El viajero que huye

Las Vegas, un paseo por la ciudad donde las luces de neón iluminan el pecado

En medio de la noche. Las Vegas titila como una estrella lejana. Partida al medio por el Strip, donde los hoteles le disputan al cielo quién manda, la ciudad vibra con una energía incontenible. 

Domingo 08 de Julio de 2012

Parado en medio del Strip, tan tarde que la madrugada está a punto de darle paso al amanecer, el coche, que resplandece bajo las luces de los carteles de neón, se aleja llevándose a ese amigo de quien, unas horas atrás, no se conocía su existencia. Fue tan rápido, las chicas, dos morenas enormes, una de cabellera rubia y la otra con los ojos verde esmeralda, se detuvieron a un lado y, sin excusa alguna, gritaron: "¡Vamos a seguir la fiesta!".

Fue un rayo, una ventanilla que se abre, un salto atlético al asiento de atrás, que milagrosamente estaba vacío, y una acelerada salvaje hacia el más allá. No queda más que ver cómo desaparecen, en un arco iris de haces de luz de colores verdes, rojos, amarillos, mientras en la cabeza dan vueltas y vueltas miles de dudas y los riquísimos Daikiri Frozen que servían sin límites en la terraza del Cosmopolitan, el hotel más moderno y cool de Las Vegas.

"¿Llamo al 311?", es la pregunta que taladra la cabeza, o lo que queda de la cabeza, como un aguijón. Se fue de caravana, eso está claro, y no hay nada más normal en la noche de la Ciudad del Pecado, pero lo hizo sin pensar, después de haber tomado más tragos de los que se sirven en la barra de Lotus en una semana y con dos chicas que no conoce, que lucían sexys, alegres, fiesteras, pero que, en realidad, es imposible saber qué están buscando.

El 311, por si alguien no lo sabe, por si alguien no ha tenido la suerte o la desgracia de pasarse de copas una noche en Las Vegas, es el número de "no emergencias" de la policía de la ciudad, exclusivo para casos que no requieren una respuesta inmediata. Funciona como un alerta preventivo y es muy distinto al 911, que se reserva para urgencias y que, si se decide llamarlo, hará que en minutos se vea rodeado de patrullas que hacen sonar sus sirenas.

Mejor no, mejor no llamar a un número ni al otro y dejar que la historia siga su curso. El problema, ahora, es encontrar el camino de regreso al hotel, que es fácil, basta con dar con la dirección correcta y desandar Las Vegas Boulevard, el Strip, hasta el Caesar Palace, esa mole gigante de 3 350 habitaciones, cinco torres, una piscina tan grande que una ballena retozaría a gusto en sus aguas y un esplendor digno de los tiempos de gloria del imperio romano.

Está en la ciudad desde 1966, pero en la madrugada, después de una noche salvaje, cuesta encontrarlo. Cuesta, pero no es imposible, ni siquiera para el aventurero que se tiró de cabeza por la ventanilla de un coche que no sabía de dónde venía y mucho menos a dónde iba y al que, después de una agotadora caminata -todas las caminatas son agotadoras en Las Vegas-, se lo encuentra dormido como un angelito en uno de los cómodos sillones del lobby del hotel.

Duerme al arrullo del tintineo de las máquinas tragamonedas que ahí nomás, a unos pocos metros, pueblan la entrada del casino como un ejército de robots amigables que invitan a jugarse las monedas que uno lleva en los bolsillos con el premio la esperanza de llevarse algunos de los tentadores premios que penden de sus cabezas, una Harley Davidson con el tanque pintado con barras y estrellas o un convertible rosa, que sería la envidia de la mismísima Barbie.

En Vegas, sí, Vegas, no Las Vegas, nadie usa el artículo "las" para nombrar a la ciudad que a fines de la década del 40, por obra y gracia de Bugsy Siegel, un gánster soñador y ambicioso que convenció a la Mafia de crear una ciudad del juego, un remedo de la Cuba de Batista pero en territorio de Estados Unidos, dejó de ser un pueblo polvoriento perdido en el medio del desierto de Mojave para convertirse en un gigantesco parque de diversiones para adultos.

Fue él quien construyó el primer hotel y casino de la ciudad, el Flamingo, aunque no lo vio brillar. La inauguración fue un fracaso, no funcionó nada, ni el cartel luminoso que debía verse desde la ruta. Para colmo, a sus jefes les pareció un disparate lo que había gastado y se cobraron la cuenta: lo mandaron a matar, un disparo en el ojo derecho, otro en el cuello y siete más que no hacían falta más que para que nadie se atreviera a hacer lo que él hizo: cumplir sus sueños con el dinero ajeno.

Esas historias resuenan en cada rincón de Las Vegas, hasta en el baño del casino de El Cortez, en el corazón del downtown, donde uno puede encontrar, debidamente ampliada y enmarcada, el acta de defunción de Bugsy Seagal, también las fichas de varios de los capo mafia más famosos en los tiempos en que el crimen organizado regenteaba los negocios, limpios y sucios, de la ciudad. Con sus fotos, de frente y perfil, que muestran sus miradas torvas, sus ojos fríos.

Muy cerca del hotel está The Mob Museum, que con el slogan "cada historia tiene dos lados", repasa el pasado oscuro de la Ciudad del Pecado. Sus personajes, desde Al Capone y su célebre frase "puedes llegar más lejos con una palabra amable y una pistola que sólo con una palabra amable" hasta Frank Sinatra y el Rat Pack y Eliot Ness, el agente federal incorruptible que le dio batalla a la mafia y que formó un escuadrón que se ganó el mote de "Los intocables".

Está a un par de cuadras de la Freemont, que fue la calle principal de la ciudad antes de que las grandes corporaciones desembarcaran con sus hoteles temáticos en el Strip y que hoy es un centro comercial callejero, donde se venden souvenirs clásicos, como la bola de cristal con el letrero de "Welcome to the Fabulous Las Vegas", que recibe a los viajeros que llegan por la carretera interestatal 15, que parte al medio el desierto desde Los Ángeles hasta la ciudad luz de Nevada.

Ahí es donde los U2 caminan en el video de "I Still Haven't Found What I'm Looking For", ahí está también el letrero luminoso del vaquero que con el dedo pulgar invita a pasar al tradicional The Pioneer Club. Los clásicos, como el Freemont Hotel, que cubierto con luces de colores remata el paseo triste, solitario y final de Nicolas Cage en "Adiós a Las Vegas", y también la lámpara maravillosa que solía encender la entrada del hotel Aladino y hoy descansa en el Museo de Neón.

Las Vegas es una ciudad inquieta, que cambia a una velocidad vertiginosa. La que fue la mayor atracción durante una temporada, al año siguiente quedó en el olvido, el que fue el hotel más lujoso, el centro de todas las miradas, donde quieren parar las estrellas de Hollywood, los astros del deporte, los ricos y famosos, antes de que se tenga la fortuna de conocerlo, pasó de moda. Y se construyen tan rápidamente como se tiran abajo. Su esplendor es tan efímero como la vida misma.

Sin embargo, el Strip es un prodigio donde, al caer la tarde, se puede asistir a un abordaje pirata, a un casamiento hippie y a un espectáculo de aguas danzantes con chorros tan altos que salpican las estrellas. También, a un circo de cazadores de propinas disfrazados de superhéroes -la pareja de Superniña y Mujer Maravilla encendía las fantasías eróticas- y bizarros personajes infantiles, como el ratón Mickey borracho, tirado en la calle con una botella de whisky en la mano.

Imposible no caer en la tentación, si resume el mundo entero en unas cuantas cuadras, a un lado está New York, con sus rascacielos dorados, el Brooklyn Bridge y una montaña rusa que corre a máxima velocidad como un taxi amarillo por la Quinta Avenida, y Venecia, con sus canales, sus puentes románticos y sus gondolieri y París y la Torre Eiffel y los castillos del Rey Arturo y las pirámides de Egipto y hasta el león de la Metro que ruge desde siempre en la gran pantalla.

Y todo es tan falso y tan genuino a la vez que es inevitable disfrutarlo. A la mañana, cuando los deportistas que corren por el boulevard con sus ropas deportivas y los auriculares en la sien se cruzan con los trasnochados que vuelven de la noche anterior, todavía con una copa en la mano, y, por supuesto, a la noche, cuando los jugadores lucen sus mejores galas y se pierden en las mesas de Black Jack, Póquer o ruleta, es lo mismo, porque lo que importa es apostar.

Lo que importa, como siempre ha sido y siempre será en Vegas, es pasarla bien, aunque para hacerlo haya que dejarse llevar, aceptar la invitación menos pensada y después, cuando la agitación pasó, cuando se vuelve a la seguridad del hotel, lo único que queda es dormir, donde sea, en una reposera junto a la piscina, en la mesa del bar con la cabeza apoyada en los brazos o en un cómodo sillón del lobby. Y hay que hacerlo profundamente porque la rueda mágica volverá a girar y hay que estar listo para volver a montarla.

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