Cultura y Libros

Grandes ilusiones, catástrofes íntimas

En su primer libro, Jugaba solo, Juan Pedro Rodenas debuta con pulso firme, lejos del efectismo y con certero dominio de la síntesis.

Domingo 08 de Diciembre de 2019

"Atrapa algo interesante de mirar, atrapa algo interesante de oír y no sueltes lo que atrapaste". Bajo esa máxima poética de William Carlos Williams, uno de los máximos poetas imaginistas, objetivistas y minimalistas del siglo XX, está escrito este enorme libro chiquito de Juan Pedro Rodenas, porque se notan el escrúpulo, el rigor con el cual enfrenta el objeto, el hecho o el sujeto, con una observación pura sin demasiadas cargas a priori, ni catárticas ni ideológicas, haciendo el esfuerzo mayor para que las cosas sean las que hablen y que las ideas fluyan del objeto y del lenguaje.

Son poemas descriptivos, fotos mínimas que sin embargo no clausuran la mirada sentimental y permiten ese desahogo, pero con las mismas condiciones de reticencia que Bukowski le dice a su pájaro azul. Sabemos que algunos colegas han llevado esa reticencia del objetivismo al extremo de que el poema parezca un prospecto médico o un artículo de la ley orgánica de los tribunales. Rodenas no cae en esa trampa o moda, que por suerte ya está pasando, como tantas ilusiones amarillas que no son la melancolía.

Jugaba solo (Azulfrancia) es el primer libro de un poeta nuevo pero vigoroso, seguro, que conoce teórica y prácticamente la carga de sentido que tiene una sola palabra, un verso como un aforismo y sobre todo, lo que no se dice, lo que queda reverberando en el entresijo, en el tono, en el pudor de lo que sucede o se teme o se desea.

Como todo buen primer libro trabaja ese campo semántico fundante de la memoria, la ausencia, la formación, las grandes ilusiones, las catástrofes íntimas, pero nunca lo hace con efectismo o golpes bajos, sino que por el contrario, una de las mayores virtudes de los poemas es que siempre terminan antes, se ahorran las conclusiones y aun los inventarios que propone siempre son incompletos, de modo que el lector siga trabajando con las imágenes, los sonidos y sus palabras.

Los buenos libros de poesía suelen funcionar como breviarios, pequeños artefactos que uno lleva encima para volver a repasar un verso, una idea o una cosa, porque las flores de Rodenas, como las de Williams, son saxígrafas, salen de las piedras.

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