El viajero que huye

Washington, la ciudad de los pibes sin calma

Telón de fondo de las películas de Hollywood que exploran los entresijos del poder, Washington DC ofrece al turista mucho más que monumentos, museos e historias de sangre, sudor y lágrimas. Sus parques, su gastronomía, sus pequeños barrios con encanto tientan a ir más allá, y vale la pena hacerlo.

Domingo 01 de Abril de 2018

"El escogió el dinero más que el poder. En esta ciudad, eso es un error y casi todo el mundo lo hace. El poder es un antiguo edificio de piedra que se mantiene durante siglos. No puedo mirar con respeto a alguien que no entiende la diferencia". Las palabras de Frank Underwood, el cinismo de Frank Underwood, el presidente de los Estados Unidos de la serie de Netflix "House of Cards", resuenan cada vez que, con paso tembloroso, se visita alguno de los monumentos que hicieron famosa a Washington, o mejor, a DC, para muchos la capital de Occidente, la ciudad del dinero y el poder, y de las intrigas palaciegas también, y nadie lo sabe mejor que los que viven ahí, por un motivo o por otro.

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Los fines de semana los parques de Washington se pueblan de gente que busca disfrutar al aire libre.
Los fines de semana los parques de Washington se pueblan de gente que busca disfrutar al aire libre.


   El resto, los que se llegan en una escapada de fin de semana desde la Gran Manzana, ni se enteran, porque Washington es amable, cálida, encantadora, pese a sus Lincoln, Jefferson, Martin Luther King, enormes, tan enormes que para mirarlos a los ojos, y eso es algo que se hace inevitablemente, duele el cuello de tener la cabeza tirada para atrás, apuntando al cielo, un cielo de mármol, cincel, y esos mitos y leyendas que erigieron a América en el "hogar de los valientes".

   Visitarlos es una obligación, pero no una de esas obligaciones que pesan, esas recomendaciones que, como están en todas las guías turísticas, hay que cumplir, dar un par de vueltas, sacarse una selfie y sentir que se ha perdido el tiempo lastimosamente. Nada que ver. Cada punto de interés encierra una historia, la mayoría de las veces curiosa, impensada, y que, si te la cuentan, que si se la googlea, puede convertir un paseo aburrido una aventura inolvidable.

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M Street, la calle principal de Geogetown, es ideal para los amantes de las compras y las selfies.
M Street, la calle principal de Geogetown, es ideal para los amantes de las compras y las selfies.


   Está la que cuenta que Theodore Roosvelt, un ferviente admirador de Thomas Jefferson, tercer presidente de los Estados Unidos y autor de la Declaración de la Independencia, mandó a construir un monumento en su honor. Cuenta la leyenda que hizo un pedido claro y expreso: que la estatua se ubicara mirando en línea recta a la Casa Blanca y, no sólo eso, exigió que se podaran los árboles del West Potomac Park para que nada obstruyera su vista y pudiera vigilar el Salón Oval

La sombra de la masonería

Verdad o fantasía, es difícil decirlo, lo cierto es que la ciudad, diseñada y construida para ser la capital del país, encuentra en estas anécdotas, contadas en voz baja por los guías de los tour turísticos más populares, una dimensión mitológica que no tiene nada que envidiarle a la de las grandes ciudad de Europa. Lo más inquietante es que las historias, en su mayoría teñidas por los misterios insondables de la masonería, resultan inquietantes y verosímiles.

"Cada monumento tiene una historia y una leyenda que, cuando se las conoce, el pasado cobra una dimensión distinta"


   Es lo que pasa con la curiosa posición de las manos de Lincoln, en su famoso memorial de Washington, que aparece en todas las películas ambientadas en la ciudad, desde "En la línea de fuego", en la que Clint Eastwood y René Russo toman un helado sentados en las escalinatas del monumento, hasta "Forest Gump", en la recordada escena del reencuentro de Forrest con Jenny durante la manifestación contra la Guerra de Vietnam de 1967, en pleno Verano del Amor.

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El momento a Lincoln, uno de los íconos de la capital de Estados Unidios.
El momento a Lincoln, uno de los íconos de la capital de Estados Unidios.


   Se tejieron muchas versiones sobre por qué la mano izquierda tiene el puño cerrado con el pulgar abierto y la derecha reposa relajadamente, la más conocida es la que asegura que el autor de la obra, Daniel Chester French, quien tuvo un hijo sordo, las talló en las posiciones de las letras A y L, las iniciales de Abraham Lincoln, del lenguaje de signos con el que se comunican los hipoacúsicos. La academia, claro está, desmintió de plano la historia.

   Lo cierto es que cada monumento tiene una historia y una leyenda y, aunque cueste creerlo, las historias suelen ser más interesantes que las leyendas. Sin ir más lejos, una vez que se suben los 56 escalones del Memorial de Lincoln, que representan los 56 años que tenía Lincoln cuando fue asesinado, se llega hasta una amplia explanada donde una placa señala el lugar exacto donde Martin Luther King el 28 de agosto de 1963 dio el famoso discurso a favor de los derechos civiles de los afroamericanos en el que inmortalizó la frase: "Tengo un sueño".

De paseo por la historia

La caminata desde el Memorial de Lincoln hasta el Obelisco, que en realidad es el Monumento a Washington, es un paseo tranquilo que se puede encarar de muchas maneras, todas encantadoras. Se puede bordear el espejo de agua del estanque reflectante que traza un rectángulo perfecto en el corazón del National Mall, una tentación para los fotógrafos aficionados, o dar un rodeo hasta el Memorial de Martin Luther King Jr., que está escondido entre la foresta, y bordear la Cuenca Tida, el lago artificial que forma el río Potomac.

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Paso obligado de los turistas jóvenes, el memoria de Martin Luther King evoca la lucha por los derechos civiles.
Paso obligado de los turistas jóvenes, el memoria de Martin Luther King evoca la lucha por los derechos civiles.


Pero si se elige el otro lado, inevitablemente se atraviesan los Jardines de la Constitución, donde se emplaza la instalación que rinde homenaje a los caídos en la Guerra de Vietnam, un puñado de figuras plateadas que evocan a los soldados estadounidenses, enfundados en capas de lluvia que marchan entre la vegetación como lo hicieron los que fueron a combatir al otro lado del mundo y no volvieron. También, un muro negro donde se grabaron los nombres de los 58 mil norteamericanos muertos o desaparecidos en la dolorosa campaña bélica contra el Vietcong.
   El Obelisco es impactante, porque es una estructura robusta, imponente, que se alza en medio de un parque sin árboles al que llegan desde todas direcciones hombres, mujeres y niños en bulliciosa peregrinación. Es un monumento nacional, un emblema de lo que los estadounidenses entienden como patriotismo, pero también un buen lugar donde hacer un picnic un lindo día de sol. La gente lo disfruta así, con ese sentido de lo práctico que atraviesa, más allá del bien y del mal, cada gesto de esa Estados Unidos que se soñó como "la tierra de las oportunidades".
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Georgtown, el barrio que hizo famoso la familia Kennedy, esconde lugares encantadores.
Georgtown, el barrio que hizo famoso la familia Kennedy, esconde lugares encantadores.

   Eso se siente, con esa fuerza de verdad revelada con que se imponen la ciencias, en los museos del Smithsonian Institution que flanquean a un lado y al otro al National Mall y, en especial, en The National Air and Space Museum, donde se apiñan los prodigios con los que el hombre se aventuró a conquistar el espacio, desde el primer avión de los hermanos Wright que cruzó el Atlántico hasta el módulo de comando de la Apolo XI, que fue y vino a la Luna, el telescopio espacial Hubble y la sonda Viking, que se posó en el suelo de Marte.
Historia, arte y superstición
No hay que ser un niño para disfrutar del National Museum of Natural History, aunque son ellos los que más lo disfrutan, y es lógico que sea así. En sus salas, debidamente ordenados, clasificados y exhibidos, alberga 126 millones de especímenes, entre plantas, animales, fósiles, minerales y hasta meteoritos. La vedette para los chicos son los dinosaurios; para los grandes, el diamante Hope, una gema azulada de 45,52 quilates a la que se le atribuye una maldición porque, según cuenta la leyenda, fue robado del templo de la diosa hindú Sítá.
"Los museos, todos de entrada libre, acercan a los turistas al arte, la cultura y las ambiciones de los estadounidenses"

   En línea recta, en el lado opuesto del parque, está la National Gallery of Art, que fue fundado con la ayuda del mecenas Andrew W. Mellon, quien no sólo donó 15 millones de dólares para la construcción del edificio, sino 126 pinturas y 26 esculturas de su colección privada. Son dos edificios unidos por un pasaje subterráneo donde se exhiben obras clásicas de Goya, Rodin, El Bosco, Picasso, Van Gogh, y Monet, contemporáneas de Matisse, Warhol, Litchenstein y Pollock, y el mayor tesoro de la colección "El retrato de Ginebra de Benci", de Leonardo da Vinci.
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En Adams Morgan atesora un bar donde sirven ricas hamburguesas, una cerveza exquisita y se llama Rosario.
En Adams Morgan atesora un bar donde sirven ricas hamburguesas, una cerveza exquisita y se llama Rosario.

   Más allá de los trazos sensibles de los grandes maestros y el gran sueño americano de conquistar el espacio, en el corazón de Washington se respira poder y una crueldad elegante que seduce e intimida. Sin embargo, más allá de los monumentos, los museos y la historia de la Nación hay vida y es más entretenida y alegre de lo que puede imaginarse. Los empleados del gobierno, cuando se aflojan la corbata y se sacan los tacones altos, saben muy bien cómo y dónde relajarse. Seguirles el tren no es fácil, pero vale la pena intentarlo.
   A pocos metros de la Casa Blanca se encuentra el Old Ebbit Grill, uno de los bares más antiguos de la ciudad. Fundado en 1856 como casa de huéspedes, está ubicado en el edificio del viejo teatro B.F. Keith. En sus mesas se sentaron presidentes como Theodore Roosevelt y Warren Hardin, pero se hizo famoso gracias a "En la línea de fuego". Era el refugio de Frank Horrigan, el veterano agente del Servicio Secreto que encarna Clint Easwood. Una foto del actor rodeado con el staff del local colgada en una de sus paredes evoca el rodaje.
Un brunch al sol
En plan relax bien vale llegarse hasta Georgetown, uno de los barrios más emblemáticos de la ciudad que, gracias a John y Jackie Kennedy, que lo eligieron para vivir los años previos a llegar a la Casa Blanca, se convirtió en una de las zonas más elegantes y apreciadas de la ciudad. Hoy cambió, se pobló de bares, tiendas de moda y turistas, y los ricos y famosos lo abandonaron. Una buena forma de llegar es en bicicleta, el paseo por la rivera del río Potomac es encantador, como también la senda que bordea el Cheasepeake Ohio Canal.
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Colorido y simpático, el Eastern Market es una parada obligada para los amantes de la gastronomía.
Colorido y simpático, el Eastern Market es una parada obligada para los amantes de la gastronomía.

   Por la noche, Adams Morgan es una parada inevitable. Sobre la calle 18 hay una amplia variedad de bares y restaurantes que concentran la actividad joven y bohemia de la ciudad. Con mesas en las veredas, se puede contemplar como las tribus urbanas se pasean por el lugar mientras se toma una pinta de cerveza artesanal y se deja pasar el tiempo amablemente. En el 2467 hay un pequeño local con el frente pintado de verde donde funciona Idle Time Books, un librería acogedora y simpática, donde se pueden encontrar títulos inesperados.
   H Street, que supo vivir momentos de gloria y de los otros también, es famoso por su festival callejero, la agitación de su vida nocturna y sus food-trucks. Una mañana de sábado es ideal para disfrutar un brunch al sol y perderse entre el enjambre de pequeños negocios que asoman sus narices a la calle. Aunque en ese rubro, se desmarca el Eastern Market, un mercado de artesanías y alimentos ubicado en el corazón del barrio histórico de Capitol Hill, es donde los vecinos van a buscar oportunidad y las encuentran. Los turistas también.

DATOS UTILES


CÓMO LLEGAR: Copa Airlines tiene una frecuencia diaria a Washington desde el aeropuerto de Fisherton, con escala en Panamá. Hay dos vuelos que unen el aeropuerto de Tocúmen con la capital de Estados Unidos, lo que permite a los viajeros hacer una escala corta o larga, que da la posibilidad de hacer compras en la ciudad. La tarifa, con impuestos incluídos, es de 1252 dólares.


DÓNDE PARAR: Onmi Shoreham Hotel, un clásico de Washington, fue inaugurado en 1933 por el presidente Frankllin D. Roosvelt, pero se hizo famoso porque en el primer desembarco de los Beatles en Estados Unidos fue su lugar de alojamiento. Hasta dieron una conferencia de prensa que concitó la atención de los medios norteamericanos. En 1993 el presidente Bill Clinton tocó el saxo en un baile organizado en su honor en sus elegantes salones.


DÓNDE COMER: El POV Lounge encabeza el top five de los rooftoop bars de Washington, su coctelería es impecable, su carta de finger-foods irresistible y la vista franca de la ciudad, en la que se destaca la imponente silueta del emblemático obelisco, obliga a la selfie. Si no cumpliste los 21 años ni se te ocurra acercarte, no solo no te van a vender bebidas alcohólicas sino que te van a cerrar la puerta en las narices.

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