El viajero que huye

Paseo con acelerador a fondo por las tiendas de moda de Nueva York

Viajar con adolescentes es una experiencia vibrante. Más si el destino es la Gran Manzana. La energía, el entusiasmo, las ganas con que encaran la ciudad es asombrosa. También, agotadora.

Domingo 19 de Agosto de 2012

¡No voy a sobrevivir! El pensamiento, exagerado por supuesto, asalta al cabo de unos minutos, unas horas, unos días, depende de la práctica, el carácter, pero sobre todo de la paciencia de cada uno. Cuando se viaja con adolescentes, no importa la edad que tengan, el parentesco, las ganas con que se emprenda la aventura, hay un momento en el que, inevitablemente, se cae en la cuenta de que se ha cometido un error. Un error grande, tan grande que puede costar caro, carísimo. Sin embargo,
cuando se reflexiona detenidamente, se llega a la conclusión de que lo más barato es pagar.

Chicas, de ellas se trata. Chicas en Nueva York, como las de “Sex & the City”, pero de vacaciones, con los padres o los tíos, qué más da, lo que importa es que tienen tiempo libre, gastos pagos y la gran ciudad a sus pies. No necesitan un mapa ni un guía, conocen las calles, las atracciones, los paseos desde siempre. Los han visto en el cine, en la televisión, en YouTube, una y mil veces, y les encanta. Les basta echar una ojeada alrededor para saber a dónde quieren ir y cuándo hacerlo. Y lo más aterrador de todo es que no hay fuerza en el mundo que pueda detenerlas.

Por muchas que sean las horas que se hayan pasado en el gimnasio, por nutritivos que sean los suplementos vitamínicos que haya recetado el doctor, por precisos que hayan sido los cortes y costuras del cirujano plástico, nadie que no tenga la edad, el espíritu, la revolución hormonal puede con la energía, el entusiasmo, la pasión de una teenager suelta en la Gran Manzana. No hay que verlo para creerlo, pero es así. Ni bien saltan a la calle, en medio de Times Square, los ojos se les llenan de las luces de neón, como a todo el mundo, pero no las ennegrecen.

Enseguida, dan con lo que buscan. Un giro rápido de 180 grados, tan perfecto como el de una bailarina del Teatro Colón, y la mira puesta en el blanco, un letrero titilante, una vidriera multicolor, un cartel lejano en el que aparece un rostro vagamente familiar y una leyenda que ni con un par de binoculares de última generación se alcanzaría a leer, y listo. Ya saben exactamente la dirección hacia donde quieren ir, el rumbo, las coordenadas exactas y, sin prestar atención siquiera por un instante en la multitud que palpita a su alrededor, raudamente se ponen en macha.

Antes, una foto veloz, con el celular, brazo extendido, precisión de acupunturista y sonrisa de comercial de pasta dental ensayada durante horas frente al espejo del baño. Hay que hacer una parada en un Starbucks, no hace falta entrar ni tomar un café, con quedarse cerca de la entrada, conectar a la señal de wi-fi y subir la foto a Facebook es suficiente, es un minuto, acaso menos, depende de la velocidad de la conexión. Después, otra vez en la ruta, la meta puede ser el H&M de la Séptima Avenida o el Forever 21, y una vez adentro, a buscar la palabra mágica: SALE.

No indica la salida, la aclaración vale para los que no saben inglés o no han viajado con adolescentes, sino la liquidación. Las chicas tienen un sexto sentido para hallarla, no importa que esté escondida, ni que haya que subir hasta la azotea o bajar hasta el sótano, ellas la encuentran. Podrían hacerlo con los ojos vendados, de eso no hay dudas, y no hay que desafiarlas para que lo demuestren. En Macy’s, donde menos se lo espera, frente a los ascensores, en la puerta de entrada, junto a los probadores, y también en Urban Outfitters, que es más cool, pero igual esconde las ofertas.

Lo pueden hacer a la mañana, a la tarde y a la noche, después de subir hasta las alturas del Empire State y festejar cómo el viento le arrebata la gorra a uno de los guardias de seguridad o antes de pelearse con un puñado de chicos de cinco años para subirse a la estatua de Alice in Wonderland, en Central Park. Lo pueden hacer también tras recorrer los salones del Moma con cara de “¿quién nos mándo a venir acá?”, aunque al quedar cara a cara con un Pollock o a las latitas de sopas Campbell’s de Warhol los ojos les den vueltas como locos por la sorpresa, por la emoción.

Ellas, y nadie mejor que ellas, saben a qué hora abre la taquilla donde se venden a precios rebajados las entradas para ver “How to Succeed in Business”, la obra que trajo a Broadway a Nick Jonas. Y no importa lo larga que sea la cola, ni si hace un frío que petrifica los dedos de los pies o un calor que derrite el cerebro, ahí se van a quedar hasta que consigan lo que vinieron a buscar. Lo mismo que, después de la obra, en la puerta del teatro, donde van a esperar para ver salir a su ídolo y van a pelear a los codazos, si es necesario, para robarle una foto, un autógrafo.

Les interesa un rábano “Evita” y Ricky Martin, para ellas son piezas de museo, como “El fantasma de la Opera” y “Mamma mía!”, aunque saben las canciones, porque las aprendieron en las clases de inglés del colegio y vieron la película, que no es con Meryl Streep, a quien alguna vez sintieron nombrar pero no saben quién es, sino con Amanda Seyfried, la rubia que enamora a Justin Timberlake en “El precio del mañana”. Eso sí, mueren por ir a Strawbery Fields, el memorial de John Lennon, que está en Central Park, enfrente del Dakota Building.

Hay que llegar tan cerca como se pueda a la Estatua de la Libertad, en el ferry que va a Long Island, que es gratis y va y viene en un rato. No pueden volver sin la foto. El viaje es largo, el viento en el medio del río sopla con la fuerza de mil demonios, pero es la única forma de tener a la Señora a tiro de una cámara digital. Vale la pena, pero hay que volver rápido, para dar una vuelta por Wall Street, donde está el toro salvaje, no el de Robert de Niro, sino el otro, el que hay que tocar justo ahí donde a nadie en su sano juicio se le ocurriría tocarlo porque trae buena suerte, la mejor.

Hay que andar un trecho largo, sería mejor aprovechar para ir al 9/11 Memorial, que recuerda a las víctimas del atentado contra las Torres Gemelas, pero no, quién puede sacarle de la cabeza a las chicas que hay que ir de compras, de shopping, dicen ellas, y hablan de lo mismo, en cualquier idioma es igual: van a un negocio, de moda por supuesto, pasan horas y horas revolviendo las estanterías y viendo cómo les queda lo que eligieron y una vez tomada la decisión el padre, el tío, quién sea, saca la tarjeta y paga. No hay discusión, en ese plan, todos los caminos llevan al SoHo.

El barrio, que en los 60, cuando las fábricas bajaron las persianas y abandonaron sus galpones, fue tomado por asalto por escultores, pintores y escritores, mantiene un delicado equilibrio entre las galerías de arte y las tiendas de moda. Ahí están las marcas más codiciadas por las “locas por las compras”: Hollister, con sus ventanales con pantallas de LCD que se abren a la playa californiana de Hufftington Beach, y Abercrombie & Fitch, que en la entrada invita a las clientas a que se lleven una
polaroid tomadas del brazo de jóvenes modelos de abdominales marcados.

También están las marcas de diseñadores: Prada, que tiene una casa impresionante en Broadway y Prince St., Chanel, DKNY, Hugo Boss y Marc Jacobs, que son las mismas que se pueden encontrar en la Quinta Avenida y que no les mueven un pelo a las chicas. Ellas, por un par de zapatillas Vans, que solo se consiguen en modelos exclusivos y carísimos en el local vintage del 93 Grand Street, o un par de Ray Ban Mayflower, son capaces de dar la vida, o todavía más, caminar veinte cuadras sin una queja, pero por una cartera Louis Vuitton ni cruzan de vereda.

Son adolescentes, con corazón de niñas, por eso insisten con pasar por American Girl Place, la gran casa de muñecas de la Quinta Avenida, y por FAO Schwartz, donde no se desesperan por comprar nada, acaso sea en el único lugar donde les pasa, pero sí se animan a saltar sobre el piano gigante del primer piso a ver si le pueden sacar una melodía. Son minutos apenas, ni bien vuelven a la realidad disparan como poseídas rumbo al Apple Store que está enfrente de la juguetería y, sin reparar en la maravilla de su pirámide de cristal, se hunden en las profundidades del negocio.

Gracias al cielo hay computadoras disponibles. Un respiro, al fin. Van a pasar un rato chequeando mails, mirando Facebook, chateando con las amigas. Mientras lo hacen, mientras desfilan alrededor padres, hijos, tíos, sobrinos, con la misma cara de cansados, surge la duda: ¿qué viene ahora? ¿Un vuelo rasante por una casa de comidas rápidas y otra vez a la ruta? Las fuerzas flaquean, las esperanzas se pierden, la certeza es una y solo una. ¡No voy sobrevivir! ¡No voy a sobrevivir a otro día de shopping con las chicas en la Gran Manzana!

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