Una vez más se acerca la Navidad y, junto a su evocación, se nos presenta la oportunidad de dirigir nuestra mirada a Jesús en el pesebre, que nos invita a seguir sus pasos. Frente a las muchas ocupaciones y preocupaciones que a lo largo del año fijan nuestra atención en lo inmediato y urgente, quizá perdiendo la perspectiva de lo importante; la Navidad nos invita a levantar la mirada por encima de las contingencias diarias y reposarla sobre lo esencial. "Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos" (Juan 15, 13). Este es el dato central de la redención, causa por la cual Dios se hizo hombre y "habitó entre nosotros". La venida de Jesús se proyecta sobre todos los hombres –que también son sus hermanos– para salvarnos del pecado, con su pasión y muerte en la cruz. En este contexto, cobran su verdadero sentido los villancicos populares, los arreglos navideños que engalanan los hogares, paseos públicos y comercios en estos días. Del nacimiento de Jesús como acto supremo de amor se deriva también un gran acto de solidaridad. Podemos aprovechar, entonces, para examinar qué lugar ocupan estos valores en nuestra existencia y contrastarlos con la vida de todos los días. Entender la solidaridad como el compromiso operativo de procurar el bien común de los distintos ámbitos sociales de los que formamos parte (la familia, el trabajo, los amigos, el club, la ciudad, la nación...) nos abre múltiples posibilidades. Sólo es verdaderamente solidario quien se ocupa de las oportunidades concretas que la vida le presenta día a día. De ahí que, más allá de las distancias, la violación de una norma legal o de una regla de convivencia, por más intrascendente que parezca –como, por ejemplo, tirar un papel en la calle– son actos antisolidarios, porque influyen negativamente en la vida de otras personas. En este sentido, podemos realizar muchos actos de solidaridad en la rutina cotidiana, sin necesidad de hacer cosas extraordinarias. El espíritu de Jesús que nace en el pesebre nos presenta el servicio de María y de José y nos impulsa a ser solidarios. Esta solidaridad se descubre al estar pendientes de los demás, también en los hechos y cosas pequeñas que llenan nuestra existencia diaria. Por supuesto que estas cosas de todos los días no excluyen aquellas otras acciones más marcadamente solidarias, pero que generalmente sólo podemos realizar de vez en cuando. Amor y solidaridad, para que sean auténticos, deben respetar su orden natural: cercanía y necesidad. Hemos de ser solidarios, en primer lugar, con las personas que tenemos más próximas y con las que padecen más necesidades. Por eso, y como bien dice el refrán, "la caridad bien entendida empieza por casa". En el ámbito de nuestra familia y amistades es donde tenemos que cultivar primeramente estos valores. Sólo de ese modo seremos capaces de salir del ego para hacer propias las necesidades de aquellos menos favorecidos y, por eso, más urgidos de nuestra ayuda. La Navidad es, por fin, tiempo de esperanza, de esperanza para todos. Para el que vive el amor y la solidaridad dándolos a los demás y para quien los recibe. Dice Benedicto XVI en su última encíclica sobre la esperanza: "el presente, aunque sea un presente fatigoso, se puede vivir y aceptar si lleva hacia una meta, si podemos estar seguros de esta meta y si esta meta es tan grande que justifique el esfuerzo del camino" (Spe Salvi, 1). La meta en Navidad es clará: recuperar la conciencia del amor de Dios por nosotros y transmitirlo a los demás. Miremos de nuevo a Jesús Niño y no olvidemos ni su amor ni sus enseñanzas.


























