calle San Luis

Calle San Luis: historia y presente de la ruta de la seda rosarina

Las diez cuadras del centro comercial más antiguo, popular, ecuménico y ecléctico y con edificios patrimoniales siguen vivas en plena pandemia

Jueves 16 de Julio de 2020

Quienes dicen que árabes y judíos siempre fueron enemigos se equivocan. Deberían caminar de oeste a este, sólo diez cuadras céntricas de Rosario para corroborar que eso no es así. Calle San Luis, desde Moreno a peatonal San Martín, del 1900 al 1000, es la muestra. Allí, árabes católicos y judíos sefaradíes, muchos analfabetos, llegaron en el siglo pasado juntos desde Alepo (Siria). Tras 12 mil kilómetros y varias semanas de viaje bajaron de los barcos y crearon la "ruta de la seda" local. Se convirtieron en vendedores de telas, hilos, agujas, lanas, redecillas, medias de gasa y puntillas para el gusto de las mujeres de la época. Y le dieron vida al centro comercial más antiguo, ecuménico, colorido, ruidoso, popular de la región. El que hoy se convirtió en polirrubro, aglutina a 480 comercios y a 3 mil empleados directos. Vigoroso: ni la pandemia pudo con calle San Luis.

A diferencia de otras zonas del centro, los locales acá siguen activos y en sus estrechas veredas se mezclan vendedores ambulantes con transeúntes, el zigzagueo de mozos bandejeros, el bullicio del tránsito desordenado y hasta la presencia de “la tercera generación de mecheras”, según confiesan los propios comerciantes. Y a todo ese universo se cuelan largas colas de clientes que dejaron de viajar a La Salada, Once, Floresta y Constitución y reviven el esplendor de los años 70, en plena cuarentena.

Varios descendientes de esas familias siguen manteniendo el latido de esta arteria que cambió completamente el maquillaje con las recetas neoliberales de los 90. El histórico Elías Soso, cuarta generación de comerciantes de la calle, y el presidente de la Asociación de Comerciantes del Centro Comercial a Cielo Abierto Calle San Luis, Miguel Angel Rucco Gulam, vieja y nueva camada de árabes no musulmanes, tanto como Daniel Hanono, de la comunidad hebrea, cada uno desde sus locales netamente "atendidos por sus dueños", le cuentan a La Capital el pasado y presente del cosmopolita centro comercial y avizoran su futuro.

Calle San Luis

Los tres confiesan que esta calle, de alguna manera es su "hogar", un concepto que quedó grabado literalmente en el cruce de calles de Dorrego y San Luis, con letras de ambos alfabetos.

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Las primeras huellas

Tanto Soso como Rucco Gulam y Hanono cuentan que sus antepasados compartieron costumbres propias, adoptaron el mate y con los años se hicieron hinchas de fútbol: algunos de Central, otros de Newell's. A los que marcaron las primeras huellas se sumaron otras olas migratorias; españoles, italianos y los judíos askenazí quienes partían de Europa Oriental tras la Segunda Guerra Mundial. Los "rusos”, los llamaron acá y, junto a los apodados “turcos” se instalaron con sus proles, templos y clubes en esta ciudad portuaria y cerealera conocida como "La Chicago argentina". Tuvieron hijos y hasta se casaron entre primos, celebraron sus cultos, compartieron momentos de ocio a pura timba y convivieron comercialmente.

Así, entre 1900 y 1920, los Sauan, tanto como los Moljo, Gulam, Harari, Abraham, Mochon, Cobe, Abdelmalek, Levi, Adomie, Blejer, Manzur y Wolkowicz, entre otros tantos surtieron a toda la región y a distintas provincias desde sus negocios mayoristas alineados en las dos manos de una calle que había sido construida a mediados del 1800 por convictos, y terminaba en el río Paraná.

Soso tiene 81 años y tuvo negocios prácticamente en cada una de las diez cuadras de calle San Luis. Su fuerte fueron las camisas. Y desde la comunidad hebrea el mismo rubro tenía el sello de otra fábrica que ya no existe, fundada por un hombre llegado de Bielorrusia (hoy Polonia): Abraham Wolkowicz. Su hija, Rosa de casi 80 años, aún vive en la zona y el nieto no hace camisas sino música: "Mi banda empezó a ensayar en un negocio de mis viejos, en San Luis 1864 ", dice Andrés "El Polaco" Abramowski, cantante de El Regreso del Coelacanto.

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Y si se habla de música viene bien el recuerdo del jingle de hace varias décadas atrás: "Tengo puesta una camisa, suave y hermosa. Tengo puesta Sosotex, la cariñosa...", cuando la firma llegó a vender 20 mil unidades al mes.

El último y actual local de esta rama de la familia está ubicado frente a la plaza Sarmiento, pero ahora lo lleva adelante su hijo Flavio, el primogénito: máximo heredero en la costumbre árabe. "Pasen, este es un típico negocio de turcos", dice Elías

El local es angosto y tiene una entrada sin estridencias, pero al fondo se abre en grandes dimensiones, como muchos comercios-galpones de esta arteria, que en comparación dejan en el rango de minúsculas maquetas a la mayoría de los locales del microcentro.

Las paredes del negocio están empapeladas de piso a techo con los más diversos rollos de telas. Desde allí, el "dinosaurio" de la familia, tal como se presenta Soso, pinta con una anécdota la buena relación que hubo entre paisanos de calle San Luis "desde el comienzo".

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“¿Qué necesitan para empezar, telas? Llévense las que necesitan y después me las pagan”, le dijo David Hanono, padre de Daniel, a un joven Elías, dando a entender que bastaba la palabra para tomar crédito. De ese modo Soso y sus hermanos seguían los caminos de vendedores ambulantes de su papá, Abdo Salvador, quien había bajado de un barco en 1924 junto a seis hermanos y su abuela, sola: viuda de un carbonero en Siria.

Elías habla de su abuela y de su madre como las que "manejaban la situación familiar" y asegura que "no renegaban" del lugar hogareño y de crianza que les daba el varón. Su mamá tenía 14 años cuando la trajeron de Siria para casarse con su papá, de 27 años y tras haberlo visto sólo una vez por foto.

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"En el primer encuentro, a mi papá le habían dicho que le pegue a quien lo acompañó un puntín bajo la mesa si no le gustaba la chica. No fue necesario: ella era linda y él, simpático. Eso los enamoró y siempre se llevaron bien", afirma el hijo de ese hombre analfabeto que terminó su secundario de noche en el Superior de Comercio y se define como "desarrollista de Frondizi".

Soso no sólo vendió camisas "cariñosas" sino que dirigió por tres décadas la Asociación Empresaria de Rosario (AER) y presidió la Confederación Argentina de la Mediana Empresa (Came). Locuaz y memorioso, Soso dice irónicamente que va "por el bronce" y nadie lo contradice: ya logró ser reconocido por su trayectoria por el Concejo municipal, la Cámara de Diputados santafesinos y su apellido es una marca de más de cien años en la ciudad.

Capitán de barco

Hanono, de 69 años, y socio con su hermano Saúl, también rescata la anécdota entre su padre y Elías Soso, pero para retratar la figura del "cuéntering", ese vendedor que daba sus primeros pasos con un pesado bolso al hombro, lleno de mercadería, y timbreaba puerta a puerta, con una libreta para anotar las ventas, pedidos y deudas a cobrar.

Así había empezado a vender su abuelo Saúl quien zarpó de Siria hacia Brooklyn, Estados Unidos, y por una pandemia como la de ahora terminó por estos lares, tuvo 17 hijos (trece de ellos vivos) y a los siete primeros les puso de primer nombre "Saúl", un rasgo sefaradí.

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Con los años la familia también llegó a calle San Luis, donde el actual local de los Hanono no es el primero.

"Empezamos en uno de tres por dos acá cerca por calle Entre Ríos", cuenta el hombre que hoy tiene una oficina en la popa de un barco. Sí, su inmenso comercio mayorista, de San Luis al 1800, fue diseñado hace 37 años con forma de nave. Está lleno de cajas y bolsas con ropa destinada a los comisionistas y fleteros que aún la llevan a localidades vecinas a Rosario e interprovinciales.

Con Daniel también trabaja, codo a codo, su hijo Guillermo, que bromea ante las visitas: "Ojo cuando charlen porque algo les va a vender". El padre recoge el chiste: "Todo se vende, menos la vergüenza" y no se achica: "Si llegué a vender gamulanes en Santiago del Estero, en noviembre...", dice Hanono, el mismo hombre que saluda a una clienta con nombre y apellido y le pregunta por la salud de su mamá, el mismo que asegura que siempre el negocio tuvo seis empleados y "nunca nadie se fue enojado", el mismo que fue dos veces presidente de la Unión Sionista y dice que calle San Luis, lo "emociona".

Hanono descuelga un cuadro de su oficina y cuenta otra historia que ilustra la importancia de la palabra empeñada en épocas de su abuelo. "Como se trabajaba sin descanso para atender a la gente que venía a comprar desde las provincias del norte, entonces los paisanos de una y otra comunidad firmaron un documento en el que prometían cerrar a las 20 horas, a riesgo de ser repudiados de manera ejemplar". ¿Qué significaba ese castigo? "No jugar más a las cartas con el incumplidor, ni hablarle", responde Hanono para dar cuenta de la ignominia que significaba ese ninguneo para los comerciantes, quienes tras el cierre de los negocios se reunían a jugar a las cartas por plata y le pagaban unos pesos a algún chiquito para que hiciera de campana en caso de ver a la policía.

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Rucco Gulam, tiene 48 años y es la cuarta generación de comerciantes de su familia, en calle San Luis. Habla de las tradiciones árabes de manera más relajada. "Antes a las mujeres de las familia se les daba alguna joya importante como herencia y a los varones las propiedades. Eso cambió".

Es que en calle San Luis muchos hicieron riqueza. Familiones enteros iban de vacaciones a Córdoba o Mar del Plata y la noticia se publicaba en la sección Sociales de La Capital. También invertían en propiedades, de bulevar Oroño o Pellegrini, una costumbre de otra época.

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El joven comerciante tiene un negocio polirrubro, por mayor y por menor, que atiende al mismo tiempo que habla con la prensa, responde los Whasapp de la clientela y acuerda ventas con sus empleados. En las vidrieras están los rasgos de la comercialización librecambista que llegó para quedarse hace pocas décadas. Compiten mochilas con los escudos de Central y de Newell´s, juguetes, gorros, guantes y artículos de bazar. "¿Hola, venden platos?", pregunta una señora que entra al negocio durante la nota, mientras un empleado anota un pedido que le hacen desde un pueblo: "Cien pistolas y cajas de cebita". Como diría una copla sevillana: "De todo como en botica".

"Empecé a atar paquetes en el depósito de mi tío", dice Rucco Gulam desde la puerta de su local y describe la mixtura de las vidrieras de la calle, algunas tan modernas como un local de la peatonal o un shopping y otras que conservan maniquíes de otras décadas y carteles con ofertas escritas a mano, casi piezas de museo.

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"Este centro comercial es un crisol de razas, genera empleo y provee a otros centros. Se esta vendiendo muy bien al por mayor porque la gente se dio cuenta que acá en calle San Luis hay mucha variedad y la diferencia de precios con Buenos Aires es mínima: no vale la pena viajar ni perder un día allá ni sumarle el costo del viaje a la compra, además acá hay venta personalizada", asegura Rucco Gulam como buen vendedor. El sostiene que "San Luis soportó y superó todas las crisis" y ante el comentario, Soso apunta a "la época de Martínez de Hoz como la peor" de esta calle, si bien muchos recuerdan a las ollas enlozadas que regaló en diciembre de 2001 durante la crisis del delarruismo y, Hanono, fija ese momento, el 2001 como "la gran debacle".

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Pero Rucco Gulam insiste que mucho se puede hacer aún. "Hemos peatonalizado la calle en días especiales de venta, la iluminamos y la vamos a seguir mejorando, enfrentamos todas las crisis y lo seguiremos haciendo incluyendo a todos los rubros. Acá en San Luis hay mucha variedad, la diferencia de precios con Buenos Aires es mínima y no vale la pena viajar ni perder un día allá", anticipó con tono de garantía.

Un mundo en diez cuadras

Las marcas de edificios de alto valor patrimonial son otro rasgo característico de este mundo en diez cuadras de calle San Luis, el trayecto que tenía origen en la Asistencia Pública (donde hoy se ubica el Centro de Especialidades Médicas Ambulatorias de Rosario) y terminaba en el Mercado del Abasto (donde actualmente se emplaza la plaza Montenegro). Un tramo de la ciudad que se llenó de luz cuando en 1929 Estados Unidos caía en la más trágica crisis capitalista: allí el alumbrado público desplazó al gas.

En medio de ambas puntas se construyeron piezas art decó, italianizantes y art noveau hoy tapadas por carteles y marquesinas, donde en otra época imperaban las clásicas leyendas "El Rey de..." o "La Casa del...".

Por citar sólo algunas joyas patrimoniales: al 1300, frente a plaza Sarmiento, la Residencia Fracassi (data de 1925 y fue proyectada por Angel Guido). Hoy es un laberíntico y popular comercio polirrubro de otra familia árabe tradicional, los Baclini.

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Al 1100, entre Mitre y Sarmiento, tres joyas. El sobrio y elegante palacio Nápoli con una puerta señorial y construidos por la misma familia catalana se levantan a mitad de cuadra la antigua panadería y confitería La Europea (de 1916 y con chimenea de ladrillos, todo un modelo en la ciudad del modernismo catalán) y, hacia el te en la esquina, el residencial Palacio Cabanellas, con un negocio mayorista en su planta baja.

En diagonal al Cabanellas, en el 1000, el soberbio edificio de oficinas Boero, construido en 1930, con reminiscencias decó en lo alto y una farmacia en lo bajo.

Pero además de edificios y negocios el tramo comercial fue interrumpido por plazas y hasta una laguna. A mediados de 1800 se formó por declive natural la Laguna Sánchez, un terreno que luego acogió a la actual plaza Sarmiento. Supo estar acorralada por las vías del tren al sur (calle San Juan) y por el estacionamiento de mateos y carros, al norte, en plena calle San Luis donde hoy llegan y salen colectivos.

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"Desde allí salían los carreros con los paquetes hacia la estación Rosario Central y Rosario Norte", recordó Soso.

Sobre las calles laterales a San Luis también había submundos. Lo santo y lo pagano. Templos, conventillos y hoteles alojamiento. La sinagoga sefaradí por calle Dorrego, la iglesia ortodoxa por calle Italia, la católica bizantina por Moreno y la sinagoga masorti o de judaísmo conservador, por Paraguay. “Todos funcionaban como lugares donde los inmigrantes se juntaban y pasaban los fines de semana", dijo Soso, antes de apuntar también al club Sirio como centro de socialización.

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