El viajero que huye

Una escapada de fin de semana revela todo el amor de Santiago de Chile

Desde el 1º de julio Rosario cuenta con un vuelo directo a la capital de Chile. Es una oportunidad inmejorable para descubrir una ciudad encantadora, llena de rincones insospechados y gentes amables, y también para hacer compras.

Domingo 23 de Julio de 2017

Como toda capital de América latina, Santiago no es una sola ciudad sino muchas, y no por la curiosa organización de su territorio, que está dividido en provincias, regiones, comunas, que hacen que aún estando en Santiago, con los pies en la tierra, la cordillera en el horizonte, el cielo protector, a uno le entran dudas, pero ninguna que la respuesta amable de un carabinero no pueda zanjar, aunque su sola presencia inquieta.

   Hay una ciudad, la vieja, la que luce su garbo y su historia en la Plaza de Armas, que está ahí desde el 1500 y mucho antes también, cuando el Inca y su imperio del sol llegaron en plan de conquista hasta el sur profundo. Ahí se yerguen las palmeras altas, vigilantes, impasibles; las cúpulas de la Catedral Metropolitana de Santiago y el edificio del Correo Central, que resiste inexplicablemente a la modernidad y a la piqueta.

   En el extremo norte de la plaza se alza la estatua del fundador de la ciudad, Don Pedro de Valdivia, pero no hay ni rastros de Inés de Suárez, su amante, la mujer que mandaba en Santiago cuando el hombre salía de expedición, y eso que Isabel Allende la volvió un best seller con su novela "Inés del alma mía". En la esquina opuesta está la escultura de Enrique Villalobos Al Pueblo Indígena, que evoca la fiereza de los mapuches y su desgracia.


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   Justo ahí comienza el Paseo Ahumada, la principal peatonal de Santiago, que une la Plaza de Armas con la Alameda del Libertador Bernardo O'Higgins, el centro comercial de la ciudad, donde se concentran los negocios más populares y también los manteros, los vendedores de artesanías, las casas de cambio, el color y el sabor de la ciudad más auténtica, la que es idéntica a sí misma, sin maquillaje, verdadera.

   El cruce con Huérfanos, la otra peatonal, es una romería. Al gentío que va y viene con paso presuroso y mirada perdida nada lo sorprende, conoce bien las carteleras descoloridas de los cines, las mesas de saldos de las librerías, las farolas inertes y los puestos de venta de maní. El observador atento descubrirá, disimulados entre marcerías resignadas y bares que disfrutaron tiempos mejores, las vidrieras de los sex shop y la tentación.

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   El casco antiguo de Santiago es un territorio de contrastes. A espaldas del solemne edificio del Palacio de la Moneda se abre la Plaza de la Constitución, testigo mudo de la historia reciente y oscura de la ciudad, donde los turistas se agolpan a ver el cambio de guardia, una ceremonia marcial a la que también asiste impávido el monumento del Salvador Allende emplazado frente a la sede del Ministerio de Justicia y Derechos Humanos.

   La ciudad cambió y mucho, pero las cicatrices de los años de plomo persisten. En los muros de los edificios cercanos a la Casa de Gobierno aún quedan vestigios de metralla del Golpe de Estado del 73. La modernidad se lo ha ido llevando todo, silenciosamente. Tanto es así que en el subsuelo de La Moneda hay un museo de arte que expone a la obra de Warhol y no tiene nada que envidiarle a las grandes capitales del mundo.

Las calles sin calma

   Es un tajo impiadoso en el callejero de Santiago, corre de Este a Oeste, agitado, saltarín. Nace en el cerro El Plomo, en la cordillera y vaya a saber uno hasta dónde va. Parte la ciudad en dos, desde siempre, desde mucho antes de que la Gran Torre Santiago se levantara desde las entrañas de la Tierra y, traviesa, le hiciera cosquillas al cielo. Es el río Mapocho, que supo ser el límite entre ricos y pobres, pero ya no lo es.

   Al norte se extiende asimétrica, indomable, La Chimba, la barriada popular que está, como los mapuches la bautizaron sabiamente "del otro lado", y no se referían al río, sino a las abismales diferencias sociales que los separaban del barrio señorial que se alzaba orgulloso en la costa opuesta de las aguas y que hoy perdió su gracia. Hay que caminarla, con la cartera apretada al pecho, si se quiere conocer a la Santiago de carne y hueso.

   Entre sus edificios de arquitecturas superpuestas a fuerza de terremotos y reconstrucción se abre paso un galpón de techos de hierro y vidrio que alberga el Mercado Central y sus puestos de pescados y mariscos, frutas y verduras, artesanías para todos los gustos y pareceres y, claro está, sus restaurantes añosos que sirven lo mejor de la cocina típica chilena, desde el mariscal y la paila marina hasta la fritura de pescadilla.


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   Esa es otra Santiago, otra ciudad dentro de la ciudad que tiene un ritmo propio, costumbres arraigadas y gentes. Ese rompecabezas de vidas cruzadas se aprecia claramente desde el santuario de la Virgen María que está ubicado en la cima del cerro San Cristóbal y al que se llega en teleférico, un paseo por las alturas, una tortura si se sufre de vértigo, una bendición si se quieren disfrutar las vistas del Parque Metropolitano.

   El cerro, una colina de 280 metros de altura, con un enjambre de caminos que serpentean formando caracoles vertiginosos, es un paraíso de los amantes del ciclismo de montaña. Aquí y allá, a toda hora, bien temprano por la mañana, en medio de la noche, se puede ver a los intrépidos deportistas como suben esforzadamente las laderas y también, como las bajan tomando las curvas a velocidades que le erizarían la piel de Lance Armstrong.


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   Santiago es una ciudad "bike friendly", tiene un servicio público de alquiler de bicicletas eficaz y accesible y un entramado de bicisendas que invita a pedalearla de punta a punta y lo mejor, sin gran esfuerzo, porque, como bien apuntó Alejandra Sáenz, una ciclista urbana entusiasta y más que experimentada, pese a estar casi acariciándoles los pies a los Andes, "las calles son planas, sin pendientes que quiten el aliento".

   Los gustos hay que dárselos en vida, y si uno quiere transportarse al pasado, a los tiempos las cuestas eran propiedad exclusiva de los valientes, hay que probar bajar el cerro en el viejo funicular que, desde 1925, se desliza por los 500 metros de la ladera a 45 grados y sin hesitar. Lo usó el Papa Juan Pablo II en 1987, cuando subió al cerro a oficiar una misa al abrigo de los brazos abiertos de la Virgen María y ante una multitud conmovida.

Clásica y moderna

   La entrada, o la salida, como más les guste, recrea un castillo medieval con muros de piedra maciza y atalayas de paredes circulares que, lejos de vigilar nada o a nadie, son meramente decorativas. La estación Pío Nono se abre a un laberinto de calles angostas que se retuercen entre casonas antiguas de jardines generosos y curiosas historias apenas susurradas al oído de los turistas que se animan a perderse por el lugar.

   Entre ellas está La Chascona, la casa donde vivió el poeta Pablo Neruda junto a Matilde Urrutia, quien fuera su amante hasta que un buen día se decidió y abandonó a su segunda esposa, Delia del Carril, y se fue a vivir con ella. Hoy es un museo al que llegan en un incesante peregrinar los amantes de la vida y la obra del autor de los "Veinte poemas de amor y una canción desesperada", tan citados y tan poco leídos.


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   Si se sigue la dirección del mural que evoca el encanto irresistible de "La noche en la isla" se llega hasta una imponente mansión de aspecto aristocrático y paredes carmesí intenso, como los besos robados en las madrugadas de invierno. Está en la esquina incierta de Antonia López de Bello y Constitución, y hoy es el coqueto Hotel Castillo Rojo, que tiene una historia oscura y tenebrosa que pocos conocen y menos se atreven a contar.

   Está en el límite de Bellavista, un barrio de casas bajas y elegantes que supo ser hogar de familias acomodadas y hoy es un enjambre de bares y restaurantes que, por las noches, se ilumina con mil colores. Caminar entre las mesas que conquistan las veredas es una odisea y una tentación. Pero no todo son aromas y sabores, varias galerías de arte se afincaron en la zona y ofrecen, como Cian Art Store, un menú para paladares exigentes.

   En los galpones de un antiguo complejo industrial se levantó el Patio Bellavista, un complejo de tiendas, bares, restos y hasta un hotel, el exclusivo y trendy The Hip, que se ganó un lugar en el agitado circuito teatral que le dio vida y prestigio al caserío humilde que pobló la margen norte del Mapocho y que hoy tiene en las salas Chucre Manzur y el Montecarmelo a los emblemas de la escena independiente de Santiago y de todo Chile.


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A todas luces. Con la cordillera de Los Andes como telón de fondo, la capital chilena esconde rincones de ensueño, ideales para descubrirlos, caminarlos y enamorarse.
A todas luces. Con la cordillera de Los Andes como telón de fondo, la capital chilena esconde rincones de ensueño, ideales para descubrirlos, caminarlos y enamorarse.


   Es una caminata corta en la que cada desvío involuntario, hoy tan difíciles llevando el GPS en el teléfono, revela otra ciudad, otra de las tantas que esconde y revela Santiago. Hay que cruzar el río y el Parque Forestal y dejarse llevar por las calles que circundan, atraviesan y se internan en el encantador barrio Lastarria. Hay que andar con celo, porque así como hay recorridos que descubren rincones insospechados, otros son callejones sin salida.

   Lo más seguro es bajar por la José Victorino Lastarria, husmear las mesas donde los vendedores ambulantes plantan de prepo en el tramo que es peatonal, y después andar sin prisa, y si se tiene tiempo y ganas, entrar en la Parroquia Santa Lucía, ver qué hay en cartel del Cine Arte El Biógrafo y parar en Bocanariz, la casa de vinos que, con 400 etiquetas, fue premiada por la revista especializada Wine Spectator. Y, claro está, pedir una copa.


Paraíso de compras

   Santiago es también un paraíso de compras para los argentinos que llegan atraídos por los precios y la variedad de la oferta que, sobre todo, en indumentaria y electrodomésticos ofrece el país trasandino. En general, la diferencia con la Argentina es de entre un 30 y un 40 por ciento más barato, pero si se tiene la fortuna de llegar en liquidación -"sale", como les gusta decir a los "shopaholics"- la ventaja puede ser aún mucho mayor.

   La meca de los compradores compulsivos es el Mall Costanera Center que, ubicado en el corazón del coqueto barrio de Providencia, ocupa siete plantas de la emblemática Torre Santiago, y cuenta con 301 locales, entre ellos, la famosa tienda sueca H&M, con uno de los locales más amplios y redituables del planeta, y su archirival, Forever 21, ambas orientadas al público joven y ávido de estar a la moda y gastar lo menos posible.

   La cultura de los shoppings caló hondo en Santiago. Son modernos, diseñados para que comprar sea una experiencia excitante, y están orientados a las necesidades y preferencias de públicos bien diversos. Parque Arauco tiene un distrito de lujo que concentra marcas top como Jimmy Choo, Gucci, Tiffany Co., Louis Vuitton y Armani, tan elegante que sus escaparates no tienen nada que envidiarle a los de la Quinta Avenida de Nueva York.


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   Para los amantes de los deportes está el Mall Sport al que vale la pena llegarse, aunque esté un poco apartado, en el corazón de la comuna histórica de Lo Barrechea. No sólo es interesante si se buscan equipos para practicar deportes de invierno sino también para los amantes de las actividades al aire libre, desde camping al trekking, para el que la región es ideal, siempre y cuando las temperaturas lo permitan, hasta el ciclismo de montaña.

   Los argentinos -y los rosarinos no son la excepción- vuelven fascinados con el precio de los televisores -un Samsung 32 full HD se puede comprar a 315 dólares contra los 945 que cuesta en Rosario-, pero la verdad es que más seductor que encerrarse en un shopping a buscar un descuento es asomarse a alguno de los los mercados callejeros que surgen como hongos después de la lluvia aquí y allá, y dejarse tentar por las artesanías.

   Lo que sí es grave, una herejía, es volver de Chile sin una botella de un buen vino. Tiene de los mejores viñedos del mundo y hay que aprovecharlos. ¿Cómo hacerlo si no hay tiempo de visitar una bodega? Fácil. Visitando Vinolia, una vinería que permite hacer un recorrido interactivo por las regiones más apreciadas por su variedad de cepas sin moverse de Santiago. Y lo mejor, el paseo se remata con una cata en una sala de cine.

   "¿Qué se puede hacer, salvo ver películas?", cantaba Charly García en sus viejos buenos tiempos al frente de La Máquina de Hacer Pájaros. En una ciudad que es muchas ciudades, como Santiago, se puede y se debe hacer de todo, hasta escaparse a la nieve de Valle Nevado, pero lo que no hay que dejar de hacer es pasear por la Isidora Goyenechea, acaso de noche, en buena compañía, y dejarse caer en Tiramisú y pedir pizza. El plan perfecto.


Como llegar
Vuelo directo: Desde el 1º de julio, Latam cubre el vuelo entre Rosario y Santiago de Chile con cuatro frecuencias semanales, los martes, miércoles, sábados y domingos, partiendo del aeropuerto de Fisherton a las 11.20 y arribando a la capital del país trasandino a las 12.20 (hora local). De Santiago sale a las 7.35 (hora local), llegando a Rosario a las 10.25. La tarifa promedio es de 270 dólares.

Divertimento chileno

Viajar a una ciudad y no probar sus platos típicos es un gran error. Para hacerlo en Santiago nada es mejor que llegarse al Parque Metropolitano, el gran pulmón verde de la ciudad, y buscar una mesa junto a la ventana en el tradicional restaurante Divertimento Chileno que se encuentra en la base del Cerro San Cristóbal. Hace 25 años que sirve las especialidades clásicas de la cocina chilena, la hogareña, la que disfrutan tanto los nacidos y criados en la ciudad como los visitantes. Su carta cambia con las estaciones, en ambas brillan las cazuelas, el asado de tira al vino tinto y el pollo al cognac, pero en invierno, cuando bajan las temperaturas, se suman platos sustanciosos como el pernil al horno y el cordero con alcachofas. Hay que dejarse un lugarcito para el postre, porque la variedad y calidad de las delicias es grande e irresistible. Una recomendación: los Calzones Rotos que preparados con harina tostada y salsa de cola de mono hacen agua la boca.



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