Jorge Riestra, el escritor de los billares que sabía escuchar la voz de los barrios

Al morir, en febrero de 2016, el autor de El taco de ébano dejó varias obras inéditas. Dos de ellas, que acaban de ser publicadas en conjunto por la UNR, entregan una personal visión de Rosario, plasmada con hondura y virtuosismo
23 de julio 2017 · 00:00hs

Jorge Riestra solía declarar que el escritor vive en la casa del idioma. “Con un pie en la orilla de la lengua y el otro en la del habla”, como planteó durante su intervención en el Congreso de la Lengua Española de 2004, debía estar atento a las modalidades y las entonaciones de los usos cotidianos del lenguaje y a las dimensiones no verbales de la comunicación, a los gestos, las acentuaciones y los movimientos con que los hablantes completan el sentido de las palabras. No sólo importaba lo que el escritor finalmente escribía, sino en primer lugar lo que escuchaba, y ambas operaciones eran una sola. Y tampoco en abstracto, sino anclado —es el término que utilizaba— en una cierta realidad, sobre la que procedía a partir de la imaginación y la memoria. Subyacente a su obra narrativa, esa poética por definición incesante se expone en Ciudad y memoria. Una excavación, su libro póstumo.

Ciudad y memoria incluye dos libros complementarios, el que le da título —publicado de modo parcial en el antiguo suplemento literario de La Capital— y La piedra y el anillo. “Aunque sea Rosario la ciudad en cuya memoria excava este relato —advierte Riestra—, es cierto, también, que el tejido —su tejido— lo integran retazos de otras ciudades argentinas”. La reconstrucción de modos de vida y formas de sociabilidad que se configuran en los años cuarenta y cincuenta, “entre la mansedumbre provinciana en retirada y el ruido de la urbe que le pisaba los talones con afán de expulsarla”, y las referencias históricas generales —básicamente la irrupción del peronismo, el fenómeno del empleo estatal y los años sesenta—, apuntan así a indagar un cuadro de alcance nacional. La piedra y el anillo propone a su vez una mirada crítica sobre la sociedad del neoliberalismo, y un llamado a recuperar valores y visiones para devolver su significado a la experiencia de habitar la ciudad.

Riestra habla de un pasado del que fue testigo, pero no presume de tal ni se propone escribir una crónica. Tampoco hace etnografía, a pesar de que describe en forma minuciosa lugares, comportamientos y personajes a los que consagra como emblemáticos. Lo que despliega, ante un orden devaluado de la vida, es el trabajo que él considera propio del escritor. Las formas de hablar, ciertas palabras que cayeron en desuso pero resuenan poderosas en la memoria, las convenciones no escritas y los sobrentendidos que regulaban la vida en los barrios son tan importantes como las observaciones que pueden informar a los recuerdos. “La casa que estoy mirando, que miro, al pasar, desde hace años, nunca es esa casa sola —escribe—; es esa casa y otras que miré en otros momentos de la vida”. Esa mirada profunda capaz de apreciar lo que no está a la vista, lo que se perdió, distingue su concepción del escritor, una figura en tensión entre las exigencias de la obra y el llamado de la calle, que tiene algo del caminante y del noctámbulo y que sobre todo, en tanto artesano, habita el mismo lugar del billarista y del bailarín. Riestra reinventa y otorga un nuevo sentido a la ciudad y sus habitantes.

Los valores del barrio

La ciudad que le interesa es la de los barrios, una zona que se recorta con nitidez del centro y de las afueras. Su modo básico de argumentar consiste en confrontar una y otra vez los elementos que presenta, como quien maniobra un prisma, para examinar desde distintos ángulos sus semejanzas, sus diferencias, los puntos de fuga. Así como el almacén se distingue del salón de billares, y la vereda prolongaba el patio familiar mientras la esquina “era el vestíbulo del café de la cuadra”, no hay que confundir al loco con el loquito, advierte, por ejemplo, ni el tilingo de los barrios es el mismo que el tilingo sujeto a las modas en los años sesenta.

Lejos de la exposición académica, la particularidad de su sintaxis —frases generalmente extensas, a veces de varias páginas, con múltiples oraciones subordinadas y aposiciones en que hace gala de virtuosismo— consiste en incorporar el ritmo de la conversación, con sus reiteraciones y énfasis, de manera que escribir sea también hablar. Como es característico de su narrativa, las imágenes refuerzan la expresión con términos sorprendentes y hallazgos de visión, como pasa con el arquetipo del calavera, que “olfateaba la noche como un felino lo hace en la primera claridad de la mañana”, o con la observación del centro de la ciudad como un transatlántico en cuya bodega viajan, sin pasaje de retorno, “las calles de las gangas a granel”. Lo que se agrega, como registro particular, son las voces del habla, pequeñas joyas que Riestra atesora y despliega con plena conciencia de su valor, como ocurre cuando habla del pituco, “un término de uso muy amplio”, tanto como muchas de otras expresiones sinónimas a las que se impuso, y que el relato enhebra con evidente gusto: a saber, petimetre, niño bien, niño caca, caquero, señorito, lechuguino, hijo de papá, petitero y pipiolo, cada uno examinado a la luz de sus usos y de la mayor o menor intensidad de su significación y sonoridad.

A la esquina, postula Riestra, se iba para ser libre y para participar, fuera de las obligaciones del trabajo y la familia. Era un lugar de encuentro y de aprendizaje, con historia e identidad, en el que le interesa subrayar el desinterés por cualquier afán de lucro y el particular conjunto de normas que regulaban las relaciones entre sus miembros. Reglas nunca escritas que cohesionaban al grupo, le daban sentido de pertenencia y se visibilizaban en el modo de juzgar a los personajes singulares del barrio, como el idealista o el lírico, o de expulsar de su ámbito a los que pertenecían a formas de intercambio consideradas extrañas, como el pituco.

La esquina aparece así como un modo de vivir, “una de las formas más próximas y accesibles de la democracia” en un mundo, dice Riestra, de desigualdades profundas. El contraste con el centro ilumina ese aspecto del barrio: contra la multitud despersonalizada donde los individuos se contactan fugazmente y siguen siendo desconocidos entre sí, un tejido de relaciones donde cada uno tiene un rostro y un nombre. A la vez, el centro señalaba un punto donde se explicitaban convenciones sociales, como la preparación y el cuidado que evocaba la idea de “ir al centro”, y el implícito juego de mirar y ser mirado.

Riestra encuentra la cifra de los valores del pasado en lo que llama “los espacios interiores”, la sala de baile y el salón de billares. El bailarín de tango y el billarista componen figuras correspondientes pero minuciosamente diferenciadas a partir de la comparación. La firmeza con que uno asía el taco se percibe a la luz de la dulzura con que otro enlazaba a la compañera de baile, la sensualidad de los cuerpos en el tango resalta al equipararse con la camaradería masculina del billar y “una lúcida y viril noción de la mesura”, compartida, separa con claridad la actitud genuina y la impostura.

Ambos reconocen el mismo origen, el barrio, y coinciden además en lugares de la noche. Riestra percibe en la sala de baile y el salón de billares un ritual que es específicamente masculino (sin ser misógino, aclara, sino por prurito de resguardar la privacidad), una teatralización que verifica en la vestimenta, en el cuidado por el aspecto personal, en asumir el juego y el baile como una profesión y un modo de ser en el mundo.

El rito se vuelve menos grave en la peluquería, otro ámbito de exploración. “El vestíbulo de la sala de baile”, como la define, es también “un piccolo teatro” donde los sábados por la tarde se representa una comedia y un ceremonial rigurosamente codificado donde el peluquero hace valer una destreza que lo vuelve equiparable a los grandes personajes del mundo narrativo de Riestra.

Un lugar querido

La esquina desaparece al convertirse en ochava, “mero espacio físico sin otra connotación que la de olvidable lugar de paso”, y con ella una forma de sociabilidad que no tuvo reemplazo. La migración de los adolescentes y el abandono de antiguas costumbres —el paso de los pantalones cortos a los largos como símbolo del final de la infancia, significativamente— señalan el fin de una época. Un cambio que se proyecta como pérdida: la nueva arquitectura decreta la muerte del balcón tradicional, el edificio de propiedad horizontal quiebra la fisonomía del barrio de casas bajas y difunde “una socialización puramente exterior, ficticia, no sentida ni, en el fondo, querida”, el centro se rebaja a paseo de compras y prefigura el shopping, su degradación más reciente. Los hilos de la historia ciudadana quedan en suspenso, “triunfante un vivir puertas adentro totalmente opuesto al vivir puertas afuera que los barrios viejos habían instituido por pura voluntad de convivencia”.

En La piedra y el anillo, Riestra retoma la crítica a los valores del consumo, el culto del dinero y el individualismo. La velocidad, dice, impide la percepción de lo más oculto, al que va apurado se le pasan por alto “los matices y las sutilezas del mundo natural y del entorno humano y físico que constituyen su horizonte”. Si bien la nostalgia acentúa a veces su reconstrucción del pasado, no rechaza los reclamos del presente y, sobre todo, reafirma su amor por la ciudad, a la que encuentra tan hermosa y extraña como cuando la empezó a recorrer. Riestra no tiene ninguna seguridad, finalmente “de las urbes solamente sabemos, con certeza, que se mueven” y esa incertidumbre es inspiradora, le permite volverse una vez más sobre la ciudad, interrogarse sobre cuál puede ser el mejor modo de abordarla, porque su misterio nunca se revela por completo.

En “la ciudad de lo ido y lo perdido”, como define a su representación del pasado, quedó para Riestra un valor particularmente significativo: el anclaje, la noción de lugar querido que significaba el hallazgo de un espacio compartido y evocaba un sentido de convivencia y de afecto. Su trabajo como escritor, dice, consiste entonces en reponer ese lugar a través de las palabras y en proponer mitos que funcionen como imágenes de unidad en el incesante fluir de la ciudad y a la vez contengan sus mejores versiones.

Ciudad y memoria ofrece incontables registros de ese lugar que ancla en el idioma. Dice Riestra, por ejemplo, que el diccionario de la lengua se perdió la palabra balconear, que en cambio fue “una pincelada cotidiana y vivaz en las veredas de los barrios populares”. Tampoco pudo registrar los guiños y sobrentendidos que matizaban el sentido de muchas palabras, ni el estímulo de otras, también impuestas por el habla, que el texto recensiona puntualmente, en una muestra del oído sutil que guía la excavación.

Nunca podremos contemplar la ciudad “como se contempla una piedra engarzada en un anillo, porque somos, a la vez, la piedra y el anillo”. El escritor y el idioma se encuentran en la misma relación. Si Ciudad y memoria presenta el sustrato de su obra narrativa no es porque en sus páginas retorne un icono como el salón de billares, o porque retome en algunos pasajes los temas de la amistad y la camaradería masculina sino porque muestra desde otro lugar al escritor que es Riestra, con sus armas y sus procedimientos y con su mundo de referencia, en la casa donde vive.

Fragmento de Ciudad y memoria

A las dos de la mañana, minuto más, minuto menos, el baile por terminar y la noche aún joven y prometedora, los bailarines empezaban a llegar al café de billares. Así lo habían convenido durante la tarde y allí estaban, como fierro, cumpliendo la palabra empeñada, el código de la amistad. No arribaban encolumnados; de a uno, de a dos, muy improbablemente de a tres —no se iba al baile en grupo—, entraban como si la ausencia les hubiese consumido la mitad de los muchos o los pocos años que tenían. Vinieran de cerca o de lejos —algunos habían cruzado la ciudad y no precisamente en automóvil—, pisaban las baldosas olfateando el aire como potrillos de carrera a punto de desbocarse. Los tacos los estaban esperando, las luces de los billares se encendían y la pachorra de lobo de mar se trocaba en movimiento continuo, pujante y torrentoso. A las tres, la noche madura en su apogeo, todo era libertad, jolgorio, distensión. En esas horas, raramente más allá de las cinco, el bullicio se adueñaba del café; o éste lo acogía, lo consentía, lo alentaba. Lo excepcional: recepciones ruidosas, vocerío irrefrenable, carcajadas, se presentaba con la cara descubierta; no se lo disfrazaba ni si le inventaba una justificación. El modo de vida cotidiano: concentración, silencio, parquedad, seguro de sí mismo y vigoroso, podía permitírselo con holgura; más todavía, vivirlo y sentirlo como broche de oro y no como renuncia o tacha.

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