Cultura y Libros

El amor de Berger

Domingo 25 de Marzo de 2018

UNO
Sobre la década del 70, John Berger conoció a Beverly Bancroft, editora de Penguin Books. Se conocieron a partir de Modos de ver, el libro sobre el que trabajaba Berger. El tenía cuarentipico y ella unos diez años menos. Y pasaron 40 años juntos. Y tuvieron un hijo, Yves. Y fue, a partir del primer encuentro, la primera lectora de Berger. Cuando escribía, inevitablemente esperaba su reacción, supo lanzar John Berger al aire de las letras, alguna vez y luego de la muerte de Beverly, con la mirada perdida en los anaqueles repletos de libros, para citarla, para traerla.

DOS
El Rondó es una forma musical cuyo rasgo típico es la vuelta al tema principal después de cada digresión. En este equilibrio siempre se regresa. Siempre hay un camino de retorno a la melodía principal. Siempre se vuelve la mirada y tras la mirada van los pasos, volviendo. Cada paso es una nota. Y volver es, tal vez, uno de los músculos principales de la nostalgia. Hay una creencia, como la de quien suscribe el presente texto, de que siempre se vuelve. Siempre estamos volviendo. Siempre estamos volviendo a la belleza. A los perfumes pasados. A los rayos de luz entrando por las ventanas de la infancia. A los sonidos inolvidables de las voces de los hijos. O al eterno temblor ante el mínimo primer roce con la persona amada. Siempre estamos volviendo. Siempre se vuelve al silencio de algún limonero de algún patio del fondo de alguna casa en la que hemos sido felices. Y siempre estaremos volviendo al amor. Siempre se vuelve al amor.

TRES
Desconozco si John Berger conoció a Tom Waits. Desconozco si John Berger escuchaba a Tom Waits o si Tom Waits leía o lee a John Berger. Además, desconozco si Tom Waits sabe acerca del Rondó que es parte de estas palabras que se van enlazando entorno de John Berger y de Beverly Bancroft pero, dentro de su ya lejano álbum debut, Closing time, salido en 1973, tiene un maravilloso tema llamado "Martha" que refiere a un tal Tom Frost hablando telefónicamente, después de muchos años, con la que fuera el amor de su vida. And I remember quiet evenings trembling close to you, dice Frost/ Waits en el final de la letra. Aún recuerdo las tardes tranquilas temblando junto a ti.

CUATRO
Siempre se vuelve al amor.

CINCO
Ludwig van Beethoven escribió, en 1798, el Rondó para piano, en Sol mayor, Opus 51, Nº 2 , "Andante cantabile e grazioso" y lo dedicó a la condesa Henriette von Lichnowsky. Y John Berger escribió, con su hijo Yves, su Rondó for Beverly a los pocos meses del fallecimiento de ella, el 30 de julio de 2013.

SEIS
La apertura del libro es una foto en blanco y negro, a doble hoja, del despacho de Beverly Bancroft, en la casa a la que se mudaron en 1972 y donde vivirían por el resto del tiempo, en Haute-Sovoie, un pueblo de la región alpina de Francia. Algunos muebles viejos, una silla para visita y la silla particular de Beverly con una prenda en su respaldo, una mesa que oficia de escritorio, una salamandra, un par de lámparas con la pantalla torcida, una mesa baja repleta de libros desordenados, más libros por otros lado, un par de cuadros, una ventana que denota anchas paredes y una luz intensa entrando a través de las cortinas. ¿Qué hora sería cuando John Christie tomó esta fotografía en la que el sol intenso ilumina, a través de las cortinas, la intimidad del despacho de Beverly? ¿Estaría Berger junto a Beverly en ese exacto momento en el que la luz se opaca contra las cortinas sin perder su intensidad? ¿Cuántas veces habrá ingresado John Berger a ese espacio íntimo de Beverly para hacerle un comentario o para invitarla a caminar por la campiña? La sencillez en la belleza de lo cotidiano. El amor que aroma lo que roza. Así es el libro en el que John y Yves Berger relatan, entre fotografías y dibujos de ambos, los gestos que Beverly Bancroft dejó flotando para siempre en la vida de ambos.

SIETE
"Te gustaba cuidar de las plantas porque era una manera de acariciar el futuro, de acomodarlo, de forma parecida a como me colocabas la bufanda junto a la puerta antes de salir al frío", dice John Berger en la página 18, en el comienzo de un breve relato tan íntimo como pequeño porque, en definitiva, como bien cita Berger, haciendo un necesario puente con el futuro, lo que queda, lo que se recuerda, lo que se respira luego del adiós, son esas pequeñísimas partículas de belleza que conformaron alguna vez lo de todos los días, eso que vivimos cotidianamente mientras vivimos cotidianamente. Y pienso en la luz entrando en el despacho de Beverly y pienso en esa luz reflejada en las partículas de polvo que habrán estado flotando en el ambiente. Y miro la entrada de luz, en esta tarde de marzo, en mi propia ventana y en esos mínimos brillos que hacen al instante. Siempre hay un instante florando en la memoria para siempre, aun después de nosotros mismos, aun cuando todo ya no esté estará la hermosura de lo ido en la memoria de las partículas aromando el aire de las horas.

OCHO
Beverly Bancroft era una mujer delgada, usaba lentes, fumaba con lentitud, era apacible. Hacía de la tarde un cuenco donde guardar las frambuesas del huerto que ella misma cuidaba: con dedicación lo desmalezaba a lo largo del año para recibir los frutos luego de un agosto soleado. Utilizaba guantes para protegerse de las ortigas. Cuando Beverly ya no pudo moverse de la cama, John Berger continuó con las tareas del cuidado de las frambuesas y, luego de recogerlas con el mismo amor con el que lo haría Beverly, se las daba en la boca, una a una, en un tiempo sin tiempo. Luego de Beverly, Berger recordaría y recrearía estas instancias cada vez que saboreaba una frambuesa del huerto de esa casa en la que el amor supo posarse.

NUEVE
¿Qué hacer con la ropa de ella? Se pregunta Berger al borde del abismo ¿Qué hacer con sus pequeñas cosas cotidianas? ¿Qué hacer con el abrigo de lluvia que durante años estuvo colgado en el perchero que está junto a la puerta de ingreso de la casa? ¿Qué hacer con los cristales graduados y guardados en un sobre de la óptica, que eran para sus gafas, y que no llegaron a ser reemplazados? ¿Qué hacer con el paquete de cigarrillos a medio terminar? ¿Qué hacer con los manuscritos inconclusos? ¿Qué hacer con la luz que aún continúa ingresando por la ventana de su despacho, a través de las cortinas, a pesar de su ausencia? ¿Qué hacer? ¿Qué hacer?

DIEZ
John Berger murió en París el 2 de enero de 2017. Quedan sus fotografías, sus pinturas y la inmensa lucidez de sus palabras.
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ONCE
Hace unos 20 años, en 1997, John Berger escribió Cada vez que decimos adiós, un fantástico libro dedicado, precisamente, a Beverly Bancroft. Cada vez que decimos adiós, ¿es una pregunta? ¿Es una frase para ser continuada por cada uno de nosotros? ¿Es un pensamiento íntimo? ¿Es el final de algo acontecido? ¿Qué ocurre cada vez que decimos adiós? Han pasado 20 años de ese libro y me pregunto cuántas veces hemos dicho adiós. Adiós Beverly Bancroft, adiós John Berger. El tiempo ha transcurrido y ya nada habrá de repetirse.

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