Este año vivimos uno de los inviernos más fríos que recuerde, y fue una ocasión
ideal para disfrutar y relajarse en las termas entrerrianas de Concordia, Federación y Villa Elisa.
Acertada decisión fue la de contratar los servicios de una empresa de turismo que nos ofreció
puntualidad, cordialidad y excelencia en traslados, hotel de cuatro estrellas, servicio de
restaurante y eficaces guías, y todo a un precio más que accesible. En este tour estaba incluído un
paseo por la fascinante y misteriosa historia de Eduard Demachy y su Castillo San Carlos en
Concordia.
Y es sobre este lugar donde me detendré para relatarles
acerca de hechos que tuvieron su origen en París del Siglo XIX.
Cuentan que los padres franceses de Eduardo acaudalados banqueros-, al enterarse
de los amoríos de éste con una bellísima artista de los escenarios parisinos, para nada ocultaron
la repulsa que sintieron hacia la joven actriz, ni tampoco les interesó simular la irritación que
les provocaba este romance. Ella no era dama de abolengo, por lo tanto jamás sería una integrante
de tan distinguida familia.
Por esta "justificada causa" es que le propusieron al joven
que se hiciera cargo de nuevos emprendimientos económicos en Sudamérica. Lo querían lejos de
Francia junto a su flamante esposa.
Esta propuesta fue aceptada con felicidad por Eduard por su condición de
aventurero, pues amaba viajar y conocer nuevos horizontes.
En su propio barco, el "conde" con su consorte y un fastuoso bagaje, arribaron
al puerto de Concordia y allí se alojaron transitoriamente en el elegante Gran Hotel Colón.
En 1886, sobre la loma más destacada de la región,
comenzaron a trabajar en la construcción de una lujosa mansión para la nueva pareja, con vistas
hacia el río Uruguay, basándose en planos traídos de Europa. Con el estilo Luis XV de las lujosas
casas de la campiña francesa quedó finalizada en 1888. Sólo la piedra extraída de la costa usaron
para los cimientos. El resto de los materiales empleados en esta obra y revestimientos del inmueble
fueron traídos de diferentes países del Viejo Mundo.
Estufas y hogares –que conformaban la calefacción
central– eran de mármol de Carrara. La residencia tenía increíblemente iluminación a gas,
gran adelanto en esos tiempos. Demás está decir que las arañas eran de cristal, las paredes
revestidas en terciopelo y una importante pinacoteca lucía sobre ellas.
Poseían un carruaje de uso diario, otro para las galas y un
carro especial que sólo utilizaban para transportar la comida desde la cocina hacia la casona,
separada ambas por unos 260 metros.
Demachy no se dedicó en pleno a los proyectos y negocios saladero, velería,
jabonería, fábrica de conservas- pero sí asombraba a la gente, autoridades y a los personajes más
destacados, por la suntuosa vida que llevaban, plagada de pomposas fiestas que ofrecía a sus
amigos. Por tanta ostentación es que los lugareños le decían "conde".
A tres años de vivir en el castillo, llevándose sólo
vestimentas y algunas pertenecias, la pareja partió hacia Francia, quizás con la idea de regresar.
Desde ese domingo de octubre de 1891, día que se despidieron de Concordia, nadie supo nunca más de
ellos. ¿Qué les pasó, se los tragó el mar?
Otra historia
Lo que acabo de narrar es la versión oficial, la de los folletos turísticos. Hay
otra, la de "las malas lenguas", la que dicen que la señora se sintió fuertemente atraída por un
merodeador o quizás por uno de los concurrentes a estas afamadas reuniones, un atlético negro o
morocho, no se sabe.
Enterado Eduard de esta irregularidad, sin más, "esfumó" a los amantes, para
luego él partir vaya uno a saber a dónde.
Más tarde, el castillo de San Carlos y su parque, fueron
adquiridos por la Sociedad Rural -quién se las vendió aún es un misterio-. En 1929 la Municipalidad
de Concordia compró esta valiosísima finca que inmediatamente alquiló por varios años a los Fuchs
Valón, un matrimonio con tres hijos, también de origen francés. Una familia muy especial, de gustos
finos y exuberantes.
El hijo, el mayor de los hermanos, además de estudiar
colaboraba con su padre en tareas camperas. La señora, además de ama de casa era profesora de
francés, concertista de piano y tenía pasión por el cuidado del parque y la jardinería, como
también por las rosas que ella misma cultivaba. Las niñas, Susanne, que por entonces tenía catorce
años, y Edda, de nueve, mucho disfrutaban de la naturaleza, de hectáreas de tupida vegetación que
frecuentemente recorrían a caballo. Las hermanas se ocupaban de cuidar y alimentar con esmero
animales no domésticos como a un zorro que tenían, un mono, una iguana, mangostas, abejas y
serpientes.
Un día, en una de las habituales cabalgatas, las jovencitas
vieron aterrizar una avioneta a la que se le quebró una de sus ruedas al hundirse en una
vizcachera. "Qué tonto este hombre, no vió la cueva", exclamó una de ellas en francés para que el
aviador no entendiera su comentario. El aviador quedó contrariado por lo que acababa de escuchar,
pero también se alegró al comprobar que las princesitas hablaban su mismo idioma.
El piloto que entonces hacía la ruta entre Buenos Aires y
Asunción del Paraguay, divisó desde su aeronave el castillo de San Carlos y su magnífico
entorno.
Comenzó allí una gran amistad entre los Fuchs y el aviador
y por eso regresó a este paradisíaco lugar en varias oportunidades para visitar a esos "amigos
deliciosos que vivían en un castillo de leyenda. Una casa donde se aspiraba como incienso ese olor
a vieja biblioteca que vale por todos los olores del mundo".
En esos años el intrépido se dedicaba sólo a volar. Más
tarde a escribir. En 1932, ya en su Francia natal, redactó una nota dedicada a "Las Princesitas
Argentinas" e inmortalizó este lugar en su libro "Tierra de Hombres", donde cuenta en el capítulo
Oasis que "había aterrizado en un campo y no sabía que iba a vivir un cuento de hadas?fué en un
campo cerca de Concordia en la Argentina". Los Fuchs y su zoológico dejaron el castillo en 1935
para irse a vivir a una estancia y, aunque nunca más supieron de su amigo, el aviador Antoine de
Saint Exupery, siempre recordaron a ese hombre grandote y tonto que no vió la cueva de
vizcachas.