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El sagrado cuerpo de la escritura

Liliana Heker es una de las grandes narradoras argentinas. En meduloso diálogo con Cultura y Libros, revela secretos del oficio y cuenta cómo enfrenta la cuarentena: "Estoy curiosa, y también alerta".

Domingo 24 de Mayo de 2020

Una cortina que se corre y que permite, subrepticiamente, ver lo que hay detrás. Esa imagen podría asociarse a la palabra trastienda. Pero si nos referimos al proceso creativo, el acto de espiar implicará, en cambio, lo difícilmente observable de un vistazo. Habrá que detenerse para ver. En La trastienda de la escritura, la consagrada narradora argentina Liliana Heker indaga en los entretelones de su oficio: se detiene en imágenes, lecturas, procesos, derivaciones e incluso coartadas que la han llevado durante estos sesenta años de oficio a la creación de obras como Los que vieron la zarza (1966), Zona de clivaje (1987) o El fin de la historia (1996), entre otras.

No es fácil, advierte Heker. No hay recetas. La trastienda de la escritura es una zona imprecisa, borrosa. Por momentos, quizás inasible. Sus discípulos lo saben. Porque Heker, es, además, maestra de voces clave de la literatura argentina contemporánea: Samanta Schweblin, Pablo Ramos, Guillermo Martínez e Inés Garland son algunos de los escritores que han pasado por su taller y construido, a partir de su acompañamiento, potentes y singulares obras.

La trastienda de la escritura comenzó a gestarse en algunos escritos previos. Las huellas más marcadas provienen del texto De la obsesión a la trama: acerca de cuando todo brille (escrito en 1991 bajo el título La trastienda de un cuento). También aparecen —al principio como murmullo suave de algunos capítulos, y finalmente a modo de epílogo— sus Diez mandamientos de la escritura, bajo el título Mi credo. El libro se compone, además, de otros cuatro textos escritos con anterioridad: La corrección como acto creador, A propósito del prestigio, Los talleres literarios y Memoria y ficción. A ellos se suman nuevos textos que la autora escribió, muy segura de estar componiendo una totalidad.

La trastienda de la escritura ha nacido, podemos suponer, sobre una amplia mesa. Una "larga y elemental mesa para quinchos donde entre el desparramo de papeles caben desde una radio hasta mis gatos" relata Liliana sobre su espacio de trabajo, en un capítulo dedicado especialmente a su máquina de escribir. Parece que no es la única escritora que precisa de esa amplitud para el despliegue escriturario. Casualmente, en el último Filba, la autora estadounidense Lorrie Moore afirmaba al respecto: "Escribir en la mesa del comedor es algo que, estoy descubriendo, hicieron muchos escritores", decía mientras traía a su memoria al escritor británico Kazuo Ishiguro, su personalísima mesa de comedor, su Japón inventado...

Dos epígrafes —uno de Dylan Thomas y otro de Flannery O'Connor— abren La trastienda... Si bien ambos autores están entre los admirados por Heker, en este caso no los privilegió porque hayan influido de una manera singular en su literatura sino porque esas citas se acercan, de algún modo, a lo que trató de decir en este libro: "Creo que, en general, los epígrafes aluden de manera tangencial a cierta significación que, para un escritor, tiene el libro que ha escrito. Un epígrafe no explica a un libro; lo ilumina sutilmente desde la voz de otro".

El estilo, la experiencia personal, la inspiración, la corrección, la literatura por encargo y algunas cuestiones más técnicas acerca de la unidad de efecto o del uso de la segunda y de la tercera personas constituyen temas centrales de algunos de los capítulos de esta obra. En diálogo con Cultura y Libros, la autora de cuentos inolvidables como La fiesta ajena o Yokasta reflexiona, desde su casa y en medio de la cuarentena, sobre los pormenores del oficio de escribir.

Hay una relación muy interesante que establecés en el libro, entre la escritura y el cuerpo: el "placer físico de la escritura".

—Siempre me importó el tema del cuerpo. Lo abordé en Zona de clivaje, novela concebida y escrita en una época en la que, desde lo intelectual, el cuerpo aparecía menoscabado, trivial. Me importaba sacarlo de ese lugar, opuesto —y a veces opositor——a las labores de la inteligencia (como si el cerebro, aislado en medio del éter, se manejara con prescindencia del artefacto al que lo adosaron). De manera similar, en este libro quería sacar al acto de la escritura del lugar incorpóreo en que se lo suele situar. Quien escribe no solo está lleno de hábitos físicos; además, siente la acción de estar escribiendo en la yema de los dedos y en el cuerpo entero.

Usás la palabra tembladeral en varios capítulos; la escritura "como un tembladeral". Me parece una idea muy bellaELLIPSIS_CHARACTER

—Es una palabra que me acompaña y expresa desde la adolescencia. Durante años definió no solo ciertas instancias de mi escritura sino también el estado de incerteza y de caos en que muchas veces me sentí. "Vivo en un tembladeral" es una frase que con frecuencia acudía a mí. Ahora, en la vida en general, me pasa solo en circunstancias muy puntuales. Pero durante la escritura, en la prehistoria de un texto y también en ciertos momentos de su construcción, vuelve a acometerme el estado de tembladeral.

Recuerdo que, en Chaco, en la Fundación Mempo Giardinelli, vos comentaste que estabas en medio del proyecto de una novela. En ese momento Mempo te preguntó si ya estabas "en estado de novela". Aprovecho ahora la oportunidad ¿En qué consiste, para vos, ese estado?

—Hablé muchas veces, sobre todo en mi diario, de mis "estados de novela". Voy a tratar de ejemplificar qué quiero decir con esa expresión. Ahora mismo, en plena cuarentena y con mucho tiempo disponible, tengo una idea difusa de algo que sé que quiero escribir. Sin embargo, todavía no encuentro

una punta precisa –¿una escena, un recuerdo, una voz? – en la que pueda anclar la escritura. Hago o escribo otras cosas y la idea flota subliminalmente, es apenas un trasfondo en mi vida. Pero cuando encuentre ese anclaje (si lo encuentro; cierta tendencia supersticiosa me impide hacer afirmaciones acerca de lo que, por el momento, es puro deseo) ya no me va a importar cuánto tengo que renegar con la trama, con la escritura, cuántas veces voy a rehacer todo lo escrito, cuántos papeles voy a tirar al canasto, cuántas etapas de duda o de ganas de tirar todo por la borda voy a atravesar; tampoco me va a importar la cantidad de quehaceres extranovelísticos que inevitablemente tendré que realizar. Cualquier acontecimiento, nimiedad o vacilación será susceptible de aportar su granito de arena. Voy a estar, de pies a cabeza, “en estado de novela”.

–¿Creés que hoy día se sigue sobrevalorando la inspiración o pensás que, de alguna manera, hay mayor conciencia respecto del oficio que implica trabajar con las palabras?

–Me consta que hay mucha gente que sigue vinculando la escritura con la inspiración; al menos, se refieren a algo que llaman inspiración y que aplican al acto de escribir; supongo que asocian la escritura con el misterio. También hay escritores que, lo llamen inspiración o no, creen que lo que han escrito es sagrado, intocable, por el solo hecho de que, de primera intención, les ha salido así y no de otra manera. Allá ellos. Escritores de varias generaciones cuyas obras admiro parecen saber cuánto de búsqueda y de descubrimiento y de insatisfacción y de aventura tiene este oficio; cuanto de imprevisible, y de empecinado, y de hermoso, hay en el trabajo creador.

–En relación a los talleres literarios, en el libro hablás de escritores que no toleran el juicio externo. Y eso en la dinámica de un taller puede traer ciertas asperezas. ¿Has vivido esa clase de situaciones?

–Ante todo, creo que tolerar o no la opinión de otros no implica un valor ni un disvalor: indica una mera cuestión de carácter. También creo que, en caso de que alguien no tolere cuestionamientos (prefiero ese término a “juicio”, que remite a algo inapelable, dicho vaya a saberse de qué pedestal), en los talleres que coordino, al menos, no se va a sentir muy cómodo; la dinámica de esos talleres y clínicas está basada en la manifestación y la discusión de opiniones diversas acerca de un texto, en las que cada uno señala lo que encontró de excelente o de rescatable o de corregible –los motivos puntuales por los cuales no alcanzó su máxima eficacia– en ese texto. Esta dinámica se sustenta en la convicción de que un texto siempre es susceptible de ser trabajado hasta sus últimas posibilidades.

–Y pensando en tu experiencia ¿cómo has sobrellevado las reseñas, las críticas o las devoluciones negativas?

–Vamos por partes: las reseñas me proporcionan no más que una alegría o un disgusto pasajero. Los trabajos críticos, cuando son reveladores –verdaderos actos de creación–, suelen fascinarme. En cuanto a críticas o cuestionamientos a textos-haciéndose, me las hicieron y las hice a destajo, sobre todo durante los catorce años en que sacamos la revista El Escarabajo de Oro. No solo tuve la suerte de hacerla con Abelardo Castillo, lúcido, implacable y generoso como ningún otro escritor que haya conocido; además, cada viernes, en el café Tortoni, leíamos nuestros cuentos nuevos todos los que nos reuníamos allí. Además de Castillo, estaban Humberto Costantini, Isidoro Blaisten, Ricardo Piglia, Vicente Battista, Miguel Briante, narradores excelentes, amantes de la literatura, apasionados y discutidores. Sus (nuestras) críticas, debajo de su dureza, solían ser iluminadoras. En lo personal, aun a aquellas que en el momento sentí como una paliza (¿a quién le gusta que lo critiquen?) no las llamaría negativas. Pasado el mal trago me llevaron a ver qué pasaba con el texto y por qué camino trabajarlo. Actuaron como catalizadores y me ayudaron a afilar el oficio.

–Tus mandamientos de la escritura suelen leerse en algunas escuelas secundarias para reflexionar sobre la producción escrita. ¿Podrías agregar algo para esas chicas y chicos interesados en la creación?

–Solo les diría dos cosas: que lean con pasión –que sepan encontrar esas lecturas que los harán enamorarse de la literatura para siempre–. Y que escriban. Sin censura y sin mandatos. Ya irán encontrando, cada uno a su modo, su propio camino.

–En numerosa cantidad de talleres, las consignas son materia corriente. Vos, en cambio, decís en el libro que no solés dar consignas para escribir. ¿Cómo prescindir de ellas y aun así posibilitar la producción escrita en otras personas?

–Pienso que la necesidad primigenia de escribir no suele provenir de una consigna impuesta desde afuera sino de un impulso interior, de algo personal e incanjeable que una quiere expresar. Me parece fundamental, para aquellos que buscan aprender los secretos del oficio, reencontrarse con ese impulso, con su razón íntima para seguir escribiendo. Que se animen a su propia visión del mundo y a sus temas. Creo que es un buen camino para conseguir una obra singular y, tal vez, necesaria.

–En este punto, ¿el diario del escritor tiene un rol importante…?

–No necesariamente. Que alguien, escritor o no, lleve un diario, responde a una elección personal. En la escritura de ficciones, no cumple ningún rol particular. Tal vez a un determinado escritor le sirve, como a otro le puede resultar útil viajar o escuchar conversaciones ajenas o apelar a su memoria. No hay recetas universales.

–Así como en los años 60 y 70 el debate acerca del realismo y el sentido de la escritura era moneda corriente (pienso en Sartre, a quien mencionaste en otra entrevista, al afirmar que “La náusea” no tiene peso ante un niño que muere de hambre), ¿creés que hoy día existan debates que actualicen, de algún modo, estas escenas y estas polémicas?

–Pienso que no; ni esta es una época de debates ni la opinión de los intelectuales tiene un peso real en el mundo de hoy –y los dos hechos no están desvinculados–. De ningún modo pienso que esta situación sea inmodificable. Tal vez algún acontecimiento histórico o de otra índole (¿por qué no la pandemia que estamos atravesando y que está poniendo en cuestión los cimientos del planeta entero?) mueva a pensar a fondo nuestro mundo y sus condiciones “inamovibles”; y también, por qué no, el sentido del arte y de la literatura. Vale decir: que se reavive –no como una “actualización de” sino de un modo nuevo y en condiciones nuevas —el rol de los intelectuales.

–Respecto de tu época en El Grillo de Papel y en El Escarabajo de Oro, ¿cómo sentías esa relación con los demás escritores, que, por cierto, eran en su mayoría varones? ¿Hubo que hacerse lugar a los codazos? Pensando sobre todo en un entorno machista…

–De algún modo sí, me abrí paso a codazos, pero eso nunca me hizo sentir mal. Al contrario; lo viví como un desafío. Debo decir, además, que Abelardo Castillo, que en el campo de la literatura era la persona que tenía más cerca ya que sacábamos juntos la revista, nunca fue machista, sobre todo en el terreno literario e intelectual. Valoraba a quien escribía por su obra, por sus opiniones, por su ética. Eso, sin duda, significó un respaldo para mí cuando elegí instalarme de prepo entre los escritores varones de mi generación.

–En cuanto a esta generación de escritores, muchos de los que ya no están, ¿con quién te gustaría volver a dialogar, si pudieras?

–Con Castillo, sin la menor duda. Es más, dialogo o discuto con él, a veces, ante ciertos sacudones o absurdos que nos proporciona la realidad. Añoro su lucidez, su capacidad de ver más allá de lo que los acontecimientos revelan, su actitud polémica, su sentido del humor. Su amistad.

–Por estos días, circula en las redes un fuerte imperativo de productividad, de “aprovechar el tiempo” en esta angustiante cuarentena. ¿Cómo lo estás viviendo vos? ¿Escribís? ¿Leés?

–No estoy en las redes, no me importan los “imperativos” externos, no sé qué es “aprovechar” el tiempo. Desde los seis años, nunca –tampoco ahora– dejé de leer; lo que estoy queriendo escribir, que todavía está en la nebulosa, me resulta tan incierto como me ha resultado siempre. Lo que me rodea –el hombre que amo, mis gatos, mi casa– no ha cambiado. Las tareas inusuales y el ocio los disfruto de verdad: creo que la capacidad de disfrutar está en mi ADN, y la propensión al ocio también. Lo que cambió de manera significativa no soy yo: es el planeta. Y eso me lleva a reflexionar bastante sobre esta circunstancia histórica inesperada. Ese, para mí, es el gran cambio que trajeron la cuarentena y la pandemia. Estoy curiosa, y también alerta.

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