino que además la escudriña en sus más profundas violencias, simbólicas y de las otras. Desde las Torres de la Costa que miran desde arriba cómo les chorean a los de a pie en el parque Scalabrini Ortiz, hasta las balas que ya matan a casi una persona por día en sus calles.
Es en ese poco menos que romántico contexto que la Oficial de Policía Silvana Aguirre, jefa del Departamento de Criminología, intenta resolver los tres casos que integran el libro de la Colección Suma de letras. Igual que en el agotado "Ninfas de otro mundo” (Iván Rosado, 2016), primera aparición del personaje y de su asistente, Ulises Herrera, protagonistas de lo que, parece, se convertirá en una saga. Lo de emblemáticos personajes del policial negro argentino es para la gilada.
Aguirre no pelea contra el crimen sino contra sus consecuencias. Por ella que se agarren a los tiros, pero no soporta ver a una madre llorando a su hijo muerto o una bella señora de clase alta secuestrada en un departamento de lujo. Aguirre es todo lo contrario a lo que la yuta quiere que sea: chupaculos del poder. Finalmente, sus demonios internos son su honestidad y compromiso. Y su infatigable aversión por los machos con doble bragueta. Es lesbiana y su objeto de deseo no son precisamente ni los ladrones ni los policías. Herrera es gay y, más allá de la devoción por su compañera y de hacerle de Juanita, quizás represente la parte sensible que Aguirre perdió o no se anima a mostrar.
Según su propia escultora, Aguirre es la conjunción de “varias mujeres” que explicitan una posición feminista de su literatura o de corte homosexual ya que, junto a su asistente, se trataría, según Torres, de "la primera dupla gay del policial argentino”.
En busca de una sentadera para charlar, el barcito Iruña de Santa Fe y Mitre es menos concurrido y menos máscara que El Cairo. Mejor lugar imposible para la entrevista si se considera que los bares y sobre todo los restaurantes de Rosario forman parte de un mapa de éxtasis gastronómico que los personajes recorren insistiendo en una práctica muy propia de la clase media rosarina, hoy en extinción. Ambas, la clase y la práctica.
Un mate cocido y un cortado, y un televisor que grita forman parte de la escena. Y los parroquianos del bar, claro. Una pintura que remite rápidamente a Torres a su infancia y, a lo mejor, a sus primeras curiosidades luego hechas pluma. Nació hace 44 años en Santa Fe capital y recuerda claramente el almacén de ramos generales de sus abuelos, “uno de los dos que había” en Naré, un pueblo del centro santafesino.
A los 18 años se mudó a Rosario para estudiar la carrera de Comunicación Social de la Universidad Nacional de Rosario que completó con una diplomatura en Políticas Culturales en la Universitat de Barcelona. Trabajó en producción periodística y audiovisual. En 2012 hizo un taller literario de cuentos en Buenos Aires con Maximiliano Tomas que duró dos años. Podría decirse que allí comenzó a tramar sus personajes ya que “nunca había escrito ficción”.
Preguntada sobre sus hábitos de escritura confiesa que se puede sentar a escribir tranquila porque “es como si alguien me estuviese silbando al oído”, que su “rutina es escribir”, y que encuentra “inspiración en la terraza”, aunque también cree que el policial es una senda difícil de transitar. Recuerda que primero delineó el personaje principal y después lo introdujo en la trama. De ese ejercicio nació “Ninfas”, mientras que “Pobres corazones” se trata de un libro por contrato con la editora que comenzó a esbozar en diciembre de 2019.
Melina Torres es una santafesina que a los 18 años llegó a Rosario para estudiar la carrera de Comunicación Social en la UNR. / Diario La Capital / Leonardo Vincenti.
–¿Cómo te llevás con tus personajes?
–Me sucede con Aguirre, con Herrera, con todo ese universo, que es como si lo tuviera atragantado y tiene que salir de alguna forma. Es un impulso que no sé de dónde viene pero que me lleva a contarlo. Tanto la conozco a Aguirre que cuando, por ejemplo, veo algunas escenas urbanas (como la del mimo en la novela), es como si ella me hablara y me dijera sus barbaridades. De todos modos, sé que Aguirre es un personaje también incorrecto, y en eso sí creo que me la jugaba.
–¿Y con tus tramas?
–Me gusta el trabajo del destino. Es como que estaba destinada a hacer consciente eso que quería contar. Y también me gusta no saber cómo sucederán los acontecimientos. No tengo la misma sensación en otras cosas.
–¿Te imaginas al lector de “Pobres corazones”?
–Desde que salió el libro a la calle soy otra. Porque creo que el libro se completa con la lectura, con las devoluciones, las críticas, con la mirada del lector. Es como si entendiera yo misma parte de la trama.
–La lectura de “Pobres corazones” es bien entretenida, ¿te molesta el adjetivo?
–Es como que las palabras literatura y entretenimiento se ponen en juego en los últimos años, es una relación muy contemporánea. Pareciera que en el policial lo que empuja es descubrir el vínculo policial de lo que sea, un robo, un asesinato. Pero si esta literatura además te gusta, es entretenida, yo no tengo prejuicios. A lo mejor porque yo no vengo del campo de las Letras. En el momento que estoy contando la historia, a mí me tiene que parecer entretenida. Y cuando salen los chistes, me río.
El reportaje corría por sus carriles normales. No obstante, algo incomodaba a la escritora. El periodista desplegó toda su suspicacia: –¿Te pasa algo?
–Sí, quiero saber qué te pareció la novela.
El cronista se dispuso a ser amable no sin hacer su trabajo (como si supiera) de crítico.
–Es obvio que este libro es más desplegado que el anterior y por lo tanto es más desenvuelto. Allí seguramente radiquen la mayor de las seguridades de "Pobres corazones", el detalle. En saber mucho más de los personajes, información que los hace más queribles, y de la trama. A veces las conversaciones son extensas pero siempre decantan en un dato importante para la historia. Pero lo mejor es todo ese contexto que hace a la novela casi real. Es como si estuviera en estos momentos viendo a Aguirre en medio de una narratividad que...
No alcanzó a terminar la frase cuando una mujer se paró en el borde de la mesa e hizo que la entrevistada y el entrevistador levantaron abruptamente la cabeza.
–¿Todo bien Melina? –preguntó sin mediar saludo.
–Sí, si –se apuró la escritora.
–Cualquier cosa me avisás –dijo mientras se sentaba y mirando el teléfono preguntó: –¿Este es el coso del libro? –cogoteó.
–Sí, me está haciendo una entrevista para el diario-, aclaró Torres y llevando la vista a su interlocutor allanó: –Decías…
-Decía que me parece que el libro goza de una inteligente narratividad, no entendida como una consecución de recursos literarios, sino como una construcción más compleja y rica del sentido. Para eso usa diferentes gramáticas o capas gramaticales que hacen más interesante todavía la lectura y ni hablar cuando esas capas son de información local, de Rosario. Además,...
No alcanzó a terminar la frase cuando Silvana Aguirre lo encaró:
–¡Déjese de joder viejo, qué narratividad ni que ocho cuartos! –exclamó y subió la apuesta: –¿Le gustó el libro o no le gustó?
–El gusto es una imposición de clase-, dijo el periodista y sintió como el fuego de los ojos de Aguirre le quemaban los últimos pelitos de la nuca: –Me gustan todas las lecturas que hablen de Rosario y situar personajes de ficción sobre sus miserias más aún. Es una novela ágil, interesante, feminista, a veces divertida y lamentablemente actual. No se si le garpa a Rosario pasar de ser la ciudad de la cultura a la del narcotráfico. Pero e' lo que hay. En el balance, sí me gustó.
–Entonces ponga que le gustó y listo, ¡qué tanta vuelta!
El sonido de un mensaje recién llegado pareció la campana final de un round de box. Aguirre soltó a su eventual adversario y bufó.
–Ulises dice que me espera en la esquina del olor a Gas. Es acá nomás. Me voy. Y cualquier problema avisame.
–Gracias Silvana –dijo Torres amablemente.
-Ya te dije que no me llames por el nombre.
–¿Y cómo te digo si te llamas Silvana?
–Oficial, así de corta. Las aclaraciones son para los bogas nomás.
Aguirre lanzó un buenas tardes al aire y partió. Pero hizo dos pasos y se volvió sobre el cronista: –“Escuche muchacho. Me gustan sus notas históricas de La Capital. Y la que más me gustó fue la del primer clásico de los cuadritos rosarinos”. Guiñó un ojo, dejó en claro que sabía con quién hablaba, giró sobre su propio eje y salió del bar.
El cronista sintió una mezcla de gratitud y persecuta pero, antiguo corredor detrás de una pelota, entendió que Aguirre le había servido lo que en la jerga se llama un pase-gol.
–¿Por qué Aguirre es de River? –inquirió lastimado en su rosarinidad.
–En realidad Aguirre no es de Rosario y acá tenés que ser de Ñuls o de Central. Yo soy de Santa Fe. Igual, o se es del campeón (Colón) o se es de Unión. Ella es de un pueblo de Santa Fe y me pasa de conocer gente en los pueblos que es de River o de Boca, o que lee noticias de Buenos Aires y no las locales.
El periodista asintió con su cabeza mientras se le estiraban las comisuras: la única remisión a un hincha canalla es la del médico forense, a quien Silvana acompaña a ver un partido al Gigante de Arroyito. Agudo, tal su gracia, es quien debe "lidiar con los muertos". También recordó algunas palabras que Aguirre retoma en "honor al querido maestro Marcelo Bielsa".
Acompaña a la historia una playlist con temas necesarios para adornar la trama y que termina con Fito Páez. / Spotify.
–¿Y cómo es eso de la lista de temas?
–La playlist me sirvió un montón. Es la música que me acompañó en el momento de la escritura de la novela. Yo acostumbro a salir a caminar al parque Independencia, pero como el libro fue escrito en el momento más duro de las restricciones de la pandemia, me iba a caminar y a escuchar música a la terraza. Así se resolvieron muchas de las cuestiones que iban quedando abiertas.
Son 14 temas subidos a la plataforma Spotify que incluye, entre otros intérpretes, a Chavela Vargas, Rosana y Adele, junto a Babasónicos, Creedence, Madonna y Sergio Denis, y que cierra con Fito Páez y su “Ciudad de pobres corazones”. Una canción, que a la luz de las últimas noticias y del desesperante número de muertes violentas en Rosario, hoy suena casi naif.



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