Exploraciones

El redescubrimiento de un narrador clave

Manuel Peyrou (1902-74) fue mucho más que un buen amigo de la dupla Borges-Bioy Casares. Reconocido por sus precisos textos policiales, la publicación de sus obras completas en diez volúmenes permite reencontrar a un prosista de méritos subestimados

Domingo 16 de Mayo de 2021

Las obras completas del cuentista y novelista argentino Manuel Peyrou (1902-74) acaban de publicarse en Libros del Zorzal. Se trata de diez tomos que contienen los nueve títulos oficiales de su bibliografía. La colección, al cuidado de Héctor M. Monacci, incluye sus cinco novelas: El estruendo de las rosas (1948), Las leyes del juego (1959), Acto y ceniza (1963), Se vuelven contra nosotros (1966) y El hijo rechazado (1969). Y los cuatro libros de cuentos, La espada dormida (1944), su opera prima; La noche repetida (1953); El árbol de Judas (1961) y Marea de fervor (1967). Asimismo incorpora un volumen final, Decadencia de la antropofagia, que compila relatos dispersos y otros textos de crítica (literaria y cinematográfica) nunca editados como libro. El notable rescate incorpora al canon a uno de los autores esenciales de la literatura argentina del siglo pasado. Su programa tiene sus características propias que bien merecen ser analizadas.

Amigo intimo de Jorge Luis Borges desde 1920, y más tarde de Adolfo Bioy Casares, Peyrou irrumpió en los años treinta a través de una serie de relatos policiales y de misterio precisos. Ya en los años cuarenta y cincuenta, con la aparición de sus primeros libros, holgadamente se sitúa como uno de los mayores cultores de dicho género en nuestro país. En ellos maneja las pistas, crímenes y múltiples premisas, sin nunca abrumar en conjeturas como prefieren otros (Ellery Queen y John Dickson Carr). La noche incompleta, La playa mágica y El busto son claros ejemplos de narrar un caso complejo de manera depurada, simple y directa, lo que otorga al autor un doble mérito. Así, en esta primera etapa, Peyrou buscó una estética donde impera el orden racional en exposición del problema y economía descriptiva, lo que ayuda a una mayor concentración en la trama, ofreciendo como resultado desenlaces perfectos. Sin incurrir en lo inverosímil, se nutre de su retórica cerebral, basada en la meticulosa premeditación, convirtiendo sus páginas en fino mecanismo deductivo. Sus virtudes formales pueden ser, entre tantas, la falta de ripios argumentales.

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Peyrou en la puerta de la confitería Richmond, uno de sus lugares favoritos de Buenos Aires.

Peyrou en la puerta de la confitería Richmond, uno de sus lugares favoritos de Buenos Aires.

Al rondar los sesenta años, Peyrou abandona parcialmente el policial para abordar la narración psicológica y testimonial. Estamos, claramente, ante una segunda etapa estética. Las leyes del juego, Acto y ceniza, Se vuelven contra nosotros o El hijo rechazado denuncian los abusos autoritarios registrados por entonces. Lo social y económico descuella en las peripecias de sus personajes como Horacio Vergara (alter ego de Peyrou), o su amigo, el juez Bonfanti Lastra. Aquí Peyrou sitúa la idea de literatura como espejo de la realidad. Su fino oído y capacidad descriptiva sagaz operan a favor de captar y documentar sin ninguna complacencia aquellos días antidemocráticos. Una prosa atravesada por una Buenos Aires siempre presente, en especial, la zona del centro que tanto conocía (la confitería Richmond, plaza Vicente López, avenida del Libertador). Para entonces, el colaborador del vespertino Crítica y, en especial, La Prensa, no se permitía inventar, es decir, escribir lo que no conocía. Se había renovado como testigo ocular clave de su tiempo. Peyrou, semejante a una caja negra de una época turbulenta, registra las coordenadas espaciotemporales de su territorio más íntimo, creando un friso de incalculable valor social y político. Si bien su primera etapa, la de sus policiales, ha recibido suficiente mérito y atención, acaso la presente reedición ayudará a reflexionar en torno a la madurez de sus novelas posteriores (1959-69), tiempos de Arturo Frondizi y Arturo Illia, pero también de José María Guido y Juan Carlos Onganía (sin olvidar al peronismo por entonces proscripto, con lo que ello significaba).

Quizás sea su hora. Libros que describen, con toques irónicos, el poder de la corrupción, el mundo del arte, la relación entre los nuevos ricos, la vieja oligarquía y la intelectualidad ombliguista. Y en el centro, su anhelada Buenos Aires, cuya sociedad,parece condenada a un fracaso cíclico, casi inevitable, pero que Peyrou supo archivar con una precisión radiográfica. El lector deberá sacar sus propias conclusiones, al revelarlas.

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Otra foto (y magnífica) junto a Borges, a quien se lo observa con anteojos.

Otra foto (y magnífica) junto a Borges, a quien se lo observa con anteojos.

Manuel Peyrou, para algunos, “el Chesterton argentino”, para quien escribe, además, una suerte de sagaz historiador sui generis (de la escuela de Tucídides, por su obsesiva capacidad objetiva por el detalle), murió el primer día de 1974, año del centenario de Macedonio Fernández y Leopoldo Lugones. A casi medio siglo de su deceso, podemos afirmar que su prosa luce menos arcaica, y más accesible y preciosa por su limpidez, que la de sus contemporáneos Leopoldo Marechal, Ernesto Sabato o el tono antiguo impostado que padece su tocayo Mujica Láinez (el estilo español retórico y pesado). El tiempo dirá si podrá escaparse de esa mística de la lectura que le ha impuesto cierta crítica. Por lo pronto Peyrou continúa siendo un autor, en términos libertellianos, “indescifrado”. Rico en porvenir y generoso en relecturas.

Así escribía el “Chesterton argentino” (capítulo I de El estruendo de las rosas)

Recomendación para el infierno

Por Manuel Peyrou

Una nube frágil como un velo, un sol que a duras penas atravesaba la nube, un viento helado que se quejaba (de vicio) entre los árboles, y unos árboles de otoño, ni grises ni verdes, no eran elementos suficientes para hacer memorable aquella mañana. Después de mediodía, aquella mañana sería memorable. En realidad, ya lo era (paradójicamente) para un hombre pálido, alto, de pelo negro, vestido de azul, que tenía un ramo de rosas en la mano y estaba parado a la sombra de uno de los frondosos castaños de la plaza, con una seriedad oficial o profesional en su rostro.

Un hombre ve miles y miles de mañanas y sólo una queda en su memoria. Ve días tempestuosos o plácidos, tórridos o helados, con soles y lunas variables, o sin sol ni luna, y de todo ese fárrago de imágenes sólo guarda una confusa noción de frío o de calor, de luz o de sombra. Pero hay otros, obstinados, que se conservan puros en el recuerdo.

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La portada de la legendaria edición de El estruendo de las rosas publicada por El Séptimo Círculo en 1948.

La portada de la legendaria edición de El estruendo de las rosas publicada por El Séptimo Círculo en 1948.

Alguien piensa en una mañana cualquiera, la del 22 de diciembre de 1942, por ejemplo, en una ciudad austral, donde hay una plaza con la estatua de un héroe. Nítidamente ve nubes que no parecen nubes, sino ligeras brumas sedosas; ve un cielo increíblemente puro y azul; ve unos árboles densos, muy oscuros en la primera luz, como si aún guardaran restos de la noche; advierte que los árboles empiezan a iluminarse por la parte más alta de sus copas; advierte, después, que el viento sopla muy despacio y comprende una vez más que el día será caluroso. Por algo que solamente él sabe, el día se mantiene invariable a través de su vida, pero ya no puede resolver cuáles son las imágenes iniciales y cuáles pertenecen a los sucesivos recuerdos.

Eran las once de la mañana del primero de octubre y Félix Greitz, con su ramo de rosas en la mano, estaba en la actitud del hombre que graba en su espíritu los detalles de un día que será inolvidable. (Félix Greitz se equivocaba, por supuesto: en un futuro próximo lo esperaban algunos días que serían infinitamente más dignos de recuerdo que ese primero de octubre).

La nube blanca tenía ahora la forma de un pez y el aire era frío y claro, como de metal. La multitud aumentaba por momentos y Félix estimó necesario acercarse a la terraza. Había previsto todas las contingencias y al no encontrar dificultades sintió como una frustración de la energía inicial. Luego se recomendó a sí mismo tranquilidad y rehízo mentalmente su proyecto.

Estaba libre para actuar. El día anterior había dejado a su mujer en Drieschbad, cerca del aeródromo, con un pasaporte fraguado para Gotemburgo. De allí Clara saldría para Londres, donde esperaría sus noticias.

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Portada de la edición lanzada por Libros del Zorzal.

Portada de la edición lanzada por Libros del Zorzal.

Faltaban cinco minutos. A las once y diez Cuno Gesenius saldría por la puerta de la terraza y pronunciaría su arenga final para todo el país, anunciada para las once y cuarto. Aunque el acto electoral había comenzado a las ocho, se calculaba que este discurso constituiría un estímulo para los rezagados, y que el tanto por ciento favorable a la anexión del país por la Unión del Norte alcanzaría una cifra nunca superada.

Hubo un murmullo y ese aleteo secreto de la multitud, cuando una conmoción instantánea puede tanto mantenerla unida como ponerla en fuga atropelladamente. Esta vez se mantuvo unida porque Cuno Gesenius había aparecido, y con rápidos pasos se encaminaba al micrófono. Una mujer gruesa, con la cara roja por la emoción o el fervor, que presidía una delegación de muchachas vestidas con uniformes celestes, se acercó. Gesenius escuchó, inexpresivo, con la cabeza lustrosa un poco torcida, las palabras de la mujer.

Detrás de ella, dos jóvenes de blanco sostenían grandes ramos de flores. A la derecha de Cuno Gesenius estaba el lugarteniente Werner Kulpe; a su izquierda, Helmuth Boström, el Jefe de Propaganda, con su estatura imponente, su pelo blanco y su eterna sonrisa. Félix no reconoció a nadie más, o estaba demasiado nervioso para fijar su atención. La mujer de las rojas mejillas había terminado su discurso. Las dos niñas se adelantaron, depositaron los ramos en la mesa, y se retiraron caminando hacia atrás. El hombre cuya presencia marchitaba las flores sonrió con desgano ante las flores. Félix estiró el brazo con el ramo de rosas y pidió paso; la gente se apartó automáticamente, pensando en un nuevo homenaje. Las rosas brillaron al sol, y también sonaron. Por lo menos, alguien pudo imaginarlo así, en la confusión subsiguiente. Porque mientras Félix las dejaba caer de su mano izquierda, con la derecha empuñó un revólver. Dos estampidos atronaron el ambiente y Cuno Gesenius fue cayendo poco a poco, apoyado en Kulpe, hasta quedar de rodillas. Una mancha creciente repitió en su chaqueta blanca el color de las rosas.

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