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Domingo 21 de Agosto de 2016

El gran coro de los recuerdos

Los Oesterheld, de Fernanda Nicolini y Alicia Beltrami, narra la vida de la familia del famoso guionista de historietas, que fue masacrada durante la última dictadura. La rigurosa investigación realizada por sus autoras permite reconstruir una época del país que estuvo marcada por el auge de masas, el fervor cultural y la convicción revolucionaria

"Hijita mía querida, en medio de todo este horror, de este infierno, acabo de recibir tu carta. No puedo decirte lo que esto ha sido para mí, tratá de imaginar la necesidad ya delirante que tengo de estar con alguna de ustedes, de hablar, de consolarnos, y de querernos más que nunca, de unirnos, de protegernos. (...) A fuerza de vivir en la ficción, en nuestra casa se gestó la novela de ciencia ficción más terrible que jamás cerebro alguno pudo crear: la destrucción y degradación de toda una familia en forma sistemática", escribe Elsa Sánchez de Oesterheld en una carta a su hija Diana en 1976. Las palabras de Elsa conmueven (y causan escalofríos) por su dolor. También por esa lucha por mantenerse de pie en un momento donde las peores noticias comenzaban a ser ciertas. La última dictadura militar desapareció a sus cuatro hijas: Estela, Diana, Beatriz y Marina. También a su marido, Héctor Germán Oesterheld. Y a tres yernos. Y a dos nietitos que, como ella dice, "estaban en la panza". Sin quererlo, sin pensarlo, Elsa se transformó en la síntesis de las ficciones que había escrito Héctor aun antes de esa maravilla ahora canónica que es El Eternauta: el modo en que personas comunes se juntan y enfrentan hechos tan extraordinarios como adversos. En el caso de Elsa, esa transformación comenzó a ocurrir en los años ochenta, cuando se acercó a Abuelas de Plaza de Mayo y lentamente pudo transformar su enojo y su dolor solitario en testimonio luminoso. Así se puede entender la frase que dijo al inaugurarse la Feria del Libro de Frankfurt en 2010, invitada por la entonces presidenta Cristina Fernández de Kirchner: "Yo que creí estar muerta y hoy vuelvo a tener esperanzas".

Este tránsito es apenas una de las múltiples líneas que recorre la biografía Los Oesterheld, escrita por las periodistas Fernanda Nicolini y Alicia Beltrami. Editado por Sudamericana, este libro es un relato coral construido a partir de unos doscientos testimonios; con nombres provenientes de campos diversos que permiten adivinar las tensiones políticas de una época, sí, pero también la efervescencia cultural de la que esta familia era parte. Allí figuran, entre otros, Mempo Giardinelli, Patricia y Enrique Breccia, Eduardo Stupía, Jorge Álvarez. También Roberto Perdía, y los periodistas Luis Bruschtein y Carlos Aznárez (militante que trabajó con Rodolfo Walsh en la agencia clandestina de noticias Ancla), entre otros.


"En el caso de Elsa, esa transformación comenzó a ocurrir en los 80, cuando se acercó a Abuelas y pudo transformar su enojo y su dolor solitario en testimonio luminoso"

Podría parecer, mirada con inocencia, una novela trágica pero también fascinante. Y es que en términos formales, el relato está inspirado en clásicos como Vida y destino, de Vasili Grossman, o La voluntad, de Martín Caparrós y Eduardo Anguita. El revés de la trama muestra, sin embargo, que cada línea es producto de un enorme esfuerzo por articular los grandes relatos políticos de los setenta y los pequeños detalles cotidianos para trazar un perfil de cada uno de los integrantes de este clan familiar. Así, el lector puede perderse en la trama abigarrada de la lucha de Montoneros pero a la vez saber que Elsa era excelente cocinera y se lucía con el soufflé de choclo, que a Diana no le importó que el ruedo de su vestido se ensuciara con barro el día en que se casó, que una vez Héctor se disfrazó de mujer en una fiesta de carnaval y que sus hijas celebraron el chiste en el living del chalet de Beccar donde vivían. Los relatos heroicos resultan muchas veces tranquilizadores. Y es que los héroes no dejan de ser lejanos. ¿Qué ocurre, sin embargo, si el héroe colectivo estuvo construido, en verdad, por hombres y mujeres de carne y hueso —con deseos, contradicciones, cotidianidades— capaces de la rebelión no por heroicos sino por humanos? En ese sentido, el libro funciona como un espejo que interpela las huellas que el pasado tiene en el presente. Y por eso el reflejo se torna inquietante.


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Arriba, Beatriz y Marina. Abajo, Estela y Diana Oesterheld. Ninguna sobrevivió al horror.
Arriba, Beatriz y Marina. Abajo, Estela y Diana Oesterheld. Ninguna sobrevivió al horror.


—¿Cómo surgió esta biografía?


—Fernanda Nicolini: Un editor free lance me llamó para escribir sobre Mirtha, Marcela y Juanita: las Legrand. A mí mucho no me interesaba y lo hablé con un amigo. Charlamos sobre las pocas biografías familiares que hay en nuestro país y me dijo: "No está contada la historia de los Oesterheld". Con el tiempo me enteré de que la editorial Sudamericana estaba interesada en la historia. Ahí levanté la mano y dije: "Yo lo quiero hacer". Arrancamos con Alicia a trabajar en 2011, con cierto nivel de inconsciencia. Es decir, pensábamos que el trabajo iba a tener determinado recorrido. Y enseguida nos dimos cuenta de que estábamos ante un desafío bastante más complejo.


—¿En qué sentido?


—Alicia Beltrami: Es mucho más lo que se sabe de Héctor que de sus hijas. Pero nosotras decidimos hacer una biografía familiar: queríamos lograr que cada personaje fuera complejo y real. Con pocas entrevistas no lográs eso. A la vez, teníamos que tomar decisiones sobre un arco temporal específico. Nos dimos cuenta de que 1971 era un buen punto de inicio porque es cuando las chicas son jóvenes y comienzan a involucrarse con la militancia de base primero y con Montoneros, después. Estela, la mayor, nació en 1952; Diana, un año después; Beatriz, en 1955, y Marina, en 1957. Así que después de mucho trabajo, y gracias a la ayuda invalorable de nuestra editora, Ana Laura Pérez, trabajamos el libro año por año, hasta 1977. Y sumamos un epílogo.


—FN: La lógica de Montoneros implicaba que, por razones de seguridad, nadie debía saber demasiado de la vida del otro. O sea que para construir esos años teníamos que atravesar muchos silencios. Fuimos dando con compañeros que conocían a las chicas pero de a retazos: su nombre en la clandestinidad, que de hecho iba cambiando según el momento, y algún detalle. Así que rápidamente supimos que iba a ser un trabajo casi detectivesco. No sólo porque cada quien aportaba un fragmento de historia sino también porque había que reconstruir esos grupos destruidos durante la dictadura. Había que encontrar los testimonios, pero antes había que encontrar a los protagonistas.


—Quizás eso explique un poco por qué esta historia, de la que se habló mucho, se haya escrito recién ahora.


—FN: Sí. Durante mucho tiempo hablar de la lucha armada fue peligroso, vergonzoso, con los represores libres y la teoría de los dos demonios muy instalada. Así que el contexto social ayudó porque en 2011 los juicios a los genocidas estaban avanzados y había una reivindicación social de la militancia. Los Oesterheld es un libro de este tiempo. De un tiempo donde las políticas de memoria, verdad y justicia permitieron volver a hablar de lo que pasó.


—Además se suma el trabajo de archivo bibliográfico e incluso las cartas de la familia a las que tuvieron acceso. ¿Por dónde empezaron a trabajar?


—AB: Por los nietos de Elsa. Martín es hijo de Raúl Mórtola, a quien todos conocían como el Vasco, y de Estela. Y Fernando es hijo de Raúl Araldi y de Diana. Ellos nos contactaron con algunos entrevistados y nos abrieron el archivo familiar.


—La palabra de Elsa en primera persona recorre todo el libro, lo articula. Y así ella se transforma en protagonista y en guía de este relato. ¿Por qué esa decisión?


—FN: Es una obviedad decir que ella fue la única sobreviviente. De hecho, falleció a los noventa años, en junio de 2015. Pero no sólo fue por eso sino también por su propia transformación, ya que podía reinterpretar o hacer nuevas lecturas de su propia historia. En un tramo del libro dice: "Cuando sabía que se venía el golpe, yo les dije que todo esto era una locura. Queridas, es como querer parar un tren con las manos. Ustedes no pueden hacer nada contra un Ejército que tiene la metodología de la destrucción (...). Ellas me decían que era una exagerada". Al principio, su dolor era solitario y su tragedia, personal. Después, cuando empieza a tener un lugar de preponderancia, ella transforma su discurso y habla de la tragedia colectiva pero también de la lucha colectiva. Su trabajo en Abuelas fue clave en ese sentido.


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Oesterheld y Diana se conocieron en el club Arquitectura de Núñez, donde a él lo llamaban
Oesterheld y Diana se conocieron en el club Arquitectura de Núñez, donde a él lo llamaban "Sócrates" por su enorme cultura.

—También las cartas funcionan como un testimonio más, desde esos textitos tempranos que le escribían Estela y Diana a los nueve años a su padre cuando se iba de viaje hasta los intercambios más complejos. Como la carta de Beatriz a su madre cuando visita a Diana en Tucumán apenas iniciada la dictadura o la que Estela le manda en 1977 desde la clandestinidad, donde consuela a Elsa diciendo que Marina murió heroicamente.


AB: Ese fue un material muy importante porque permite escuchar las voces de los personajes, desde un registro íntimo, con las palabras que usaban, con sus inflexiones.


FN: En las primeras cartas nos interesaba mostrar a Héctor como un padre atípico para la época, muy cariñoso y presente, con hijas que lo adoraban. Culto y amante de la cultura, hizo de su casa una suerte de centro cultural por donde pasaron, por ejemplo, todos los integrantes de la mítica editorial Frontera, que creó con su hermano Jorge a mediados de los cincuenta. Más tarde, Beccar también eran punto de encuentro para los amigos y amigas de las chicas. A la vez, ellas escribían, dibujaban, estudiaban teatro. Las cartas dan cuenta de esas complicidades. Incluso, de las idas y venidas en el vínculo entre Elsa y Héctor, que comenzó a complejizarse cuando él asume un compromiso político más explícito, de la soledad de Elsa cuando veía que toda la situación se le iba de las manos y no sabía qué hacer... Eso es mucho más de lo que hubiésemos podido construir sólo a través de testimonios de otras personas. Es la voz de ellos cuando las cosas estaban ocurriendo.


—¿Cómo abordaron el contexto político?


FN: Entre 1972 y 1973 se profundiza la militancia territorial. Muchos jóvenes de clases medias y altas se comprometen de modo cada vez más fuerte con un cambio social profundo y se mudan a las villas. Esto fue todo un tema cuando Montoneros decide el pase a la clandestinidad. Se ve, por ejemplo, en lo que le dice Miguel Medina a Estela, cuando ella militaba en Villa Argentina, cerca de Beccar: "¿A dónde quieren que nos vayamos si nosotros somos villeros y vivimos en el mismo lugar donde militamos? Para ustedes es fácil; para nosotros, casi imposible". Nunca perdimos de vista que estábamos haciendo una biografía, no un libro de historia. Pero para entender ciertos movimientos, ciertas decisiones, los marcos histórico y político eran imprescindibles. Los libros de historia focalizan la mirada en los hechos más que en las personas. Desde esa lógica, Montoneros se cuenta a través de Firmenich, Galimberti, la conducción nacional. Pero por debajo, que era donde estaban las chicas y donde estaban muchos de quienes nos dieron información, el movimiento no era homogéneo. Nuestra idea era contar la historia desde los personajes y ahí se ve la heterogeneidad de los modos de militancia por más que las directivas fueran las mismas para todos.


—¿En qué consiste esa heterogeneidad?


—AB: Por ejemplo, Estela entra a la militancia desde su interés cultural, cuando empieza a estudiar Bellas Artes en la escuela Belgrano. Si antes se hablaba de Vietnam, en ese momento se empieza a hablar del regreso de Perón. Ahí ella conoce al Vasco y se van a vivir juntos. Comienzan militando en una unidad básica de Capital y luego se van con un grupo a Villa Argentina, cerca de Monte Chingolo. Siempre estuvieron vinculados con la zona sur. Tras permanecer unos meses en Salta, Diana se va con Raúl a Tucumán cuando su hijo Fernando tenía unos seis meses. Ahí el libro se mete en un tema no muy abordado, que es el modo en que Montoneros arma su estructura en el monte. Beatriz siempre se queda en las villas de zona norte, cerca de Beccar, como la Sauce y la Uruguay, donde la Unidad Básica Ramón Cesaris tenía gran protagonismo como articuladora del trabajo militante. Y es que ella era más basista, siempre criticó el internismo de la organización. Marina tuvo una militancia activa en la Unión de Estudiantes Secundarios (UES), estuvo en la secretaría de prensa y luego fue trasladada a la zona sur.


—En cuanto a Héctor, ustedes reconstruyen toda su carrera pero también muestran su derrotero desde que decide sumarse orgánicamente a Montoneros.


FN: Muchos nos dicen que pensaban que las chicas habían entrado por Héctor a la militancia. Pero en verdad, fue al revés. Era imprescindible recuperar todo lo que se sabe sobre Héctor: que era geólogo, que trabajó en el laboratorio del Banco Industrial, que entró en editorial Abril y empezó a escribir guiones y que a partir de Bull Rocket, su primer gran éxito, marca a fuego la historieta. Pero a la vez, nos interesaba reconstruir ciertos hilos que conectan al Héctor inicial con el que termina militando en Montoneros. Ahí encontrás varias líneas coherentes. Siempre hubo un germen, a través de su idea más famosa, la del héroe colectivo de la que habla incluso antes de El Eternauta, que es casi una premonición. A la vez, su interés social es también evidente cuando publica Vida del Che, con dibujos de Alberto Breccia, en 1969. Y nunca abandonó su pasión por la escritura. Siempre estaba escribiendo, viendo cómo contar a Montoneros, incluso hasta último momento lo ves tratando de traducir los documentos de la conducción nacional a historieta con la idea de que la gente comprendiera de qué se trataba.


—Durante la presentación (que se realizó a comienzos de ese mes y de la cual participaron, entre otros, Estela de Carlotto y Rep) dijeron que sentían que Los Oesterheld se estaba terminando de escribir ahí. ¿Por qué?


FN: La memoria es un tejido disperso, tiene sus trucos, sus formas de enmascarar. Cuando cada quien contaba lo que recordaba, ese recuerdo no necesariamente coincidía con lo que decía otro. Y sin embargo, al final, es como si todas las voces se hubiesen acomodado. Algo así como un coro que comenzó a sonar de manera afinada gracias al encuentro con la voz del otro. Cuando estas personas dieron testimonio, leyeron nuestro libro y después en público volvieron a hablar de lo que pasó, sentimos que de algún modo el libro se cerraba para cumplir un ciclo, que es recuperar estas historias reales, reivindicarlas. Por eso fue conmovedor ver en la presentación la bandera de la unidad básica Cesaris, con muchos de sus integrantes que se vuelven a encontrar. El libro no juzga, reivindica. El libro muestra estas vidas, con su arrojo y su nivel de entrega.


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Una obra cada vez más valorada

El Eternauta se publicó por primera vez en 1957, con guión de Oesterheld y dibujos de Solano López. Debieron pasar casi seis décadas pero al fin se editó por primera vez en EEUU a fines del año pasado y en breve se lanzará otra reedición. A eso se le suma la edición alemana de esta historieta. Este lanzamiento se realizó junto a una enorme retrospectiva de la historieta argentina en la Berlín, que incluyó a Oesterheld, Solano López, Quino, Breccia y Hugo Pratt. La curadora de la muestra fue la directora de esa institución, la argentino-alemana Jeanine Meerapfel, quien además es la primera mujer en ocupar ese cargo. Miguel Rep fue el encargado de seleccionar el material.

Otro justo rescate es el volumen Más allá de Gelo, que reúne la narrativa de ciencia ficción de Oesterheld, compilada por Mariano Chinelli y Martín Hadis. Durante cinco años, estos investigadores realizaron una búsqueda minuciosa a partir de manuscritos atesorados por la familia del escritor. Allí encontraron un grupo de hojas que resultó un proyecto de libro que Oesterheld nunca llegó a concretar. A partir de allí, Chinelli y Hadis se dedicaron a descifrar manuscritos, a reconstruir textos y borradores, a exhumar guiones. Como resultado, Más allá de Gelo presenta por primera vez materiales inéditos o dispersos en revistas. Cada texto está acompañado por una introducción, que le permite al lector ser parte de esa pesquisa. "La familia Oesterheld nos había brindado acceso a los manuscritos de Héctor. Mientras revisábamos esos materiales, apareció un grupo de hojas que nos llamó la atención. La primera parecía ser un índice; el resto tenía textos y sinopsis. Estábamos ante un proyecto de libro, que probablemente Héctor haya esbozado a fines de los 60 o comienzos de los 70, y que nunca llegó a concretar", cuentan los investigadores. "Lo que hicimos fue rastrear esa selección original de la que él hablaba: seis cuentos y siete microrrelatos, que él llamaba supercortos. Logramos dar con la mayoría de los textos; por ejemplo, esa joya llamada El diosero, pero a la vez integramos otros textos que permanecían inéditos, otros que se publicaron hace mucho y fueron olvidados, y un par de relatos que merecían ser reimpresos", agregan.


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"Todo lo que es joven es bello" (Fragmento del libro editado por Sudamericana)

4.

En noviembre de 1961, Héctor decidió disolver la sociedad con su hermano. Sacó una última edición de la revista Frontera y en enero del año siguiente, lo reemplazó en la dirección de las tres restantes: Hora Cero, Frontera Extra y Hora Cero Extra. Los últimos ejemplares salieron a la venta en mayo de 1963, bajo el sello Vea y Lea.

El golpe fue duro y agudizó la crisis con Elsa. Tenían una casa que no podían sostener. Mandaban a sus hijas a un colegio bilingüe que no podían pagar. Ella quería que Héctor volviera a su profesión de geólogo, que ganara dinero para vivir tranquilos. Héctor se sentía en una encrucijada. Estaba desesperado por ganar más dinero, y a pesar de que en sus cartas desde Europa le había dicho que le habían ofrecido dirigir Vea y Lea y que eso le iba a permitir que la historieta fuera sólo un hobby, lo cierto es que su entrada económica seguirían siendo las viñetas. De la libertad creativa de Frontera pasó a colaborar para cualquier publicación a la que tuviera acceso, incluidas las ediciones pirata. La mejor fuente de Oesterheld solía ser el mismo Oesterheld, alguien que había podido reversionar esa gran biblioteca de ciencia ficción y aventura que no sólo estaba en su garage, sino también en su cabeza.

En eso andaba cuando creó Mort Cinder, la historia del héroe que muere y resucita o, en sus propias palabras, la de la muerte que no termina de serlo. Tomó el encargo para la nueva Misterix de editorial Yago —la publicación con más calidad del momento, comandada por Francisco Romay, ex letrista de Abril y de Frontera—, por unos escasos pesos. Si le hubieran dado la mitad, lo habría hecho de todos modos. Le propuso la ilustración a Alberto Breccia, a quien le comentó su idea de crear una historia de viajes en el tiempo, como lo habían hecho con Sherlock Time para Frontera. Los primeros episodios los ideó a fuerza de oficio. Por la cantidad de trabajos que hacía, no tenía tiempo para detenerse a pensarla mejor. De lo que sí estaba seguro era de que en Mort Cinder habría angustia y tortura.

Mucho de ese clima también lo determinó Breccia. Su mujer se había enfermado gravemente, le habían hecho un trasplante de riñón y, entre ida y venida a los laboratorios con certificado de indigencia para conseguirle los medicamentos que necesitaba —ganaba el diez por ciento de lo que le insumían los remedios—, dibujaba. A veces Héctor iba hasta su casa de Haedo para alcanzarle los guiones. Ahí también charlaban sobre los personajes. Era la primera vez que Héctor compartía el desarrollo de un guión con el dibujante y accedió a un pedido de Breccia: que a Mort Cinder no lo hiciera aparecer en la primera entrega porque necesitaba más tiempo para encontrarle la cara. Terminaría siendo la de su ayudante, el futuro dibujante Horacio Lalia, en ese tiempo jugador de fútbol. La primera aventura, entonces, lo tuvo como único protagonista al anticuario del barrio londinense de Chelsea, el viejo Ezra Winston, al que Breccia dibujó en espejo. Tenía su propio rostro: arrugadísimo, cansado, pero sumamente expresivo.

A pesar del contexto adverso, o por eso mismo, Oesterheld y Breccia estaban creando su mayor obra. Breccia siempre diría que Mort Cinder era lo mejor que había hecho. Al punto de que cuando la Fleetway se la quiso comprar, en 1966, él se negó: no quería desprenderse de esos originales que había hecho mientras su mujer se moría.

Un lúcido Oscar Masotta supo verlo en su libro de 1970, La historieta en el mundo moderno. Allí reconocía que la innovación de Oesterheld había sido la humanización de los personajes en creaciones como Ernie Pike o Ticonderoga. Nunca falta en esas historietas, decía Masotta, en medio de la violencia de la lucha, una reflexión que descubra la humanidad del enemigo. Cuando Breccia le preguntó a Masotta, durante la Bienal de Historieta de 1968, qué pensaba de Mort Cinder, el crítico le dio a entender que reunía todos los requisitos para convertirse en un clásico, en una pieza inmortal. Y, por sobre todo, que le atraía el hecho de que el horror no estuviera representado directamente, sino a través de los modos de representarlo. Masotta estaba hablando de una obra de dos autores maduros.

Mort Cinder siguió hasta 1964, cuando la editorial dejó de pagar. El mercado de la historieta había entrado en una fase de crisis aguda: un año antes había cerrado Patoruzito y la nueva Misterix estaba por hacerlo.

La situación laboral y económica de Héctor, finalmente, mejoró cuando ingresó como empleado en Columba y en Atlántida, a principios de la década del setenta. Paradójicamente, ahora que trabajaba estable en dos de las editoriales más importantes —y también conservadoras— de la Argentina, las historietas de aventura le empezaban a interesar mucho menos que las historias de militancia juvenil.


5.

En el año 64, mi marido terminó definitivamente con la editorial. Para Héctor era muy difícil expresar lo que sentía, no era una persona muy comunicativa, especialmente cuando se trataba de algo que le había costado tanto y a lo que tenía que renunciar. Eso le implicó a él muchas deudas, por lo tanto para una persona con tantas deudas y con un trabajo con tan poca valoración en cuanto al dinero, era muy difícil. Ahí fue cuando sacamos a las chicas de los colegios privados y la vida se redujo a vivir en casa; él a trabajar y las chicas a ir al colegio. Nosotros alquilábamos aunque el alquiler era muy bajo porque nos protegía la ley de alquileres, que nos ayudó aunque fuera una cosa discutible, muy injusta. No sé lo que él pensaba pero naturalmente se nos puso muy dura la vida con un trabajo que no rendía económicamente, ¿cuántos cuadritos había que entregar para vivir? En un momento pareció que salíamos adelante cuando la editorial Emilio Ramírez compró Frontera, después la vendió, esta persona se la vendió a una empresa, creo que había un chileno, un grupo de tres o cuatro socios, que se llamó editorial El Atlántico, y se suponía que iba a volver a salir la obra de Frontera con todo. Le ofrecieron la dirección de las revistas y cotizaba en bolsa, una empresa que surgió con una promesa de grandeza. Era el año 64, lo mandan a Frankfurt a la Feria del Libro para tener contactos y se fue contentísimo. Y cuando volvió, al mes, la empresa estaba quebrada. Cuando él se fue a Frankfurt, hice una pequeña cena con amigos para despedirlo y yo estaba muy mal porque ya había tenido largas experiencias de estos viajes y estas cosas que eran inútiles. Entonces me acuerdo de que un amigo de él se enojó conmigo y me dijo: "Caramba, ni siquiera podés festejar". Pero como yo sospechaba, le había dicho a Héctor que antes de viajar les pidiera que le dejaran los cheques firmados de los pagos porque ya había pasado un viaje muy largo con la gran angustia de no tener un respaldo económico ante una emergencia. Y bueno, le dieron unos cheques pero desgraciadamente no me equivoqué y cuando los fui a cobrar, estaban sin fondos. Ahí sí él quedó completamente perplejo y muy angustiado, porque pensaba que había salido de los malos años. Pienso que el tremendo esfuerzo mental de tener que hacer todo lo que tenía que hacer para sobrevivir y la angustia de saber que no era bien recompensado, le debe haber generado cierto deterioro físico. Pasaban los años y todo seguía igual. A todo esto, acá había un cambio social y político tremendo, se agudizaba una inconformidad político-social; creo que esto le trajo a él un replanteo de su vida y empezó a entender cosas que nunca había entendido, quizá ninguno las habíamos entendido, el mundo había cambiado demasiado rápido.

6.

A los 18, Diana estaba fascinada con un regalo que le había hecho Héctor: una revista en inglés sobre el Mayo Francés que en la tapa mostraba a una muchacha voluminosa, de expresión aguerrida y con un brazo en alto, subida a los hombros de un joven. La foto sintetizaba el nuevo modelo femenino: una mujer desinhibida y comprometida con su tiempo. Y, además, bella. En la casa de Beccar decían que Diana imitaba el look. Algo de eso había.

Héctor estaba más interesado en observar las reacciones y comentarios de sus hijas y de sus amigos que en las publicaciones en sí. Para él, la juventud se había convertido en un estímulo contemplativo. Hasta ese momento, había una sola fecha en el año en la que se apropiaba de un modo visceral de la vitalidad juvenil: los días de carnaval. Salía por el barrio con sus hijas y sus amigos para atacar a otros grupos de chicos a bombitas y baldazos.

En uno de los últimos carnavales que Pablo Fernández Long pasó en Beccar, vio cómo Diana y Héctor se lo tomaban tan en serio que podían tumbar a cualquiera con sus descargas de agua. Estaban desaforados. Héctor con cierta malicia, Diana con total desinhibición: después de bañar a alguien se reía a carcajadas con la boca tan abierta que parecía que la mandíbula se le iba a salir. Esa noche, como otras veces, hubo cena de carnaval, en la que Elsa se lucía entre familiares y vecinos con la comida. Pero fue Héctor el que acaparó la atención. Cuando Nelly, su hermana, entró en la casa, lo vio vestido de mujer: con el rostro maquillado, una camisa blanca y una pollera arriba del pantalón. Al saludarlo, él impostó una voz aguda y le presentó al amigo con el que conversaba que estaba caracterizado como Caleb Lee, ese personaje que creía que la guerra era una fiesta de disfraces. Era el narrador y uno de los protagonistas de Ticonderoga Flint, la exitosa historieta creada por Héctor en los años de Frontera y dibujada por Pratt, que empezaba con un Caleb viejo empeñado en recordar sus aventuras durante la Guerra de los Siete Años en territorio norteamericano junto a Joe Flint, un muchacho conocido como Ticonderoga.

En uno de los cuadros, un personaje comenta acerca de la belleza de un cervatillo. "Todo lo que es joven es bello", responde Héctor en la voz de Ticonderoga.


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