2. Quisiera haber bailado con la Mireya, haber sentido su perfume en el roce de los rostros, haber hundido la nariz en sus rizos, haberle hablado al oído, haberle dicho que la amaba. Quisiera haber sido el amor de la Mireya. Quisiera haber sido el amor de esa rubia que hacía firuletes en lo de Hansen. Quisiera haber estado ahí, una noche de esas, y cruzarme con el Loco Cepeda y jugarme la vida por esa pasión.
3. No tengo claro si Manuel Romero, el autor de Tiempos viejos, la conoció a la Mireya o es un invento de su pluma. A mí se me hace, ya que por mentas me llega, que la rubia Mireya era una tal Margarita Verdier, a la que también llamaban la Oriental, que era uruguaya, que sus padres eran franceses y que vivía en un conventillo de Castro Barros al 400, llamado “María la Lunga”, en el barrio de Almagro.
4. Había muchas minas que bailaban como Dios manda. Dicen que Emma Bóveda era fabulosa y que Elsa O’Connor era inigualable. Y tal vez haya sido así y por eso fueron, ambas, parejas del Cachafaz, Ovidio Bianquet, el mismo que firuleteó en París y que nunca necesito usar revólver porque tenía la mano pesada y con eso era suficiente. Y, además, estaba la Parda Esther, una morocha bonita que era pareja de Santillán, conocido como el Pardo, que organizaba los bailes del salón San Martín, de la calle Rodríguez Peña, ese mismo Pardo que tuvo un contrapunto con el mismísimo Cachafaz y que cerraba las noches de milonga y tenía la costumbre de apagar el último pucho en el cordón de la vereda, antes de salir caminando, con las manos en los bolsillos, lento por el empedrado del amanecer.
5. A mí se me hace que la Mireya fue única. Y que por eso era la Mireya. Dicen que dicen y del dicho quedan las palabras y de las palabras las historias y de las historias el humo de los recuerdos y de los recuerdos se alimenta la memoria. Y dicen que Mireya, ese modo de llamarla, surgió de un poema que escribió Frédéric Mistral, un francés que recibió el Nobel de Literatura en 1904. El poema de Mistral se titulaba Mireio (en lengua de Provence), que al francés pasó como Mirelle y a la Reina del Plata, llegó convertido en Mirella. Y para el arrabal terminó siendo Mireya. Y algunos acotan que es una derivación de María y que significa “la maravillosa” o “la digna de admiración”. Dicen que dicen y lo que se dice lo lleva el viento o se queda para siempre en el perfume que eternamente habrá de flotar en el aire de esa mujer inolvidable. Y por eso, para mí, la Mireya fue única.
6. Lo de Hansen era un café y restaurante que se inauguró en 1869. Estaba en Palermo, en la avenida de las Palmeras, ahora Sarmiento, y el dueño era Juan Hansen, un inmigrante alemán. Y bien puede decirse que lo de Hansen fue una de las cunas del tango. Por aquellos tiempos estaba prohibido bailar en sitios públicos, siendo permitido con posterioridad en el Pabellón de las Rosas, la primera boîte de Buenos Aires. La cosa es que, ya entrada la noche, en lo de Hansen se cambiaba la iluminación del ingreso y de ese modo de ponía de manifiesto que empezaba la milonga. Y lo oculto y prohibido cobraba brillo y se le sacaba viruta al piso. Y “se formaba rueda pa’ verla bailar”. A la Mireya. A la única. A la mujer que, yo mismo y así como se los digo, hubiese querido enamorar.
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7. Andrés Cepeda nació en Brandsen, el 18 de mayo de 1879. Era bravo y pasó la mayor parte de su vida detenido por la policía porque siempre andaba en riñas o estafando a alguien. Pero, según se cuenta, la verdadera razón de la persecución que sufría era por su doble condición de anarquista y homosexual. En la cárcel se dedicó a escribir poesía y era conocido como “El divino poeta de la prisión”. En 1910 murió asesinado por una puñalada en el Paseo Colón, frente al café La Loba, y en su agonía se negó a denunciar a su asesino. Cepeda era un hombre de ley, no un batidor, y eso quedó registrado en el tango Sangre maleva, inspirado en él y escrito en su honor. El Loco Cepeda tuvo una vida dura. Cita el parte policial de la época que era “soltero, de tez blanca, pelo castaño y bigote ídem, ojos castaños, cigarrero, lee y escribe”. Carlos Gardel fue su amigo y, en 1912, luego de la muerte de Cepeda, grabó alguno de sus textos, que habían sido musicalizados, como es el caso de El poncho del olvido. Tanto fue el dolor de Carlitos que le pidió a Manuel Romero que cambiara Cepeda por Rivera, para preservarlo, pero, justamente, el tiempo y las historias y el anecdotario fueron más fuertes y Cepeda es Cepeda, el que supo defender a la Mireya para siempre.
8. Se hace la noche. Y se me ocurre pensar en la Mireya. La miro. Está frente al espejito que cuelga de la pared de esa pensión de mala muerte. Se pinta los labios, acomoda su cabello, se perfuma, gira la cabeza para observar ese medio perfil que quita el sueño de los hombres. Tiene un vestido lacio, llovido, color marfil, suelto. Su cuerpo es delgado, leve, y todo el peso de su belleza está en sus gestos, en los de sus ojos al mirar, en los de su boca al besar y en los de sus piernas al bailar. En la pensión se escuchan los movimientos del atardecer. Los pasos y las voces de los hombres que vuelven de sus trabajos, las mujeres que matean en el patio mientras charlan y los pibes a las corridas. La Mireya sale del cuartito y es un ave de la noche y, majestuosa en su brillo, cobra vuelo perfumándolo todo a cada paso, a cada aleteo. Y, Dios mío, en el tecleo se me van las palabras detrás de esa Mireya, se van mis palabras a tironearle la falda, a respirar el olor a madreselva que tiene su cuello, a beber de sus labios el amor que anda rondando.
9. Pero todo pasa, como pasa la belleza y como pasan los sueños. Y pasan las risas y los abrazos. Y pasan las miradas y las pasiones. Y, como de un plumazo, pasa la vida misma. Y así pasaron Cepeda y el filo de su cuchillo. Y así pasaron lo de Hansen y la milonga de esos tiempos. Y así pasó la rubia Mireya. Y cito, porque esta parte de la historia no quiero escribirla, por pena, por dolor y porque no quiero, no quiero hablar del final de la Mireya, darle el gusto a ese pasar y, además, porque no hay viento, por fuerte que sea, capaz de arrastrar la belleza. Cito: la pobreza la hizo abandonar la pieza que alquilaba y tuvo que ir a recalar a uno de los ranchos orilleros de Puente Alsina. Sobrevivió con una pensión escasa que ella invertía en comida, bebida y algún disco para el fonógrafo. Una tarde de hace algunos tantos años, la atendió, en el Hospital Penna, el doctor José María Barrios. La rubia Mireya tenía 85 años. Murió, poco tiempo después, en el Muñiz.
10. Hace algunos días que escribo esta crónica, que busco datos, que voy y que vengo, que siento el perfume de la Mireya, que la acerco hasta mi escritorio y que miro como se aleja con ese paso encantador y se diluye en el sonido rumoroso de la ciudad. Hace algunos días que ando en esto y que no quiero andar en otras cosas. Hace algunos días que lo único que hago es nombrarla, citarla, decirla, amarla a mi modo de palabras. Hace algunos días que canturreo el tango que la menciona y que la rescata siempre en la voz de una noche cálida. Hace algún tiempo que hago que el tiempo sea un bollo de luz apretado en mi mano y no más que eso. Hace algún tiempo que la miro a los ojos. Hace algún tiempo que imagino que me nombra, en la cara misma del Loco Cepeda, y me invita a bailar para siempre.