Cultura y Libros

"Firmenich es un hombre encerrado en su pasado"

En un libro recientemente publicado por Planeta, la periodista María O'Donnell intenta develar los enigmas en torno a un hecho político crucial del pasado argentino: el secuestro y la muerte de Pedro Eugenio Aramburu.

Domingo 28 de Junio de 2020

Hay momentos en la historia, y no son tantos, que pueden ser llamados bisagra. A partir de ellos, la vida de una comunidad, de un país, cambia radicalmente.

Uno de esos momentos en la historia política argentina es el que va del 29 de mayo al 1º de junio de 1970, solo tres días, cuando tuvieron lugar el secuestro y posterior asesinato de Pedro Eugenio Aramburu por parte de un pequeño y hasta ese entonces desconocido grupo de jóvenes quienes, a través de esa acción, emergieron a la luz pública como una fuerza en torno a la cual se tensionarían muchos de los debates sobre el tema de la violencia política en nuestro país. Un acontecimiento que habría de marcar a fuego el destino de cada uno de sus protagonistas y alrededor del cual se siguen reordenando los sentidos nunca cerrados de un tiempo histórico que se resiste a quedar atrapado en un pretérito de características absolutas.

En el secuestro y muerte de Aramburu convergen poderosas líneas de fuerza que van desde los bombardeos a Plaza de Mayo en 1955, el exilio de su líder, la proscripción del justicialismo en la contienda electoral, el fusilamiento del general Juan José Valle, la masacre en los basurales de José León Suarez, la intervención de las universidades bajo la dictadura de Onganía, la radicalización de la izquierda en torno a la acción revolucionaria, la relectura y reapropiación de los linajes históricos que van de Rosas a Perón, la irradiación de las luchas anticoloniales visualizadas como acciones posibles a emular, el triunfo de la Revolución Cubana y su constitución como faro irradiante de sentidos novedosos, la poderosa pregnancia de la Teología de la Liberación en amplios sectores del mundo católico, por nombrar solo un puñado de esas líneas de fuerza que contribuyeron a darle motivos y razones a una generación que se sintió convocada a transformar su propio tiempo histórico.

Cuando a finales de los años 80, luego de ser detenido en Brasil, Mario Firmenich decía que "…el derecho de resistencia a la opresión por todos los medios estaba legitimado universalmente tanto en el derecho constitucional como en las encíclicas papales", añadiendo que Montoneros solo había sido el brazo ejecutor de un mandato emanado del pueblo, no hacía más que abrevar en la evocación de ese clima de época para explicar lo sucedido. La adhesión o el rechazo a esta tesis es el corazón mismo de la controversia en la que se dirime, entre otras cuestiones, y hasta nuestro presente, el siempre controvertido tema de la asunción de responsabilidad frente al crimen y cuánto puede ser éste explicado y/o justificado por la reposición del contexto social y político en el que tuvo lugar.

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María O’Donnell.

María O’Donnell.

A medio siglo de ocurridos los hechos, la periodista María O'Donnell, que ya había incursionado en los años setenta en las páginas de su libro dedicado al secuestro de los hermanos Born, da a conocer esta nueva investigación, que puede ser leída como un valioso intento por encontrar nuevas respuestas sobre un tiempo histórico que sigue poderosamente vigente por la constante reactualización de las miradas, preguntas e interpretaciones que sobre él se proyectan.

—¿Cuáles fueron las razones que te impulsaron a escribir sobre este caso?

—En primer lugar diría que lo que me atrajo es la incomodidad que el tema genera, aun cuando han pasado ya tantos años. Uno siente que no termina de acomodarse dentro de la historia, y entonces, cuando un tema sigue siendo así, incómodo, amerita ser explorado; y por otra parte, hay un relato oficial sobre el secuestro de Aramburu que es el que ha quedado congelado en el tiempo y que es aquel que hizo el propio Firmenich en 1974 en las páginas de la revista “La causa peronista”, un relato que también reaparece en el libro Timote, donde José Pablo Feinmann recrea cómo pudo haber sido la discusión política entre Aramburu y sus secuestradores en aquel cuarto de La Celma. No hay mucho más en torno al crimen de Aramburu. Sí existe una abundante bibliografía sobre la década del 70. Hay un libro biográfico sobre el propio Aramburu escrito por Rosendo Fraga, y también textos diversos que abonan la teoría conspirativa, una teoría a la que yo no le he encontrado sustento, pero lo cierto es que lo que quedó fijado como el relato oficial de los hechos es ese relato de Firmenich en esa publicación del 74 y a mí me interesaba revisar, con la perspectiva que brindan los años, esos hechos.

—¿Cuál es el público lector al que pensaste como destinatario de este texto?

—Al momento de escribir sabía que tenía por delante un desafío, que era el del público contemporáneo a los hechos que en su gran mayoría conoce el trazo grueso del acontecimiento; ese público operó como un desafío en el proceso de escritura en la medida que yo sabía que debía darle “algo más”, pero también pensé en las generaciones más jóvenes, como aquella a la que pertenecen mis hijas adolescentes. Pienso mucho en ellas cuando escribo mis libros. Yo creo que no hay que dejar nada por sentado, que alguien que no sabe absolutamente nada sobre esa historia tiene que poder entrar y salir del libro entendiendo qué fue lo que sucedió. Así que ambos “tipos” de lectores estuvieron presentes mientras escribía.

—En ese sentido, reconstruir los hechos en el contexto en el que ocurrieron es clave.

— Sí, claro. Un rasgo de oficio, algo propio de mi manera de encarar el periodismo, es el esfuerzo que pongo en volver inteligibles historias que no necesariamente son conocidas por todos. Y en este caso ese esfuerzo no estuvo puesto solo en reconstruir los hechos tal como fueron, sino la época en la que tuvieron lugar. Yo no creo que los hechos del pasado se puedan pensar e interpretar con categorías del presente, por el contrario, creo que es importante relatar los hechos y que estos hechos se entiendan haciendo el esfuerzo por reponer el marco social, histórico y político en el que tuvieron lugar, y ese es un ejercicio importante que traté de hacer, y que creo que es evidente cuando se mira el resultado final de este libro.

—En tu libro construís una genealogía de Montoneros en la que se evidencia la existencia de algunas ideas y linajes históricos compartidos con las Fuerzas Armadas, por ejemplo en lo referente a la matriz nacionalista y al fuerte cuño católico.

—Hay que señalar algo, Montoneros del golpe original Pindapoy, que es el nombre que tuvo la operación de secuestro de Aramburu, no es Montoneros del 73 o el 74, sobre todo después de su fusión con las FAR o las FAP. Puede decirse que en los años de Onganía había dentro de esos grupos nacionalistas y católicos una cierta visión de cercanía ideológica, no con Aramburu que venía de los sectores más liberales del Ejército, pero sí con los sectores nacionalistas; de hecho “Azul y blanco”, la publicación en la que trabajaba Juan Manuel Abal Medina, apoyó el golpe de Estado de Onganía. Pero sería un error proyectar mucho más allá esta idea de “cercanía ideológica” para el grupo Montoneros que emerge luego del secuestro de Aramburu, porque a partir de allí la Organización pasa a ser protagonista de una escena mucho más grande y diversa que es la Resistencia peronista. Hay que recordar que la historia de vida de esa pequeña célula que da el golpe Pindapoy es muy corta, ya Fernando Abal Medina estaba en conversaciones con el grupo Sabino Navarro, que tenía un origen obrero, una constitución diferente, y ya había vasos comunicantes con organizaciones del peronismo de base. Los que van a buscar a Aramburu a su casa tenían sí una matriz muy católica y nacionalista. Por lo que se conoce, ese grupo no participó a los otros de lo que iban a hacer, podríamos decir que se reservaron la acción para ellos solos.

Hay una singularidad en el origen de Montoneros y es el propio Firmenich el que la define y que para mí es muy reveladora, y está contenida en ese recuerdo de cuando viajan a Cuba a entrenarse y es el propio Firmenich el que dice que ellos, los Montoneros, “no encajaban” en ningún lado. Y esa afirmación es fácil de entender porque Montoneros era una guerrilla peronista muy diferente a la de los otros combatientes que llegaban en esos años a Cuba desde otros países latinoamericanos, combatientes que estaban más cerca del maoísmo, del guevarismo, con linajes ideológicos tan diferentes al del peronismo. Y a esa singularidad contribuyen las raíces católicas que tenían los miembros fundadores de Montoneros y que uno puede ver reflejadas en sus primeros comunicados donde hablan al mismo tiempo de Dios y de Perón, sin mencionar, por ejemplo, al Che Guevara.

—Montoneros también se nutrió de las páginas de la revista “Cristianismo y revolución”, de las ideas que provenían de la Iglesia tercermundista, visiones compartidas con el resto de las guerrillas latinoamericanas.

—Hay procesos que se parecen, como bien decís, a través del contacto con la corriente de la Iglesia Tercermundista, que es la que les presenta una vía de radicalización. Lo sabemos, no todos los curas los acompañaron en la decisión de tomar las armas, y algunos sí formaron parte orgánica de Montoneros. Y es interesante observar lo que sucede a partir del secuestro y asesinato de Aramburu, un hecho que marca un punto de inflexión para la Organización en tanto se trata de un crimen, de un hecho de sangre. Quitar la vida dentro de la religión católica no es algo que esté avalado dentro de ese sistema de creencias y por eso es un punto bisagra para un grupo de combatientes que tiene una fuerte matriz religiosa.

—La construcción de la memoria colectiva está atravesada por disputas en torno a cómo se califican los hechos, en el caso Aramburu esa disputa se tensa en la discusión de si se trató de un crimen o un ajusticiamiento, en cómo nominar al hecho.

—Para mí no amerita ninguna discusión acerca de que debe ser calificado como asesinato. Una persona indefensa, con los brazos atados, los ojos cerrados y que recibe un tiro en la cabeza, eso es una ejecución. No puede haber discusión en cómo llamar a esa acción. Dicho esto, uno puede preguntarse por qué un asesinato de esta naturaleza se vuelve un hecho de fuerte contenido reivindicativo, que pasa a ser llamado ajusticiamiento y que es celebrado por un sector importante de la población. Y la respuesta a esa pregunta está relacionada con la discusión acerca de cuándo y quién comenzó la violencia en nuestro país, y de ese modo el asesinato de Aramburu se convierte en el emergente de una serie de hechos violentos que incluye los quince años de proscripción del peronismo, el bombardeo de Plaza de Mayo, la intervención de las universidades durante el onganiato, cuando eran el único espacio de participación política para los jóvenes. Es en ese contexto turbulento que aparece un grupo que se arroga el derecho a erigirse en jueces de la historia, que busca ejercer justicia en nombre del pueblo y que está decidido a cambiar el lugar histórico que hasta ese momento ocuparon víctimas y victimarios. Considero que los que hablan de ajusticiamiento y matizan la figura del asesinato lo hacen porque de ese modo pretenden enfatizar la idea de que ellos no iniciaron la violencia, que la violencia comenzó antes, en el 55. Y aquellos que nominan este hecho como asesinato muchas veces omiten el contexto histórico en el que ese crimen tuvo lugar. Yo no estoy diciendo que el hecho pueda ser justificado, lo que pretendo entender, entre tantas otras cosas, es por qué ese crimen fue celebrado del modo en que fue celebrado.

—En tu libro uno siente que la escritura va en busca de una voz, y que esa voz, la de Mario Firmenich, se resiste a querer decir algo que aún podría ser necesario escuchar para develar tantas zonas oscuras de ese ayer.

—Firmenich es un hombre encerrado en su pasado y él se queja con insistencia de que el país no lo deja participar de la vida social y política, del debate democrático, y eso es así, en gran medida, porque él está atrapado en el pasado. Firmenich es alguien que se niega a escribir sus memorias, podría hacerlo y seguramente no le faltarían editoriales interesadas en publicarlas, y la razón de por qué no lo hace tal vez sea porque sus memorias pueden llegar a ser muy poco interesantes, que no tenga cosas interesantes que decir. Por ejemplo, los libros de Perdía no aportaron demasiado. Por otra parte, Firmenich se arroga el derecho de ser la única voz autorizada para hablar del hecho fundante de la Organización Montoneros y entonces, a partir de allí, todo lo que se sabe de esos tres días en La Celma surge de su propio relato. Un relato al que sabemos que le faltan muchas piezas, que tiene inconsistencias, y ese entonces es un lugar, por llamarlo de algún modo, del que él no quiere salir. Él posee el monopolio de ese hecho fundante y sobre él basa su propia legitimidad como jefe montonero. Muertos Abal Medina y Ramus, él quedaría simbólicamente como el único heredero, aunque en el medio haya habido otros como Sabino Navarro que ya no están vivos.

—Las sospechas de vínculos existentes entre la pequeña célula que secuestró a Aramburu y algunos sectores del Ejército, así como los nexos entre Firmenich y otros líderes montoneros con el aparato de inteligencia, nunca han perdido vigencia.

—Yo revisé la causa y no pude encontrar constancia de ingresos de Firmenich a la Casa Rosada en aquellos días. Esa acusación la encuentro infundada. De lo que pasó en el extranjero no puedo decir nada porque no lo investigué. Sí hay versiones que dicen que Montoneros conspiró con gente del Ejército en el secuestro de Aramburu, que antes de La Celma Aramburu fue llevado al Colegio Militar, pero yo no he encontrado nada que fundamente esas versiones. Hay otros temas que abonan las sospechas de algunos sobrevivientes como es la dudosa llegada tarde al bar de William Morris cuando matan a Ramus y a Abal Medina, también sobrevuela la sospecha en torno a las circunstancias en que tuvo lugar la caída de Santucho. Otros señalan que Firmenich viajó a Cuba y a su retorno sobrevivió cuando todos sus compañeros murieron, y que su mujer, en lugar de ser desaparecida por el aparato represivo como sucedió con tantos otros militantes, fue detenida y puesta a disposición del Poder Ejecutivo. Yo hablé con ella sobre este tema y ella asegura que la suya no fue en absoluto una situación de privilegio. Lo cierto es que en torno a Montoneros, una organización donde hubo tantos muertos, no faltan nunca las sospechas.

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