En los años 40 y 50 la isla Charigüé estaba habitada en su mayoría por familias de origen europeo que se dedicaban al cultivo de la tierra.

En los años 40 y 50 la isla Charigüé estaba habitada en su mayoría por familias de origen europeo que se dedicaban al cultivo de la tierra.
Un día llegó a ella un señor llamado Emilio Yosti, que puso un almacén de ramos generales y una unidad básica. Era un militante de la causa peronista. Allí se realizaban las reuniones y se informaba todo lo referente al gobierno. Seguramente de allí surgió la idea de realizar una marcha de antorchas por la orilla del arroyo Las Lechiguanas para pedir por la salud de Evita.
Ese 26 de julio de 1952 fue un día frío pero soleado. Tengo presente a mi mamá llegar con cartulinas amarillas y velas. “Vamos a preparar antorchas”, dijo. “Y para qué?”, preguntamos con mis hermanos. “Porque hoy salimos a rezar por la salud de Evita, está muy enferma”. Poco entendíamos, pero yo con mis casi siete añitos comprendí, me entusiasmé y la ayudé a realizarlas.
A la tardecita, casi oscureciendo, vimos venir mucha gente rezando y a medida que oscurecía se encendían las antorchas y se sumaban las familias. Las oraciones se hacían oír y el rostro de los mayores estaban cubiertos de lágrimas. Era el pueblo, su pueblo, el que Evita defendió, protegió y por sobre todo amó.
El hombre y la mujer humilde, los niños y ancianos a los que se les dio derechos e igualdad de oportunidades. Cómo no pedir a Dios por vos, querida compañera Evita. Cuando regresamos sólo nuestras antorchas iluminaban el largo camino isleño. Ya era de noche. A la mañana siguiente, en el abrazo de un tío con mi madre me di cuenta que habías partido. Sus lágrimas me lo dijeron.
Con mis casi 77 años tengo presente en mi mente ese día que me marcó para siempre y que cada 26 de julio lo recuerdo como si fuera hoy. Nuestras oraciones no te salvaron la vida, pero sirvieron para que ángeles hayan llevado tu espíritu al regazo de Dios, donde estoy segura descansás en paz.
Elida García


