Me miraba en el espejo tomando una distancia preventiva. Me anticipaba a lo que iba a encontrar: un color no muy saludable y un aire torvo que se iba instalando entre mi frente y mis ojos. Estaba pasando por una época “oscura”, eso era lo menos que podía decirse. La presencia obligada de mi suegra en casa me volvía una miserable, reducida a un pantano de resentimientos —y de culpas— que se alimentaba de pequeñeces domésticas: que si ella hacía mucho tuco o no, que si mandaba a comprar un pelapapas nuevo cuando yo adoraba el mío viejo y oxidado, que si eran mejores los fideos frescos o los de paquete, que si las peras, las naranjas o los kiwis… Me desgastaba en aquella lucha estéril que se extendía más allá de la cocina, en lo que yo llamaba el reinado de la chata: un tráfago incesante de palanganas y toallitas, pomadas, colonias y desodorantes.
Aunque había muchas razones, sobre todo de orden práctico, para haberla traído con nosotros, no podía perdonarle a Daniel que me hubiera impuesto la presencia de su madre en esos últimos años, ese espejo de la vejez y decadencia donde era demasiado pronto para mirarse. De manera que nos hablábamos poco y nuestros escasos diálogos estaban siempre contaminados de reproches.
La historia de las cartas empezó una tarde cualquiera en que yo entré a casa como de costumbre, compungida y pasando como una exhalación por el pasillo adonde daba el cuarto de mi suegra. Subí la escalera corriendo y me metí enseguida en mi escritorio, como en una guarida. Encendí la computadora que me saludó con su chasquido amistoso, abrí mi casilla de mensajes y después de desechar los de rutina, encontré uno de La Font, el editor de mi padre quien, a su vez, me reenviaba el mensaje de un tal Oriol Berdagué. Me incliné con curiosidad sobre la pantalla: ¡por fin alguna señal de la excitante diversidad de la vida!
23 de abril
Le estoy escribiendo por intermedio del señor La Font quien me ha facilitado su dirección para establecer contacto con familiares del señor Celso Hernández. El motivo es hablar de unos escritos que conservamos en este Ayuntamiento, al parecer una novela inédita, así como abundante correspondencia —verdadera poesía— pertenecientes a este escritor argentino, del que sabemos que el señor La Font editó una antología poética en 1999.
Gracias por su ayuda. Salutaciones,
Oriol Berdagué
Calmell (Girona), España
Me quedé perpleja, con la mente parpadeando como la luminosidad indecisa de mi vieja Mac. Tuve la inmediata sospecha de que se trataba de un malentendido, pero aun así leí y releí varias veces el mail regodeándome en ese perfume novelesco que traía desde la primera frase —“hablar de unos escritos”— hasta la última palabra: esas “salutaciones” pomposas.
¿De qué manera podían haber ido a parar algunos papeles de mi padre a un pueblito de la Costa Brava? Era muy improbable. Por otra parte, él nunca había escrito novelas, por fuerza me tendría que haber enterado. Debía tratarse de un error, pensé complacida, y debo haber sonreído porque los errores siempre me producen curiosidad, la estupidez, la torpeza de donde nacen o su fabulosa génesis, la suma de circunstancias fortuitas que lo fundan y que a su vez desencadenarán nuevos errores en un vértigo de Big Bang. A veces la arborescencia es desbocada y a veces acierta o condensa la verdad inicial, como en la historia de la manzana de Newton. Porque la famosa manzana no le cayó en la cabeza, sino que Newton estaba en su jardín reflexionando y vio entonces cómo una manzana caía de un árbol hacia el piso. Este hecho fue el que desencadenó su eureka: ¿por qué la manzana caía en forma perpendicular a la tierra? Después la anécdota se transformó en la manzana que cayó sobre su cabeza —la manzana golpeó, por así decir, su pensamiento—, una metáfora humorística y perfecta de la forma súbita en que una revelación sacude a un hombre.
Le hubiera gustado a Celso ese razonamiento. Lo imaginé sonriendo, como hacía él, con los labios apretados pero con un redoble de ironía en los ojos. Y no sería sólo por Newton la sonrisa, sino también porque se las había arreglado para caer sobre mí inesperadamente, cuando hacía décadas que lo tenía confinado en algún lugar lejano y cerrado de la memoria. Embalsamados el amor y la admiración, pero también su rémora de ausencias y reproches.
Le contesté muy rápido al tal Oriol diciéndole que, en efecto, yo era la hija del señor Celso Hernández pero que me llenaba de asombro su mail. Mi padre, le decía, nunca había escrito novelas y no veía cómo podrían haber llegado papeles de él hasta aquel rincón de Cataluña. Siendo el apellido Hernández tan común, tal vez se tratara de otro escritor del mismo apellido. De todas maneras, le agradecía la intención y me alegraba de que, fuera quien fuera aquel Hernández, se recuperaran textos que podían tener su valor.
Cuando Daniel volvió a casa, mientras comíamos y para evadir otros temas que nos llevarían de cajón a la pelea, le comenté la llegada del mail.
Intercambiamos algunas opiniones desvaídas sobre el tema. Nos asombramos una vez más de los efectos de internet, repetimos eso de que pertenecíamos a otra generación, que todavía no terminábamos de incorporar el vértigo informativo, que los adolescentes en cambio… y el tema se agotó. Las conversaciones de las parejas que llevan muchos años juntos son como los muebles de su casa, una vez que alcanzan una posición fija quedan allí para siempre, llenos de polvo por más que uno les pase el plumero todos los días. Lavé los platos, ordené la cocina y me senté en el living a leer el diario, pero resbalaba por los titulares sin poder concentrarme en las noticias, en su mayoría, por lo demás, deprimentes. Me sentía inquieta, sin sueño, tal vez debería haber salido a hacer una larga caminata. En lugar de eso, decidí tirar otro tomo de la Espasa Calpe. Hacía tiempo que lo venía haciendo, desde que la enciclopedia había llegado con Tola para ocupar con sus cien tomos un enorme espacio de la biblioteca. Todos coincidimos en que había que donarla o regalarla. Pero fue imposible, nadie quería una enciclopedia de los años cuarenta, así que rompiendo con toda reverencia hacia los libros, y pese a las preciosas ilustraciones que acompañaban algunos textos, cada vez que necesitaba hacerme un espacio tiraba al azar uno o dos tomos. Eso siempre me aliviaba, como si con cada libraco me deshiciera de un peso que llevaba sobre la espalda. Los dejaba junto al contenedor de la esquina y por la mañana ya no estaban. Las primeras veces me quedaba un momento espiando desde la puerta: una vez vi cómo una mujer se llevaba un tomo, lo iba hojeando complacida mientras caminaba, y otra vez a un cartonero que lo arrojó sin más en su carro. Destinos diversos. Pasaron varios días sin novedad. Tenía pocas horas en el instituto donde daba clases de español y estaba a la espera de un nuevo encargo de la editorial Tempo para la que trabajaba free lance. Entretanto, cada mañana, redoblaba la lucha doméstica con Tola. Uno de los puntos álgidos era la superproducción de tuco. Si algo no puede faltar, decía mi suegra, es el tuco. El tuco es el corazón de una casa, la señal de que la vida no detiene su curso, de que renueva sus sentidos. El olor del tuco santifica el hogar. En consecuencia, montada en su silla de ruedas, comandaba la compra de los inexorables ajíes verdes y rojos, las cebollitas de verdeo, los ajos y las salchichitas. No era de extrañar entonces que ese sábado al mediodía toda la casa oliera a cebolla frita. Volví de la cocina derrotada y culpable, me instalé en mi escritorio, encendí la computadora, e hice clic sobre mi casilla de correo.