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Una película que no terminará nunca

Un tributo a Pino Solanas, recientemente fallecido. Y un cálido recuerdo de los años ochenta, cuando se estrenaron dos obras fundamentales

Martes 10 de Noviembre de 2020

Transcurrían los remotos días de los años ochenta del siglo pasado. Alfonsín presidía la República recuperada de las garras de los militares y sus cómplices civiles y eclesiásticos. Los jóvenes habían salido de las catacumbas donde los había sepultado la dictadura y las calles, ahora, les pertenecían. Había militancia, música, esperanza. Había compromiso, compañerismo, amor. Había libertad, y también deseo. Y había país, de nuevo había país. Para todos. Pero no duraría demasiado. La “primavera democrática” –así se la llamó– resultó demasiado breve. Se extinguió en una Semana Santa.

Fue por aquella época que se estrenó, con bombos y platillos, una película que vio todo el mundo. Se llamaba “El exilio de Gardel”. Con un elenco argentino-francés que incluía a Miguel Ángel Solá, Lautaro Murúa, la bellísima Marie Laforet, Philippe Leotard, Ana María Picchio, Marina Vlady y el recordado Eduardo Tato Pavlovsky, entre otros, significaba el regreso a las pantallas nacionales de un director ya mítico, que había sido archiprohibido durante el reinado del terror. Se llamaba Fernando Ezequiel Solanas, pero todos le decían Pino.

EL EXILIO DE GARDEL - Pino Solanas

“El exilio de Gardel” marcó a quienes la vieron. Irreverente, creativa, audaz, combinaba recursos del cine musical con el relato en formato tradicional y tenía alto voltaje político. En los bares de entonces, entre cigarrillos y ginebras, se habló durante meses de la película. Los varones no pueden olvidar, todavía, el momento en que una jovencísima Gabriela Toscano se despojaba del suéter sin timidez alguna y sus pechos saltarines aparecían en escena. Tardamos en entender que “El exilio…” era un símbolo de la época y, además, una obra perdurable, prueba del talento a la vez tierno y áspero de Pino. No mucho más tarde llegó otro filme para el recuerdo, “Sur”, donde el tango volvía a presidir las reflexiones sobre el destino del país y un Fito Páez muy pibe se juntaba con el Polaco Roberto Goyeneche. Sin aburrir jamás, y sin solemnizar, Pino mezclaba pasado y presente, próceres y militantes, artistas e intelectuales, proletarios y estudiantes, y servía esa sopa bien caliente. El resultado fue otra joyita heterodoxa.

Sur (1988)

(En épocas anteriores, que solo conocíamos de oídas, Solanas había conmovido a muchos con una obra maestra del cine documental llamada “La hora de los hornos” -1968-, que fue vista por innumerables espectadores en aquellos tiempos convulsionados y libertarios. En 1972 llegaría otra película tan brillante como controvertida: “Los hijos de Fierro”. Después, velozmente, se precipitaría el desastre. Y aquel cine argentino, que también incluye a “La Patagonia rebelde”, “La tregua” y “Quebracho”, entre otras obras maestras, pasaría a cuarteles de invierno).

La hora de los Hornos Neocolonialismo y Violencia - F. "Pino" Solanas
Los Hijos de Fierro - Fernando Solanas (1972 )

Estos recuerdos –acaso melancólicos– brotaron de repente porque, como suele suceder en este mundo, Pino murió. Fue hace unos días. Se lo llevó el maldito coronavirus, a los 84 años, en París, ciudad que amaba. Este espacio resulta demasiado breve para compilar y comentar la totalidad de su trabajo, que incluye una rica filmografía y una extensa trayectoria, no carente de pifiadas, como militante y dirigente político. Pero aunque el espacio sea pequeño alcanza y sobra para decir lo necesario, que es esto: Pino Solanas era un artista fundamental. De esos que salen de vez en cuando. Y que resultan tan necesarios para que una sociedad pueda verse a sí misma, cambiar y mejorar. Lo que corresponde, en estos casos, más allá de la tristeza que sobreviene, es simplemente dar las gracias. Y es lo que hago, entonces: gracias, Pino, por todo. No hay “the end” en esta película: te quedarás entre nosotros para siempre.

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