Poesía

El fragor del torrente

En Te quiero abrazar mucho, su último libro, Lila Siegrist vuelve a poner al desnudo su intensidad e irreverencia. Cuando escribe lo hace sin corset alguno

Domingo 03 de Enero de 2021

La escritura de Lila Siegrist (1976) se recuesta en el deseo de querer abrazar a los suyos. Vengan, vengan parece decir su libro (editado por Mansalva este 2020) en el que la misma autora avisa: “No debe ser leído como una novela”.

Es artista visual, agitadora cultural, ex funcionaria, pensadora de políticas públicas, editora y poeta, aunque de su ocupación dude y escriba frente a un formulario a completar: “No sé. No sé. Debería llamar a mis seres queridos para que me den una mano con esto”.

En el año de la pandemia y el encierro Lila se permite una digresión poética frente al distanciamiento físico, el metro y medio de separación, el recelo al roce y dice en el título: Te quiero abrazar mucho. El nombre de su cuarto libro –antes había publicado Vikinga criolla (Yo soy Gilda editora, 2012), Tracción a sangre (Ivan Rosado, 2013) y Destrucción total (Blatt & Ríos, 2014)– es, antes que una pretensión, una marca del tiempo, de clima epocal, un registro contemporáneo.

Te quiero abrazar mucho traza un recorrido autobiográfico y fluvial, para el cual Lila se hizo un mapa literario de navegación compuesto por una serie de autores con los que “armó, a partir de una arqueología léxica, un relato autorreferencial medio elíptico, en verso”.

Siguiendo huellas antiguas y díscolas parece desembarrar, como un tesoro sumergido bajo las aguas marrones del Paraná, “todo aquello anterior a lo que se lee habitualmente, sobre el paisaje para reconocer, también, palabras técnicas y científicas con cierta atemporalidad”. Y tan es así, que al libro hay que leerlo con un diccionario cerca para alcanzar el significado de ese vocabulario desconocido. Busco cenefa, erial, testuz, tamo, garzo, cribada, mercoláctico, cárdeno, cinarra, carrizales, estabular, ritidomas, espartillares. Palabras que nos dejan afuera del camino habitual de la poesía, señalan un límite y nos enfrentan a la vez al territorio innominado del paisaje.

En los trayectos entre distintos paisajes se mezclan las lecturas de El Tempe de Marcos Sastre, Viaje a la América meridional de Alcides d'Orbigny y Oda al Paraná de Manuel de Lavardén, Viaje al país de los matreros de Fray Mocho, con una toponimia de la flora y la fauna que fluyen junto a libros y cuadernos de anotaciones sobre su mesa de trabajo.

En ese licuado de repertorios aparecen también (sin firma de autoría) citas de Virus, Victoria Ocampo, Rafael Ielpi, Eduardo Falú con unos versos de la canción Tonada del viejo amor: “…bote de duraznos olorosos/ herida la de tu boca, qué lástima sin dolor, no tengo miedo al invierno con tus recuerdos llenos de sol/ de orejones, pelones y aguardiente”.

El libro se organiza en capítulos que son para la autora componentes vivos. Así entran uno a uno “el trabajo”, “el río”, “otra ciudad” (que es Rosario), “el campo”, “minerales”. Recorridos vitales que para Lila sugieren la idea de esos “lugares diversos, con temperaturas particulares en los que también se investiga”.

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Los poemas parecen dar cuenta de una mirada del mundo casi anfibia, donde convive lo urbano (el supermercado DAR, la esquina de La Favorita ayer y la perfumería de Falabella hoy, la terraza del Jockey Club, la barra de un bar, el rock, la habitación de hotel, las barrancas del parque España antes que la ciudad mire al río) con una radiografía pampeana litoraleña (el campo, las vacas, la lancha empantanada, el bicherío, el calor, la humedad, los dorados, el lodazal, los corderos).

Cinco años le llevó la escritura de esta poesía para la que primero se sentó a investigar, luego a escribir y, más tarde, a leer con quienes acompañaron la edición: Julia Enriquez y Cristian Monti.

El procedimiento de trabajo –ella dirá que lo suyo no es un método sino una fisiología– está atado al ritmo alveolar de las palabras en su voz. Es en la pronunciación, en la lectura en voz alta, en el canto donde Lila Siegrist siente que amasa y construye la montura donde va a engarzar su escritura.

“Escribo contra algo, fallo”, parece decir que a partir del error también edificar y su “Tecleo en tetas” tal vez nos acerque a cierta confesión: cuando escribe lo hace sin corset alguno.

El libro cuenta con un texto en contratapa escrito por Beatriz Vignoli y una foto de tapa tomada en la zona del Charigüé por Laura Glusman –detalle que como artista visual Siegrist nunca deja escapar–. Y, en un año en el que las presentaciones de libros pasaron también a través de la pantalla, acompañan la edición una serie de cuatro book trailer realizados por la artista Virginia Molinari y la realizadora Jimena Cháves con las voces de las poetas Alejandra Benz y Beatriz Vignoli.

La imagen de tapa juega entre la prosperidad y la desmesura de un río marrón crecido sobre unos espinillos. No hay rastros de la bajante ni de la quema del humedal que, como la pandemia, también fue un signo de este año. Medio oculta en esa imagen se distingue la silueta de una zarigüeya nadando en el agua. Nos permitimos asociar libremente la aparición de ese animal dotado de un instinto de autoconservación (si se siente en peligro desacelera su ritmo cardíaco para parecer muerto hasta que el peligro pasa y se levanta para seguir la marcha con normalidad) con cierta particularidad de la autora para adaptarse a cualquier hábitat.

Hay versos que sobreviven pese a la tensión de la poesía, el poder y la política –la autora trabajó estos últimos años en Casa Rosada, en la Municipalidad de Rosario y en la provincia de Santa Fe–.

“Jefes de campaña con cerebros apolillados”, “funcionarios lukeados como pentecostales”, “el resplandor rosa de los patios de la rosca”, “la política estéril no llega a leer mi pulsión última de estertor divino”, parecen decirnos de esas fibras que corren en paralelo y a otra velocidad en los lugares laborales en los que se mueve.

“Es como un nuevo lenguaje, que requiere de un esfuerzo enorme, en el cuerpo, en el rictus, en la taxonomía de las situaciones: lo apropiado, lo prudente, y siempre la inminencia del abismo, aun en niveles altos de instrumentación y eficiencia. Me interesa realizar ese estudio, ese análisis, que produce un nuevo léxico”, dice Siegrist.

Desde aquella destrucción montada donde ella misma, de espaldas, amenaza con un hacha sus obras de arte favoritas, a la exposición en el living de su abuela –donde actualmente vive– de Domínguez Dentrecasa (una instalación con fotos intervenidas del mural pintado por Raúl Domínguez en la Estación Fluvial), o la intervención donde leía los poemas de Vikinga criolla sentada en un sillón de living “en llamas”, Lila hace de su biografía un material poético, una performance viva.

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“¿Cómo ser otra cosa todo el tiempo mientras somos esto? ¿Cómo descansar del trabajo de ser otra?”, se pregunta.

De mejor golfista a gran antigimnasia. La que se pinta las uñas de fucsia y se embarra los pies en el lodazal. La que escribe desnuda y la que se abrocha hasta el último botón de la blusa rematada con moño en el canesú. Rubia, pero de tarada, nada. Delicada anfitriona: dadora del stollen más húmedo y del “tres leches” de la Nuria. Hacedora y asadora de su fuego propio. La que navega un delta y escribe un río para contar todas las zambullidas de su vida. Y cuando los suyos no se reconocen en ese mosaico acuoso de la memoria familiar, ella manifiesta: “Y la verdad es que lo invento todo. Le pongo topping a los recuerdos”. La que persigue varones por las calles de la ciudad pero no es la novia errante, es guerrera y está calzada: “a pie de cañón”, “tengo un arma en las cuerdas vocales”, “tengo granada en mis bolsillos, soy kryptonita”, “prendo fuego todo”, “talar, talar, talar, hacha, armas en el atrezo”.

“No hablaría de odio, hablaría de desencuentros. Sí hablaría de amor, y de amistad, y de desolación, de soledad en los lugares del trabajo y la sociabilidad en salones enormes, del cuerpo inhóspito con sus ideas y el fragor del torrente por debajo de la piel. Como un desdoblamiento de estar”, dice de este libro que termina con un verso que resume buena parte de sus argumentos: “Te abrazo con toda mi amistad”.

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